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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– No lo sé, señorita Caroline. No lo sé. -Aun para los oídos de la propia Tally, su voz se estaba transformando en un aullido de desesperación. El auricular se le resbaló de las manos sudorosas; se lo pasó a la oreja izquierda.

La voz de Caroline revelaba impaciencia.

– ¿Sigue ahí, Tally? ¿Qué me dice del museo?

– Está intacto. Sólo es el garaje y los árboles que lo rodean. He llamado a los bomberos.

De repente, Tally perdió la serenidad y sintió que unas lágrimas cálidas le escocían en los ojos y que se le apagaba la voz. Hasta el momento todo había sido horror y espanto, pero de pronto la invadió por primera vez una pena terrible. No era que el doctor Neville le cayese especialmente bien, y de hecho ni siquiera lo conocía demasiado; las lágrimas brotaban de un pozo más profundo que el dolor por la muerte de un hombre y por que hubiese sufrido una muerte horrible, y sólo en parte -lo advertía muy bien- constituían una reacción ante el estupor y el pánico. Parpadeando sin cesar y forzándose a mantener la calma, pensó: «Siempre ocurre lo mismo cuando muere alguien a quien conocemos, lloramos un poco por nosotros mismos.» Sin embargo, aquel momento de dolor profundo era algo más que la triste aceptación de su propia mortalidad: formaba parte de un lamento universal por la belleza, el terror y la crueldad del mundo.

La voz de Caroline se había vuelto firme, autoritaria y extrañamente reconfortante.

– Está bien, Tally. Ha hecho lo que debía. Salgo ahora mismo hacía allí. Tardaré unos treinta minutos en llegar.

Tally colgó el auricular y permaneció inmóvil por un momento. ¿Debía llamar a Muriel? Si la señorita Caroline hubiera querido que ésta acudiese al museo, ¿no se lo habría dicho? Sin embargo, Muriel se sentiría dolida y molesta si no la llamaban. Tally sintió que no podía enfrentarse a la perspectiva del descontento de Muriel, quien a fin de cuentas era quien de hecho se encargaba de que el museo funcionase. El incendio seguramente se convertiría en portada de las noticias locales ese fin de semana. Claro que sí. Las noticias como ésa siempre se propagaban con rapidez. Muriel tenía derecho a saberlo de inmediato.

Llamó, pero comunicaba. Lo intentó de nuevo. Si Muriel estaba hablando por teléfono, era poco probable que respondiese a las llamadas de su móvil, y aun así merecía la pena intentarlo. Al cabo de cuatro timbrazos, oyó la voz de Muriel. En cuanto Tally se hubo identificado, Muriel dijo:

– ¿Por qué me llama al móvil? Estoy en casa.

– Pero la línea comunicaba. Debía de estar hablando con alguien.

– No, no estaba hablando con nadie. -Muriel hizo una pausa y añadió-: Espere un momento, ¿quiere? -Se produjo otra pausa, más corta-. El teléfono de la mesita de noche estaba mal colgado -explicó-. ¿Qué pasa? ¿Dónde está?

Parecía enfadada. «Detesta tener que admitir siquiera el fallo más insignificante», pensó Tally.

– En el museo -contestó-. Cancelaron mi clase de la tarde. Me temo que tengo que darle una noticia terrible; ha habido un incendio en el garaje y el coche del doctor Neville estaba dentro. Y hay un cuerpo en su interior. Alguien ha muerto abrasado. Me temo que se trata del doctor Neville. He llamado a los bomberos y se lo he dicho a la señorita Caroline.

Esta vez el silencio se prolongó por más tiempo.

– Muriel, ¿está ahí? -dijo Tally-. ¿Me ha oído?

– Sí, la he oído. Es espantoso. ¿Está segura de que ha muerto? ¿No lo ha podido sacar del coche?

La pregunta era ridícula.

– Nadie podría haberlo salvado -respondió Tally.

– Y se supone que es el doctor Neville…

– ¿Quién más podría estar dentro de su coche? -insistió Tally-. Pero en realidad no estoy segura. No sé quién es, sólo sé que está muerto. ¿Va a venir? He pensado que querría saberlo.

