En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
Él se limitó a sonreír y cabeceó en dirección al globo de luz, que aún flotaba ante nosotros.
Miré la luz y vi la cara de mi Amado, el Elegido al que siempre he amado y siempre amaré. Un anhelo casi insoportable se apoderó de mí, un anhelo que yo desconocía hasta entonces. Era un dolor físico, un deseo sexual que consumía mi cuerpo como fuego (igual ocurre ahora, cuando hablo de él), pero todavía más un auténtico anhelo de mi alma. Con la esperanza de satisfacerlo, he permitido que me prometieran a Guillaume y después a Justin, y las dos veces solo he encontrado decepción. Por su bien, había rechazado a Justin, y me sentí aliviada cuando el pobre Guillaume murió. Por su bien, no dejé de buscarle hasta que le encontré de nuevo, en esta vida. Pues sin él, yo y mi destino no nos realizaríamos. Sin él, yo y nuestra Raza no sobreviviríamos a las llamas.
– Hay un tiempo y un lugar para encantamientos y cánticos -dijo Jacob-. Y talismanes. -Tras pronunciar esta palabra, me dirigió una curiosa mirada antes de continuar-. Pero tú has de aprender la forma más elevada de la magia, si la Raza ha de continuar.
»Porque en esta generación, mi dama, nos aguarda una maldad especial, una tan grande que hasta una vidente tan dotada como vos no puede conocer con seguridad el desenlace… si sobreviviremos, si alguno de nosotros escapará de las llamas. Y si morimos, todos los hombres y mujeres estarán perdidos sin nuestra guía, condenados a matar a sus vecinos y a sí mismos hasta que el mundo quede desierto.
– Entonces enséñame esa magia -dije, pero él meneó la cabeza con tristeza.
– Ojalá pudiera hacerlo en este momento, y así salvar el mundo, pero son el señor y la señora quienes deben descubrirla, y enseñarse mutuamente…
Mientras hablaba, sentí un placer inconmensurable al imaginarme copulando con mi señor. Por unos instantes estuve abstraída, hasta que oí a Jacob decir:
– Solo entonces su magia será la más poderosa. Necesario será, para combatir a los enemigos de la Raza y la humanidad.
Jacob se volvió con aire sombrío hacia el globo luminoso, y vi aterrorizada que ya no había luz sino oscuridad. Algo más profundo que la oscuridad. Era la madre de todos los vacíos, la negación de la negación, el compendio de la desesperanza: el horror que había intuido esperándome fuera de mi primer Círculo.
Escudriñé su interior y vi diferentes caras. De nuevo, un noble armado con una espada, un clérigo y otros, todos hombres diferentes de los que había visto en la luz. Enemigos, pero extrañamente similares al mismo tiempo.
– ¿Estos hombres también son de la Raza? -dije, consternada.
– Sí -contestó Jacob con voz y ademanes serenos, incluso meditabundos, mientras yo conseguía a costa de un esfuerzo descomunal impedir que mis rodillas flaquearan. Se volvió hacia mí y me dirigió una mirada de compasión.
– Pero ¿por qué…? -pregunté, y él se apresuró a contestar:
– Ellos temen lo que eres. La tragedia, señora, es que la mayoría quieren hacer el bien, pero hasta una fuerza tan poderosa como el amor, cuando está contaminada por el miedo, solo puede conducir al mal.
Una vez más clavó la vista en el terrible vacío. Su compasión me infundió fuerzas. Yo también miré el pozo, y la progresión de rostros, y pensé que nunca había visto nada tan penoso.
Y entonces, el vacío…
Perdonad, padre Michel, no me sale la voz. No puedo hablar. Os pido un momento para… No; estoy bien. No lloraré.
Entonces, el pozo se vació, aunque siguió remolineando ante mí, ominoso, a la espera. Un terror aún más grande se apoderó de mí cuando Jacob dijo a mi lado:
– Este es nuestro mayor Enemigo.
Y dentro del vacío se formó el cuerpo de un hombre, poco a poco, indistinto, como si un velo de niebla lo envolviera. Las facciones fueron lo último en aparecer, y una espantosa sensación de horror descendió sobre mí.
– ¡No!-grité-. ¡No! ¡No puedo mirar! ¡No puedo…!
Caí de rodillas y me tapé los ojos.
