La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– ¿Está intentando decirme algo, comisario? -preguntó. El tono seguía siendo amable, pero algo en la actitud del religioso denotaba un atisbo de callada indignación.
– He intentado explicarle el camino que hemos seguido para llegar hasta aquí. A lo largo de la investigación hemos descartado algunos elementos y al final lo que hemos sacado en limpio es que Patricia Pálmer fue asesinada en la catedral por alguien que le facilitó la llave y a quien probablemente conocía. Tenemos razones para pensar que, además, esa persona tenía un conocimiento profundo de bibliografía religiosa, lo cual, como podrá imaginar, reduce bastante nuestro campo de acción. Usted es toda una autoridad en la materia y, si no recuerdo mal, el día que murió Patricia, reconoció haber pasado toda la mañana en el archivo ocupado en la transcripción de un códice. ¿No es así?
– Sí -respondió el diácono-, que yo sepa, no es ningún delito.
– Desde luego que no. Lo único que intento decirle es que hemos hecho grandes avances en los últimos días para llegar a donde estamos. Así que, si hay algo que deba decirnos, éste es el momento.
El diácono no respondió de inmediato. Se hizo un silencio seco, prolongado, roto sólo por las respiraciones de ambos. Ginés de Santa Olalla miró de nuevo hacia la pared con las fotos de Patricia Pálmer. En una de ellas se veía su cadáver desnudo y recosido después de la autopsia. Después se pasó la mano por el cuello con cansancio, cruzó los brazos encima de la mesa y miró de nuevo a Castro.
– Puede pensar lo que quiera, comisario -dijo cuadrando dignamente los hombros-, pero jamás había visto a esa chica.
Castro tomó aire. Todo el caso había estado tan enrevesado desde el principio que necesitaba una confesión como fuera.
– De acuerdo -dijo haciendo acopio de paciencia-. Volvamos al principio. El cadáver de Patricia Pálmer fue descubierto por el padre Barcia la mañana del sábado 26 de febrero. Eso quiere decir que el asesinato se produjo en algún momento de la tarde o noche del viernes 25. ¿Me sigue?
– Le sigo, pero no sé adónde quiere llegar.
– Vamos, padre, lo sabe de sobra, ese mismo día desapareció un importante manuscrito de Prisciliano del archivo diocesano. La chica se convirtió en una amenaza para algunos sectores dentro de la curia, tenemos pruebas de ello.
El rostro del diácono pareció reanimado por un soplo de aire. Fue un gesto de alivio involuntario que por un momento desconcertó a Castro, haciéndolo pensar que tal vez había errado el blanco. Apenas duró una décima de segundo. El religioso cambió de registro demasiado de prisa para poder sacar conclusiones -Pero ¿qué está insinuando?… Está usted loco, comisario -dijo furioso.
– Tenemos a una chica asesinada en plena catedral y un incunable desaparecido, el liber apologeticus. Tenemos la llave de la puerta de acceso a la tienda de souvenirs que Patricia Pálmer utilizó para entrar en la catedral. Y tenemos a un hombre justo en el medio de los dos escenarios, un religioso con profundos conocimientos de literatura teológica: usted. Si no tiene una buena explicación para eso, quizá debería decirnos dónde pasó la tarde del viernes 25 de febrero.
– Esto es increíble… El diácono respiraba pesadamente por la nariz. Se había puesto en pie, levantando el índice como un pantocrátor bizantino-. Lo haré con mucho gusto -dijo con voz crispada-. Estuve en una reunión del patronato en La Coruña, en compañía de más de siete personas que pueden confirmarlo. La reunión, como otras veces, tuvo lugar en una sala del hotel N. H., en los jardines de Méndez Núñez, donde solemos alojarnos, y se prolongó desde las cinco hasta las nueve aproximadamente. Después fuimos a cenar a la marisquería Noray, en la plaza de María Pita. Abandonamos el restaurante alrededor de las diez y media y a continuación regresamos juntos al hotel. Dígales a sus hombres que comprueben la coartada. Y la próxima vez, antes de acusar a nadie, moléstese en hacer primero su trabajo. Para eso le pagan, ¿no? -La voz del diácono sonaba extrañamente serena. Nada en sus facciones dejaba traslucir su indignación.
