Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Como réplica, el aspecto exterior de la ciudad cambiaba visiblemente y con rapidez. Y aquellos mismos seres que en sus casas se sujetaban a las viejas tradiciones y no pensaban en cambiar, se acomodaban fácilmente a aquellas transformaciones de la ciudad y las aceptaban después de algún gruñido y de una extrañeza más o menos prolongada. Por supuesto, como sucede siempre en cualquier lugar y en circunstancias análogas, el nuevo modo de vida significaba en realidad una mezcla de lo antiguo y de lo nuevo. Las viejas concepciones y los viejos valores chocaban, se oponían con los nuevos, se combinaban o coexistían como si esperasen ver cuáles de ellos sobrevivirían a los demás. La gente contaba ya tanto en florines y en "kreutzer"¹, como en "groch" y en sueldos, evaluaban ya en archinas, en "oques" y en "dramas", ya en metros, en kilogramos y en gramos, fijaban los plazos para los pagos y las entregas de acuerdo con el nuevo calendario, pero también empleaban a menudo la vieja fórmula: para San Jorge o para San Dimitri. Por ley natural, las gentes se oponían a toda innovación, pero su oposición no era rotunda, pues para la mayoría de las personas, la vida es siempre más importante y más imperativa que la forma que reviste. Sólo algunos individuos excepcionales sentían verdaderamente el drama profundo de la lucha entre lo antiguo y lo moderno. Para ellos, el modo de vida estaba ligado de manera íntima e incondicional a la vida misma.
A esta última categoría pertenecía Chemsibeg Brankovitch de Tsrntcha, uno de los beys más acomodados y más notables de la ciudad.
1. Moneda alemana de vellón. (N. del T.)
Tenía seis hijos de los cuales cuatro estaban ya casados. Sus casas formaban toda una aldea rodeada de campos, de plantíos de ciruelos y de sotos. Chemsibeg era el jefe indiscutible, taciturno y severo de toda aquella gran comunidad. Alto, encorvado por los años, tocado con un enorme turbante blanco, bordado de oro, bajaba sólo los lunes a la ciudad para rezar en la mezquita. Desde el primer día de la ocupación, no se detenía en ningún sitio, no hablaba a nadie ni dirigía una sola mirada en torno suyo. Entre los Brankovitch, no había nadie que se atreviese a introducir ningún nuevo vestido, ningún nuevo calzado, ningún nuevo instrumento, ninguna nueva palabra. Ni uno solo de sus hijos trabajaba con el nuevo régimen, ni uno solo de sus nietos iba a la escuela. Toda la familia padecía a causa de aquel estado de cosas. El descontento producido por la tozudez del anciano reinaba entre los hijos, pero nadie osaba ni nadie podía decir una palabra ni demostrar su disconformidad con una mirada. Los turcos del barrio del comercio que trabajaban con los recién llegados y que se mezclaban con ellos, saludaban a Chemsibeg, cuando atravesaba el mercado, con un respeto mudo en el que había temor, admiración e inquietudes de conciencia. Los turcos más viejos y más destacados de la ciudad acudían a menudo a Tsrntcha, como en peregrinación, para sentarse junto a Chemsibeg y conversar con él. Era la cita de los que, decididos a perseverar hasta el final en su resistencia, no querían inclinarse a ningún precio ante la realidad. Ciertamente, eran aquéllas unas sesiones largas en las que sólo se cambiaban unas pocas palabras y que terminaban sin conclusiones concretas. Chemsibeg, abrigado y abotonado en invierno como en verano, permanecía sentado sobre su pequeña alfombra roja y fumaba rodeado de sus huéspedes. La conversación discurría habitualmente llena de dignidad, hablándose de alguna medida, incomprensible y odiosa, de las autoridades ocupantes o de los turcos que se acomodaban cada vez más con el nuevo estado de cosas.
Ante aquel hombre áspero y digno, todos sentían la necesidad de mostrar su amargura, sus temores, y su perplejidad. Y cada conversación terminaba de esta manera: "¿Adonde vamos a parar? ¿Cómo terminará esto? ¿Quiénes son y qué quieren esos extranjeros que parecen no conocer ni el descanso ni la tregua ni la medida ni los límites? ¿Qué deseos los han traído a estas tierras? ¿De dónde les vienen tantas necesidades y qué harán ellos de todo esto? ¿Cuál es la inquietud que los empuja sin cesar, como una maldición, y que los incita a todos esos nuevos trabajos y empresas que parecen no tener fin?"
Chemsibeg se limitaba a mirarlos y, la mayor parte de las veces callaba. Su rostro estaba sombrío, y no porque el sol lo hubiese bronceado, sino por lo que pasaba por su fuero interno. Su mirada era dura, pero ausente y perdida, sus ojos, turbios con las negras pupilas rodeadas de manchas blanquecinas y grises, como las de una águila vieja. Su boca grande, sin labios aparentes, fuertemente apretada, se movía lentamente como si pesase una palabra, siempre idéntica, que nunca llegaba a pronunciar.
Y, no obstante, la gente salía de su casa con un sentimiento de alivio, ni consolados ni tranquilos, pero tocados y exaltados por un ejemplo de intransigencia dura y desesperada.
