Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 112
Перейти на страницу:

– He estado una sola vez, hace una semana.

– Eso resultará útil, supongo. Yo nunca había oído hablar del lugar.

– Es poco conocido. No hacen publicidad, aunque es posible que eso cambie. Han cambiado de dirección y ahora Marcus Dupayne va a hacerse cargo del museo.

Harkness se acercó a la mesa de reuniones.

– Será mejor que nos sentemos. Esto quizá nos lleve un buen rato. Ha habido un asesinato o, para ser más exactos, una muerte sospechosa. En opinión del jefe de la brigada de bomberos tal vez se trate de un asesinato. Neville Dupayne ha muerto en un incendio producido en su Jaguar, que se encontraba aparcado en el interior de un garaje del museo. Tenía por costumbre recoger el coche a las seis de la tarde los viernes para irse a pasar el fin de semana fuera. Todo apunta a que este viernes alguien estaba esperándolo y, tras echarle gasolina por la cabeza, le prendió fuego. Eso parece lo más probable. Queremos que usted se ocupe del caso.

Dalgliesh miró a Denholm.

– Por su presencia aquí, deduzco que tiene un interés particular en el caso -dijo.

– Sólo ligeramente, pero nos gustaría que el asunto se solucionase lo antes posible. Sólo conocemos los hechos, pero parece bastante claro.

– Entonces, ¿por qué yo?

– Debe resolverse con el mínimo revuelo posible, ¿me comprende? -explicó Denholm-. Un asesinato siempre trae publicidad, y no queremos que la prensa empiece a hacer demasiadas preguntas, leñemos un contacto allí, James Calder-Hale, que hace las veces de director del museo o algo así. Se trata de un ex funcionario de Exteriores y experto en Oriente Próximo; habla árabe y uno o dos dialectos. Se retiró por motivos de salud hace cuatro años pero mantiene el contacto con amigos. Y, lo que es más importante, ellos siguen en contacto con él. De vez en cuando nos proporciona piezas útiles para solucionar rompecabezas, y nos gustaría que continuase siendo así.

– ¿Está en nómina? -preguntó Dalgliesh.

– No exactamente. A veces se hace necesario realizar ciertos pagos. En general, es autónomo, pero muy útil.

– Al MI5 no le hace ninguna gracia divulgar esta información -explicó Harkness-, pero nosotros insistimos, por necesidad. Por supuesto, es estrictamente confidencial; no podrá difundirla a nadie.

– Si debo realizar la investigación de un asesinato -repuso Dalgliesh-, he de decírselo a mis dos ayudantes. Doy por supuesto que si Calder-Hale resulta ser el asesino de Neville Dupayne y lo detengo, no pondrán ninguna objeción, ¿me equivoco?

Denholm sonrió.

– Creo que descubrirá que está limpio. Tiene una coartada.

«Por supuesto que la tiene», pensó Dalgliesh. El MI5 había sido rápido. Su primera reacción al enterarse del asesinato había sido ponerse en contacto con Calder-Hale. Si la coartada se sostenía, sería eliminado de la lista de sospechosos y todos contentos. Sin embargo, su relación con el MI5 seguía siendo una complicación. Oficialmente, quizá considerasen conveniente mantenerse alejados, pero extraoficialmente vigilarían cada uno de sus movimientos.

– ¿Y cómo proponen que le vendamos esto a la división local? -preguntó-. A primera vista, sólo es un caso más. Una muerte sospechosa no justifica la intervención del equipo de investigación especial. Es probable que deseen saber por qué.

Harkness restó importancia al problema.

– Eso tiene fácil solución. Seguramente insinuaremos que uno de los antiguos pacientes de Dupayne era un personaje público importante y debido a ello queremos encontrar a su asesino sin escándalos de ninguna clase. Nadie va a ser demasiado explícito. Lo más importante es resolver el caso. El jefe de la brigada de bomberos sigue en la escena del crimen, así como Marcus Dupayne y su hermana. Supongo que no hay nada que impida que se ponga a trabajar ahora mismo, ¿verdad?

