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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Miraba la carta sin dar crédito a sus ojos. Le parecía imposible haber perdido todo de un golpe. Algo ardiente y ruidoso le atravesó el cuerpo de la cabeza a los pies. Súbitamente, todo se le hizo claro: el precio de la vida, el valor del hombre y aquella maldita e inexplicable pasión que tenía de jugar con los suyos y con los extranjeros, incluso solo. Todo resultaba luminoso y claro, como si estuviese amaneciendo o como si hubiese soñado que jugaba y que perdía; pero en verdad, una verdad irrevocable, algo que no podía repararse. Hubiese querido proferir una palabra, gemir, llamar a alguien en su ayuda, lanzar aunque no fuese más que un suspiro, pero ya no tenía fuerzas ni para eso.

A su lado el extranjero esperaba.

De pronto, en algún lugar de la orilla cantó un gallo, alto y claro, una vez, otra. Estaba tan próximo, que parecía como si se oyese el batir de sus alas. En el mismo momento, las cartas dispersas volaron, como levantadas por una borrasca, el dinero se desperdigó y la kapia se bamboleó hasta sus cimientos. Milán cerró los ojos espantado y pensó que había llegado su última hora. Cuando volvió a abrir los ojos, observó que estaba solo. Su adversario se había volatilizado como una pompa de jabón y, con él, las cartas y el dinero que se encontraban sobre la losa de piedra.

La luna, color naranja, nadaba al fondo del horizonte. Se había levantado un viento fresco. Se acentuaba el tumulto de las aguas en las profundidades. Milán, con precaución, palpó la piedra donde estaba sentado, tratando de volver en sí, de reconocer el lugar donde se encontraba y de saber lo que pasaba; luego, se levantó con dificultad y se dirigió hacia su casa de Okolichta, sin darse cuenta de que andaba.

Gimiendo y titubeante, apenas llegó ante su casa, cayó como un herido; su cuerpo chocó pesadamente con la puerta. Los suyos, que se habían despertado a causa del ruido, lo llevaron a la cama. Durante dos meses fue presa de la fiebre y del delirio. Llegaron a creer que no se recuperaría.

El pope Nicolás acudió a administrarle la extremaunción. Sin embargo, se restableció y se levantó, pero no parecía el mismo hombre. Ahora era un viejo prematuro que vivía al margen de todos, que hablaba poco y que limitaba al mínimo sus relaciones con los demás. Sobre su rostro, que ya no sonreía, se reflejaba una atención dolorosa. Se ocupaba únicamente de sus negocios y se entregaba a sus ocupaciones, como si nunca hubiese conocido la compañía de sus amigos.

Durante su enfermedad, contó al pope Nicolás todo lo que le había sucedido aquella noche en la kapia y, más tarde, confió su historia a dos buenos amigos, pues sentía que le habría sido imposible vivir con su secreto. La gente se enteró de algo, pero como si lo que había sucedido en realidad fuese insuficiente, añadió algunos detalles; después, como es corriente, dirigió su atención a algún otro y terminó por olvidar a Milán y su aventura. Y así, el hombre que ya no era más que una sombra del Milán Glasintchanin de antaño, vivía, trabajaba y discurría entre los habitantes de la ciudad. La joven generación sólo lo conocía tal y como era en aquellos momentos y no pensaba que hubiese sido de otro modo. Él mismo se comportaba igual que si hubiese olvidado todo. Y cuando habiendo dejado su casa para bajar a la ciudad, cruzaba el puente, con sus andares lentos y pesados de sonámbulo, pasaba junto a la kapia sin la menor emoción, incluso sin recuerdos. Ni siquiera volvía a su memoria que aquel sofá, guarnecido de asientos de piedra blanca, en los que se sentaba gente ociosa, pudiese tener alguna relación con el lugar remoto en el que, una noche, jugó su última partida, apostando a aquella carta traidora todo lo que tenía, incluso su persona, su vida en este mundo y en el otro.

Milán se preguntaba a menudo si toda aquella aventura no habría sido más que una pesadilla que le hubiera asaltado cuando perdió el conocimiento delante de la puerta de su casa, si no habría sido más bien la consecuencia que la causa de su enfermedad. A decir verdad, el pope Nicolás y los dos amigos a quienes se confió, se mostraron inclinados a considerar el relato de Milán como una fantasía, una alucinación producida por la fiebre.

Porque lo cierto es que ninguno de ellos creía que el diablo jugase al "otuz bir" ni que atrajese a la kapia a aquellos pára los que desease la perdición. Pero nuestras aventuras suelen ser tan confusas, tan penosas, que no es extraño que las gentes vean en ellas una intervención del mismísimo Satán, esforzándose así en explicarlas o, al menos, en hacerlas más verosímiles.

Sea como fuere, con o sin el diablo, en sueños o en la realidad, lo que era cierto es que Milán Glasintchanin, después de haber perdido en una noche la salud, la juventud y una enorme cantidad de dinero, se encontró para siempre, como por milagro, librado de su pasión. Pero eso no era todo. Al relato de Milán se encontraba estrechamente ligada la historia de otro destino cuyo hilo partía de la kapia.