Se levantó, cogió su gabardina y fue hacia la puerta. Por un momento pareció que fuera a añadir algo más, pero finalmente no lo hizo. Se limitó a lanzar hacia el interior una mirada fría y profundamente despreciativa.
Castro permaneció sentado aguantando la humillación. Tenía un brazo apoyado en la mesa y un hilo de humo salía del cigarrillo olvidado entre sus dedos. Había forzado el interrogatorio al máximo y la había jodido. Por un instante sintió como si le hubieran tirado a la cara un jarro de agua fría. Una coartada como aquélla significaba prácticamente que Santa Olalla no había tenido relación material alguna con la muerte de Patricia Pálmer, al menos en ningún sentido que pudiera considerarse como prueba, lo que le obligaba a barajar otra hipótesis sobre el posible asesino. Al comisario estaba empezando a ocurrirle con aquel caso algo que no le hacía maldita gracia.
Varios coches patrulla se alineaban al otro lado de la calle, a la puerta de la comisaría. Ya no llovía, pero el viento seguía soplando fuerte; un viento del norte, molesto, rápido y helado que levantaba polvo y papeles de periódico por el aire. Castro, como todo hijo de la Costa da Morte, odiaba el viento. Cada cual tiene sus demonios. Un árbol había caído en medio de la vía férrea, interrumpiendo el servicio entre Santiago y Padrón durante varias horas, se habían suspendido las clases en los colegios y en la universidad, y a lo largo de la mañana el servicio de emergencias había tenido que intervenir en casi una decena de incidencias: desprendimientos de cornisas, caídas de andamios, la voladura de una cubierta de uralita en un polideportivo de Labacolla… Con tanta llamada de emergencia, estaban en cuadro. El comisario no había tenido más remedio que cambiar el orden del día, distribuir las tareas a sus efectivos e interrumpir momentáneamente las pesquisas, pero su cabeza continuaba funcionando implacablemente en la misma dirección.
A las 13.20, el subinspector Romaní dobló en la esquina del monasterio de San Martín Pinario y entró en la calle Jerusalén. El inmueble se hallaba pegado a la iglesia de San Miguel dos Agros, un edificio de tres plantas con las ventanas de color marrón y sólidas paredes de granito. El viento levantaba remolinos de polvo y hojas por el aire. El policía se protegió los ojos con unas gafas Ray-Ban. Le sorprendió un fuerte olor a meados de perro en el portal. Llamó al telefonillo y al otro lado le respondió una voz de mujer muy dulce. Ecuatoriana o boliviana, dedujo por el acento.
– Necesito hablar con la persona encargada de la congregación -pidió.
– Lo siento, la hermana Isabel no se encuentra ahorita.
– Pues si ella no está, usted me vale -le cortó Romaní, tajante-. Soy policía y traigo una orden de registro.
Subió la escalera y esperó unos minutos en el rellano del primer piso. Oyó un trasiego de pasos al otro lado.
Cuando al fin se abrió la puerta comprobó que el piso estaba prácticamente a oscuras. Las ventanas se hallaban tapiadas y la escasa iluminación se reducía a unas cuantas luces laterales de baja potencia. Olía a cerrado y todo estaba en silencio. La chica que apareció en el umbral no tendría más de diecisiete años. Morena, con unos ojos enormes que no levantó del suelo ni un solo momento. En el recibidor no había muebles, ni imágenes de santos, ni lámparas, ni cortinas. Nada. Las habitaciones estaban al lado derecho, y eran todas del mismo tamaño. Se trataba más bien de celdas en las que sólo cabía una cama estrecha y una pila de azulejo. Los cubrecamas eran de un tejido áspero de color carmelita, y todas tenían un crucifijo encima de la cabecera. Había unas diecisiete celdas en cada piso. Romaní aguzó el oído frente a una de las puertas y oyó que alguien sollozaba bajito al otro lado.