Y cuando, al viernes siguiente, Chemsibeg acudía al barrio del comercio, lo esperaba un nuevo cambio operado en los hombres o en los edificios, y que el viernes anterior no existía. Para no verse obligado a contemplarlo, bajaba la vista, y allí, en el barro seco de la calle, observaba las huellas de los cascos de los caballos y veía que al lado de las herraduras redondeadas y llenas de los caballos turcos, abundaban las herraduras curvas, con puntas aceradas en los extremos, de los caballos alemanes. Incluso en el barro, su mirada leía la misma condena despiadada que se revelaba en todos los rostros y en todas las cosas que lo rodeaban; la condena del tiempo que no puede ser detenida.
Al darse cuenta de que ya no podía posar sus ojos en ningún sitio, Chemsibeg dejó por completo de bajar a la ciudad. Se refugió enteramente en Tsrntcha, limitándose a ser un jefe de familia taciturno y, al mismo tiempo, severo e implacable, duro para todos y más duro aún para sí mismo. Los turcos más ancianos y más prestigiosos de la ciudad continuaban visitándolo como a una reliquia viva. (Entre ellos, particularmente, Alí-Hodja Mutevelitch.) Y durante el tercer año de ocupación, Chemsibeg murió sin haber estado enfermo. Se derrumbó no habiendo pronunciado nunca aquella palabra amarga que había rondado sus labios de anciano, y sin haber vuelto a poner los pies en el barrio del comercio donde todo iba adquiriendo una nueva orientación.
Es verdad que la ciudad se metamorfoseaba bruscamente: los extranjeros abatían los árboles, plantaban otros nuevos en distintos lugares, reparaban los caminos, trazaban otros, abrían canales, construían edificios públicos. Desde los primeros momentos, echaron abajo las tiendas del mercado que no estaban alineadas y que, realmente, no habían molestado nunca a nadie. En lugar de las viejas tiendas de postigos de madera, elevaron otras nuevas, bien asentadas, de tejados de teja o chapa y con las puertas guarnecidas de cierres metálicos. (Víctima de aquellas medidas, la tienda de Alí-Hodja debía también haber sido derribada, pero el hodja resistió con decisión, pleiteó y acudió a todos los medios imaginables, hasta que consiguió que su tienda siguiese en el mismo lugar en que se encontraba.) Se amplió y se niveló la plaza del mercado. Fue levantado un nuevo konak, gran construcción en la que tenía que instalarse el tribunal y la administración del distrito. En cuanto al ejército, trabajaba por su cuenta aún más aprisa y con menos miramientos que las autoridades civiles. Se montaban barracas, se roturaba con profundidad, se plantaba, se cambiaba totalmente el aspecto de colinas enteras.
Los viejos ciudadanos no lograban entender y no paraban de manifestar su extrañeza. Y justamente cuando pensaban que aquel ardor incomprensible tocaba a su fin, los extranjeros emprendían un nuevo trabajo más inexplicable todavía. Y los habitantes se detenían para examinar aquellas tareas, pero, no como los niños que gustan de contemplar las obras de las personas mayores, sino, al contrario, como las personas mayores que se paran un instante para echar una mirada a las diversiones de los niños.
Pero aquella necesidad permanente que sentían los extranjeros de hacer y deshacer, de abrir y de edificar, de establecer y de modificar, aquel perpetuo deseo de prever la acción de las fuerzas de la naturaleza, de escapar de ellas o de evitarlas, aquello, nadie lo comprendía ni sabía apreciarlo. Muy por el contrario, todos los habitantes, en particular los de edad avanzada, lo consideraban como un fenómeno malsano y veían en ello un signo de mal augurio. La ciudad, según ellos, conservaría siempre la apariencia de las pequeñas urbes orientales: lo que estuviese gastado se repararía, lo que se hundiese sería apuntalado; pero aparte de esto, nadie, sin necesidad y, mucho menos, trazando planes y proyectos, emprendería trabajos ni tocaría los cimientos de los edificios, variando el aspecto que Dios había dado a la ciudad.
Mas los extranjeros llevaban a buen fin, uno tras otro, sus trabajos, con celeridad y consecuencia, según sus planes desconocidos y cuidadosamente estudiados, ante la sorpresa cada vez mayor de la gente de la ciudad.
Así, de manera completamente inesperada, le tocó el turno a aquel parador abandonado y decrépito que todavía formaba un todo, como tres siglos antes, con el puente. A decir verdad, lo que se llamaba la hostería de piedra no pasaba de ser desde hacia mucho tiempo un montón de ruinas. Las puertas estaban podridas, las rejas de piedra festoneada, situadas en las ventanas, estaban rotas, el techo se había venido abajo, en el interior de la construcción había crecido una gran acacia y un montón de arbustos y de malas hierbas, pero los muros exteriores seguían estando íntegros y erguían su rectángulo de piedra blanca, regular y armoniosa. A los ojos de los habitantes de la ciudad, desde su nacimiento hasta su muerte, aquello no se les aparecía como unas ruinas triviales, sino como el acabado del puente, como parte integrante de la ciudad, con el mismo derecho que su casa natal, y nunca nadie llegó a imaginar, ni siquiera en sueños, que se llegara a tocar la vieja hostería y que se cambiase algo que el tiempo y la naturaleza no habían cambiado. Pero un buen día, le llegó su vez. Primeramente, unos ingenieros tomaron con detalle medidas alrededor de las ruinas, después, llegaron los obreros y los peones, que comenzaron a quitar, una tras otra, las piedras y a espantar y a arrojar a los pájaros de todas clases y a los animaluchos que habían anidado allí.