Al día siguiente de aquel en el que Milán Glasintchanin (en sueños o en realidad) perdió su última partida en la kapia, lució un espléndido sol de otoño. Era sábado. Como todos los sábados, los judíos de Vichegrado se reunieron en la kapia, llevando con ellos a sus hijos. Desocupados y solemnes, con sus pantalones de raso y sus chalecos de lana, tocados con su fez aplastado, de color rojo subido, celebraban escrupulosamente el día del Señor, paseándose a lo largo del río como si buscasen a alguien. Pero, la mayor parte del tiempo, mantenían ruidosas y acaloradas conversaciones en español, empleando únicamente el servio cuando juraban.

Bukus Gaon, hijo mayor del barbero Abraham Gaon, hombre piadoso, pobre y honrado, fue uno de los primeros en acudir aquella mañana a la kapia. Tenía dieciséis años y aún no había encontrado trabajo fijo ni oficio determinado. El muchacho, a diferencia de todos los Gaon, era algo alocado, lo que le había impedido entregarse a una ocupación concreta, empujándolo a buscar en todas partes y en todas las cosas algo ventajoso y agradable. Cuando quiso sentarse, se aseguró antes de que el sitio estaba limpio.

Entonces vio en la rendija, entre las dos losetas, un delgado hilo amarillo que brillaba. Tenía el resplandor del oro, ese metal tan querido a los ojos del hombre. Miró mejor. No cabía duda: un ducado había caído allí. El muchacho echó una mirada en torno, para ver si alguien le observaba, y para buscar algo con que sacar el ducado de la rendija. Pero en seguida le vino a la memoria que era sábado y que sería vergonzoso y, al mismo tiempo, pecado, hacer cualquier trabajo. Conmovido y embarazado, se sentó y no se levantó hasta el mediodía. Cuando fue hora de ir a almorzar y cuando todos los judíos, jóvenes y viejos, se fueron a sus casas, distinguió una brizna de paja de cebada más gruesa que las demás y, olvidando pecado y sábado, sacó con precaución el ducado de entre las dos losetas.

Era una buena moneda húngara, delgada, que no pesaría más que una ligera hoja seca. Llegó tarde al almuerzo. Cuando se sentó a la mesa baja y pobre, en torno a la cual se encontraban trece personas (once hijos, el padre y la madre), no prestó atención a las amonestaciones de su padre que lo trató de desocupado y de vago, y que le reprochó el no acudir ni siquiera a la hora de comer. Le zumbaban los oídos y sus ojos estaban deslumbrados. Se realizaba al fin su sueño de una vida de lujo inaudito. Le parecía que llevaba el sol en su bolsillo.

Al día siguiente, sin haberlo pensado mucho, Bukus se fue con su ducado a la taberna de Ustamovitch y se coló en la habitación en donde se jugaba a las cartas a casi todas las horas del día y de la noche. Siempre había soñado con aquello, pero nunca había tenido bastante dinero para atreverse a ir allí a probar fortuna. Ahora podía llevar a cabo su sueño.

Pasó algunos minutos llenos de angustia y de sobresalto. Al principio, fue acogido con desdén y desconfianza. Cuando le vieron cambiar la moneda húngara, pensaron inmediatamente que se la había quitado a alguien; sin embargo, aceptaron su apuesta. (Si los jugadores tratasen de conocer el origen del dinero de cada uno de ellos, nunca podrían jugar.) Comenzaron nuevas pruebas para el debutante. Al ganar, le subía la sangre a la cabeza y la vista se le nublaba bajo el efecto del calor y de la transpiración. Si perdía, le parecía que se detenía su respiración y que el corazón le desfallecía. Pero, tras aquellos tormentos que parecían no tener fin, salió aquella noche de la taberna con cuatro ducados en el bolsillo. Y aunque a causa de la emoción se sintiese extenuado y febril como si le hubiesen azotado con varas encendidas, caminaba derecho y orgulloso. Ante su mirada ardiente se abrían perspectivas lejanas y espléndidas que arrojaban un brillo deslumbrador sobre su pobreza familiar y que limpiaba la ciudad hasta sus cimientos. Andaba enervado, con paso solemne. Por primera vez en su vida podía apreciar no sólo el resplandor y el tintineo del oro, sino también su peso.

Durante aquel mismo otoño, Bukus, aunque joven y sin experiencia, se convirtió en vagabundo y jugador profesional y abandonó la casa paterna. El viejo Gaon se consumía de vergüenza y de pena por su hijo mayor, y toda la comunidad judía sintió aquella desgracia como si fuese suya. Más tarde dejó la ciudad para lanzarse al mundo con su triste destino de jugador. Después, pasados catorce años, no se volvió a oír hablar de él. El origen de todo aquello, decían, fue "el ducado diabólico" que encontró en la kapia y que desenterró un sábado.

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