A continuación tenía que llamar a Emma. De regreso en su propio despacho, lo invadió un sentimiento de desolación tan intenso como las decepciones semiolvidadas de la infancia, y trajo consigo la misma convicción supersticiosa de que un destino maligno se había vuelto contra él, juzgándolo indigno de ser feliz. Había reservado una mesa tranquila en The Ivy a las nueve en punto. Cenarían tarde y planearían el fin de semana juntos. Había calculado la hora meticulosamente. Su reunión en el Yard bien podía durar hasta las siete, de modo que reservar una mesa más temprano habría sido invitar al desastre. Había quedado con Emma en que pasaría a recogerla por el piso de su amiga Clara en Putney hacia las ocho y cuarto. En esos momentos ya debería haber salido hacia allí.

Su secretaria podía cancelar la reserva del restaurante, pero nunca había recurrido a ella para transmitir el mínimo mensaje a Emma y no iba a hacerlo ahora, pues se asemejaría demasiado a revelar aquella parte de su vida privada que se obstinaba en mantener inviolable. Al marcar el número en su móvil, se preguntó si aquella sería la última vez que oiría su voz. El mero hecho de pensarlo lo horrorizó. Si Emma resolvía que aquella última cita frustrada era el fin, estaba decidido a que tuviese lugar cara a cara.

Fue Clara quien respondió a su llamada. En cuanto preguntó por Emma, le dijo:

– Llamas para darle plantón.

– Me gustaría hablar con Emma. ¿Está ahí?

– Ha ido a la peluquería. Volverá enseguida, pero no te molestes en llamarla de nuevo. Ya se lo diré yo.

– Preferiría decírselo personalmente. Dile que la llamaré más tarde.

– No tendría que molestarme -repuso ella-. Supongo que debe de haber un cadáver maloliente en alguna parte esperándote. -Hizo una pausa antes de añadir, en tono de conversación-: Eres un cabrón, Adam Dalgliesh.

Él trató de que su voz no transmitiese la ira que lo embargaba, pero sabía que ella tenía que haberlo percibido por fuerza, brusco como un latigazo.

– Es posible, pero preferiría oírlo de labios de la propia Emma. Además, no necesita guardianas.

– Adiós, comandante, se lo diré a Emma. -Clara colgó el auricular.

Además de decepcionado, Adam se sentía enfadado consigo mismo. No había sabido llevar la llamada telefónica, se había mostrado irrazonablemente ofensivo con una mujer y, para colmo, esa mujer era la amiga de Emma. Decidió esperar un poco antes de telefonear de nuevo. Eso daría a todos tiempo para considerar qué era mejor decir y qué no.

Sin embargo, cuando volvió a llamar, fue una vez más Clara quien se puso al aparato.

– Emma ha decidido volver a Cambridge -le explicó-. Se marchó hace siete minutos. Le he dado tu mensaje.

Aquello puso fin a la llamada. Al acercarse a su armario a fin de recoger la bolsa que contenía el equipo para homicidios, le pareció oír la voz de Clara: «Supongo que debe de haber un cadáver maloliente en alguna parte esperándote.»

Antes, sin embargo, debía escribir a Emma. Rara vez se telefoneaban, y Dalgliesh sabía que era él quien había establecido de forma tácita aquella reticencia a hablar cuando estaban lejos el uno del otro. Le parecía frustrante y angustioso a un tiempo oír la voz de Emma sin poder ver su rostro. Siempre le preocupaba que su llamada pudiese resultarle inoportuna, que empezase a hablarle de banalidades… Las palabras escritas tenían una permanencia mayor y, por lo tanto, más probabilidades de desacierto imborrable, pero al menos se trataba de una forma de comunicación más controlable. En ese momento escribió brevemente, expresó su pesar y su decepción de forma sencilla y dejó en manos de ella que dijera si quería, y cuándo, volver a verlo. Podía ir a Cambridge, si eso le resultaba más conveniente. Firmó la nota con un simple «Adam». Hasta entonces siempre se habían encontrado en Londres; era ella quien había sufrido las molestias de tener que desplazarse y él había llegado a la conclusión de que se sentía menos comprometida en la ciudad, que había cierta seguridad emocional en el hecho de verlo en lo que para ella era terreno común. Escribió la dirección con cuidado, pegó un sello y se metió el sobre en el bolsillo. Lo echaría en el buzón de la oficina de correos que había frente a New Scotland Yard. Ya estaba calculando cuánto tiempo pasaría antes de comenzar a esperar una respuesta.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)