– Pues claro que iré. Fui la última persona que se marchó del museo, debería estar allí. Iré lo más pronto posible. Y no le diga a la señorita Caroline que es el doctor Neville hasta que lo sepamos con certeza. Podría tratarse de cualquiera. ¿A quién más se lo ha dicho?

– He llamado al señor Marcus, pero no ha llegado a casa todavía. Su esposa se lo dirá. ¿Debería llamar al señor Calder-Hale?

– No -respondió Muriel con impaciencia-. Que se lo diga la señorita Caroline cuando llegue. Además, no veo cómo podría resultar útil él. Quédese donde está. Ah, Tally…

– ¿Sí, Muriel?

– Lamento haber sido un poco brusca con usted. Cuando lleguen los bomberos, quédese en la casa. Estaré ahí lo antes posible.

Tally colgó el auricular y salió a la puerta de la casa. Pese al crepitar del fuego y el silbido del viento, distinguió el sonido de unas ruedas aproximándose y dio un grito de alivio. El enorme camión, con unos faros tan brillantes como focos reflectores, avanzó como si fuera un gigantesco monstruo legendario e iluminó la casa y el césped, haciendo añicos la frágil calma con su clamor. Tally echó a correr hacia él, al tiempo que gesticulaba de forma innecesaria en la dirección de las llamas. Se sentía mucho más tranquila; la ayuda había llegado al fin.

2

El subinspector Geoffrey Harkness prefería que los amplios ventanales de su despacho en la sexta planta estuviesen desprovistos de cortinas, gusto que compartía Adam Dalgliesh, una planta por debajo. El año anterior había tenido lugar una reorganización del espacio en New Scotland Yard y ahora las ventanas de Dalgliesh daban a la escena más agradable y bucólica de Saint James’s Park, que a aquella distancia tenía más de promesa que de verdadera vista. Para él, las estaciones venían señaladas por las transformaciones del parque: la primavera floreciendo en los árboles, la exuberancia de éstos en verano, el amarillo y el dorado del otoño, los paseantes apresurados vestidos de cuello alto para protegerse de las dentelladas del frío… A comienzos de la estación estival, las hamacas municipales aparecían de repente como un estallido de lonas de colores y los londinenses, semidesnudos, se sentaban en el césped recién cortado como si fuera una escena de Seurat. En las tardes de verano, mientras caminaba de regreso a casa a través del parque, oía a veces la música de una banda municipal y veía a los invitados de las recepciones al aire libre de la reina pasearse con aire de afectación vestidos con sus mejores galas, algo a lo que no estaban acostumbrados.

Sin embargo, las vistas de Harkness no le hacían ni mucho menos partícipe de aquella diversidad estacional. Al anochecer, cualquiera que fuese la estación, la pared entera era un panorama de Londres, cuyo contorno se recortaba contra la luz. Torres, puentes, casas y calles se ataviaban con joyas, brazaletes y collares de diamantes y rubíes, que hacían más misterioso el oscuro hilo del río. La vista era tan espectacular que eclipsaba el despacho de Harkness y hacía que el mobiliario oficial, acorde con el rango de éste, pareciese un arreglo burdo, y sus objetos personales, las condecoraciones y las distinciones de las fuerzas de policía de otros países, tan ingenuamente pretenciosas como los trofeos de la infancia.

La convocatoria, en forma de petición, había procedido del subcomisario, pero Dalgliesh supo en cuanto entró que no se trataba de un asunto rutinario. Maynard Scobie, del cuerpo especial de seguridad, estaba allí con un colega a quien Dalgliesh no conocía y al que nadie se tomó la molestia de presentar. Más significativo aún era el hecho de que Bruno Denholm, del MI5, se encontrara allí, mirando por la ventana. En ese momento se volvió y ocupó su asiento junto a Harkness. Los rostros de ambos hombres eran muy elocuentes: el subcomisario parecía irritado, y Denholm tenía el aspecto cauteloso pero decidido de quien está a punto de resultar derrotado pero que se sabe en posesión del arma más contundente.

Sin preámbulos de ninguna clase, Harkness fue el primero en hablar.

– Se trata del Museo Dupayne, es una institución privada especializada en los años de entreguerras. En Hampstead, al borde del Heath. ¿Lo conocen, por casualidad?

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