La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
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3
Eran las siete y cincuenta y cinco y los detectives Kate Miskin y Piers Tarrant estaban tomando una copa en un pub de la ribera entre el puente de Southwark y el de Londres. Aquella parte de la ribera cercana a la catedral de Southwark estaba, como siempre al final de la jornada laboral, muy concurrida. La reproducción a tamaño real de la Golden Hinde de Drake, amarrada entre la catedral y el bar, hacía ya rato que había cerrado sus puertas al público, pero aún había un pequeño grupo que rodeaba lentamente el barco y levantaba la vista hacia el castillo de proa como preguntándose, como hacía la propia Kate con frecuencia, cómo era posible que una nave tan pequeña hubiese soportado en el siglo xvi aquella travesía alrededor del mundo por el proceloso mar.
Tanto Kate como Piers habían tenido un día frustrante y agotador. Cuando la brigada de investigación especial estaba temporalmente inactiva, se los asignaba a otros departamentos. Ninguno de los dos se sentía cómodo ante el cambio, y ambos eran conscientes del tácito resquemor de los colegas, que veían la brigada especial de homicidios del comisario Dalgliesh como una división de privilegios exclusivos y encontraban maneras sutiles y ocasionalmente más agresivas de hacer que se sintieran excluidos. Hacia las siete y media el bullicio del pub se había vuelto insoportable, de modo que terminaron rápidamente su pescado con patatas y, con un simple gesto de asentimiento, cogieron sus vasos y se trasladaron a la casi desierta terraza. Ya se habían sentado allí juntos muchas otras noches, pero ésa en particular Kate sintió que el hecho de salir fuera del pub para alejarse del ruido y disfrutar de la tranquila noche otoñal tenía algo de despedida. El barullo de voces a sus espaldas se silenció. El intenso olor a río eliminó los vapores de la cerveza y ambos se quedaron de pie contemplando el Támesis, cuya piel, oscura y vibrante, se estremecía y era azotada por una miríada de luces. El nivel del agua era bajo y una marea crecida y turbia se extinguía sobre los guijarros arenosos en un delgado borde de espuma sucia. Hacia el noroeste, y por encima de las torres del puente ferroviario de la calle Cannon, la cúpula de Saint Paul planeaba sobre la ciudad como un espejismo. Tres de las gaviotas que se pavoneaban por los guijarros alzaron el vuelo con un tumulto de alas y pasaron chillando por encima de la cabeza de Kate antes de abatirse sobre la barandilla de madera de la terraza.
¿Sería aquélla la última vez que se tomaban una copa juntos?, se preguntó Kate. A Piers sólo le quedaban tres semanas para saber si habían aprobado su traslado al Departamento de Seguridad del Estado. Era lo que él quería y lo que llevaba preparando desde hacía tiempo, pero ella sabía que lo echaría de menos. Cuando se había incorporado a la brigada cinco años antes, a Kate le había parecido uno de los agentes más atractivos sexualmente con los que había trabajado. La idea le resultó sorprendente e incómoda al mismo tiempo. Desde luego, no se debía a que lo encontrase particularmente guapo, pues era dos centímetros más bajo que ella, tenía unos brazos simiescos y su espalda ancha y su rostro robusto le conferían un aspecto de rudeza astuta y agresividad. En cambio, la boca era delicada y siempre parecía a punto de curvarse para soltar un chiste cómplice, como también insinuaba la personalidad de un comediante la cara un tanto regordeta con las cejas inclinadas. Había llegado a respetarlo como colega y como hombre y la perspectiva de tener que adaptarse a alguien nuevo no le gustaba en absoluto. Su sexualidad ya no la inquietaba; valoraba demasiado su trabajo y su posición en la brigada para arriesgarlo todo por la satisfacción temporal de una aventura amorosa encubierta. En el cuerpo de policía nada permanecía en secreto durante mucho tiempo, y había sido testigo de la destrucción de muchas carreras y muchas vidas como para sentirse tentada de emprender ese camino engañosamente fácil. No había relaciones amorosas más condenadas de antemano que las basadas en el deseo, el aburrimiento o el ansia de aventura. No le había resultado difícil mantener la distancia en todo salvo en los asuntos profesionales.