Jacob se acuclilló y susurró a mi oído:
– Debéis hacerlo, señora. Debéis hacerlo, de lo contrario estamos perdidos…
Pero no podía soportarlo. Ya había visto bastantes horrores por una noche. Seguí con las palmas apretadas contra mis ojos y me acurruqué sobre la hierba húmeda y las hojas. No sé cuánto tiempo permanecí así, arrodillada y temblorosa, pero cuando por fin abrí los ojos, Jacob y el vacío habían desaparecido.
El cielo también había cambiado, de noche oscura a la penumbra menos intensa de la hora que antecede al alba, y las estrellas habían empezado a desvanecerse. Ya no parecían imposiblemente brillantes, aunque nunca las había visto tan radiantes. Tampoco el bosque parecía luminoso como el día.
Me di cuenta, sobresaltada, de que la noche había pasado y de que mamá se levantaría pronto. Corrí a la cueva, pero Justin se había ido y el fuego estaba apagado. Por suerte, mi camisa, faldas y capa seguían en su sitio, dobladas con esmero, y la capa se había secado. Me vestí a toda prisa y corrí colina abajo hacia casa.
Mamá roncaba en su cama, y Noni también, como si no hubiera ido al bosque. Me desvestí y acosté a su lado, mientras intentaba calmar mi respiración.
No pude dormir durante la hora que Noni tardó en levantarse. Si bien Jacob había desaparecido, era como si ahora residiera en mi mente, y recibiera respuesta a todas las preguntas que me habían turbado desde mi primera visión, una tras otra. Recordé que había aparecido en la puerta de nuestra casa el último día de su vida, y había dicho: «Carcasona es un sitio seguro». «Señor -había gritado mi abuela-, ¡en Carcasona solo hay muertos y agonizantes!»
Pero de repente comprendí, a la luz grisácea que precede al alba, que no había hablado de la plaga, sino del mal al que nos enfrentábamos: las llamas prendidas por nuestros enemigos para destruirnos.
Cuanto antes fuera a Carcasona, antes se cumpliría mi destino.
Mi destino: Noni había estado en lo cierto. No aguardaba en el pequeño Círculo de nuestra aldea sino en otra parte, con la ayuda de los hombres que había visto en el interior de la esfera luminosa. Sobre todo, no aguardaba con Justin, sino con Aquel cuyo rostro jamás podría olvidar. Estaba decidida a encontrarle. Pues solo entonces salvaríamos a la Raza y derrotaríamos al Mal Supremo.
Ardía en deseos de contar a Noni todo lo que me había sucedido. Al mismo tiempo, sentía pena. ¿Cómo podía decirle que la abandonaría con mamá hasta el fin de sus días, que le negaría el derecho a traer al mundo a su bisnieta?
Cuando Noni se levantó por fin, no nos dijimos ni una palabra, mantuvimos un silencio indiferente mientras nos dedicábamos. a nuestras labores matutinas. Mamá se despertaría pronto y sería estúpido hablar de lo sucedido por la noche, sobre todo cuando había tanto que decir. Habíamos anunciado con mucha antelación nuestro propósito de recolectar aquella mañana las últimas bayas de verano, en la propiedad del seigneur, que producía demasiado fruto para su diezmado hogar, y ahora estaba abierta a los siervos, a sabiendas de que mamá, aún abatida por la muerte de mi padre, se quedaría en casa como siempre.
Mamá despertó en un estado agitado, y dijo que no se encontraba bien. Cuando Noni y yo pasamos a su lado, con las cestas en la mano, camino de los campos, agarró mi brazo con fuerza inusitada.
– Quédate conmigo, Marie Sybille -suplicó-. Sé que mi enfermedad es grave. Necesitaré tu ayuda, y además, solo tu presencia me conforta.
Vacilé y miré de reojo a Noni. Como hija obediente, no debería negarme a los deseos de mi madre, pero confiaba en que mi abuela dijera a mamá que regresaríamos a casa cuanto antes.
Noni solo vaciló un instante. Entonces, para mi sorpresa, dijo en voz baja pero firme:
– Quédate con tu madre, Sybille. Te necesita.
¿Qué podía decir? No podía desobedecer ni a mi madre ni a mi abuela. Dejé mi cesta a regañadientes, y mi abuela se fue sola. En cuanto a mamá, la acosté y empecé a administrarle té para aliviar los dolores, por si acaso, aunque no tenía fiebre, solo una inquietante y extraña expresión en los ojos. El dolor ha vencido por fin la resistencia de sus nervios, decidí, pese a la poción somnífera calmante que había tomado antes de acostarse. Le di más hierbas calmantes, después me senté en la cama con ella y trabajé en mi colcha de boda, mientras le contaba habladurías divertidas del pueblo para calmar su angustia.