Piers protegía su intimidad y sus emociones tan rigurosamente como ella. Después de llevar trabajando con él cinco años Kate conocía poco más sobre su vida fuera del cuerpo que al principio. Sabía que tenía un piso encima de un local comercial en una de las estrechas calles de la City y que le apasionaba explorar los callejones secretos de Square Mile, sus iglesias apiñadas y su misterioso río cargado de historia. Sin embargo, jamás la había invitado a su apartamento, como tampoco ella lo había invitado a ir al suyo, al norte del río, a unos ochocientos metros de donde se encontraban en ese momento. Si uno se veía obligado a enfrentarse a lo peor que hombres y mujeres pueden hacerse mutuamente, si el olor de la muerte a veces parecía impregnar la ropa, tenía que haber un lugar donde fuese posible, tanto física como psicológicamente, cerrarle la puerta a todo salvo al propio ser. Kate sospechaba que Adam Dalgliesh sentía lo mismo en su piso alto del río, en Queenhithe. No sabía si envidiar o compadecer a la mujer que se creía capaz de invadir esa intimidad.
Tres semanas más y Piers seguramente se habría marchado. El subinspector Robbins ya se había ido, después de que le hubiesen concedido al fin su esperado ascenso al rango de inspector. A Kate le parecía que su amigable grupo, unido por un equilibrio tan sumamente delicado de personalidades y lealtades compartidas, se estaba desintegrando.
– Echaré de menos a Robbins -dijo.
– Yo no -repuso Piers-. Esa rectitud opresiva me tenía preocupado. Nunca se me quitaba de la cabeza que es predicador seglar. Me sentía sometido a juicio a todas horas. Robbins es demasiado bueno para ser verdad.
– Pues el cuerpo de policía no está precisamente amenazado por un exceso de rectitud, que digamos.
– ¡Venga ya, Kate! ¿A cuántos oficiales conoces que se comporten también como unos granujas? Tratamos con ellos. Es curioso que la gente siempre espere que la policía sea notablemente más virtuosa que la sociedad donde se los recluta.
Kate guardó silencio por un instante y luego preguntó:
– ¿Por qué el Departamento de Seguridad del Estado? No va a resultarles fácil integrarte en el rango que te corresponde. No me habría extrañado tanto que hubieses intentado entrar en el MI5. ¿No es ésta tu ocasión de codearte con los encopetados de los colegios privados y apartarte de la chusma?
– Soy agente de policía. Si alguna vez lo dejo, no será por el MI5. El MI6, en cambio, sí podría tentarme. -Hizo una pausa y prosiguió-: De hecho, intenté entrar en el servicio secreto cuando salí de Oxford. A mi tutor le pareció que podía encajar y concertó las discretas entrevistas habituales. El comité de evaluación no pensó lo mismo.
Viniendo de Piers, se trataba de una revelación extraordinaria, y Kate supo por el tono exageradamente informal de su compañero que le había costado confesarla. Sin mirarlo, comentó:
– Ellos se lo perdieron, y eso que salió ganando el cuerpo de policía. Y ahora van a mandarnos a un tal Francis Benton-Smith. ¿Lo conoces?
– Vagamente -contestó él-. Te lo regalo. Demasiado guapo: el padre es inglés y la madre, india, de ahí su encanto. La madre es pediatra y el padre da clases en un instituto de secundaria. Es ambicioso y listo, pero le cuesta disimularlo. Te llamará «señorita» a la menor ocasión. Conozco a los de su calaña; vienen a trabajar aquí porque creen que tienen una preparación excepcional y que destacarán entre las medianías. Ya conoces esa teoría según la cual es preferible aceptar un trabajo donde seas más listo que los demás desde el principio, porque con un poco de suerte treparás hasta ponerte por encima de ellos.