Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Era alto y de una fuerza poco común, sin gran cultura pero con gran corazón, de mente sana, alma serena y valiente. Su sonrisa desarmaba, devolvía la tranquilidad y calmaba los ánimos. Era la sonrisa indescriptible e inapreciable del hombre robusto y generoso que vive en paz consigo mismo y con el prójimo. Sus grandes ojos verdes se contraían a veces hasta convertirse en dos delgados hilos pardos de donde brotaban destellos de oro.
Así había llegado a la ancianidad. Vestido con su larga pelliza de piel de zorro, el rostro aureolado por una barba roja que los años apenas habían plateado y que le caía sobre el pecho, tocado de una gran capucha de la cual escapaba, por detrás, una gruesa trenza, atravesaba el mercado como si fuese el sacerdote de aquella ciudad adosada al puente y de toda la región montañosa, no desde hacía cincuenta años, ni sólo de los ortodoxos; sino desde siempre, desde una era antediluviana, cuando las diversas religiones, las diversas Iglesias del presente no habían dividido todavía el mundo. A ambos lados de la calle, los comerciantes, cualquiera que fuese su religión, lo saludaban desde sus tiendas.
Las mujeres se echaban a un lado y, con la cabeza inclinada, esperaban a que el "abuelo" hubiese pasado. Los niños (incluso los judíos) interrumpían sus juegos y dejaban de gritar, y los mayorcitos, con temor y solemnidad, se acercaban a la mano del "abuelo", enorme y ruda, para sentir un instante, por encima de sus cabezas rapadas y de sus rostros enrojecidos por el juego, el rocío benéfico de su voz potente y jovial.
– ¡Que Dios te dé vida! ¡Que Dios te dé vida, hijo mío!
Esta muestra de respeto hacia el "abuelo" se había convertido en una costumbre ancestral, en cierto modo un atavismo, porque las nuevas generaciones nacían con ella.
Sólo una sombra había empañado la vida del pope Nicolás: no había tenido ningún hijo de su matrimonio. Era sin duda algo terrible, pero ni él ni su mujer habían proferido una queja, ni habían mostrado una sola mirada de amargura. Siempre vivían con ellos dos niños, hijos de unos parientes y campesinos, a quienes habían adoptado. Mantenían y educaban a los muchachos hasta que se casaban y, después, adoptaban a otros dos
Al lado del pope Nicolás, estaba sentado Mula Ibrahim. Alto, delgado y seco, de escasa barba y bigote caído, era apenas un poco más joven que el pope. Tenía una numerosa familia y poseía una considerable riqueza heredada de su padre. Pero era tan abandonado, débil y tímido, con sus ojos azules y límpidos de muchacho, que parecía más un ermitaño o un peregrino sin recursos que el hodja de Vichegrado de ilustre ascendencia. Mula Ibrahim padecía un tartamudeo acentuado. (La gente decía, en broma, que era preciso no tener nada que hacer para poder hablar con él.) Sin embargo, Mula Ibrahim era célebre en muchas leguas a la redonda por su bondad de alma y su generosidad. Toda su persona respiraba dulzura y serenidad, y en cuanto se tenía el primer contacto con él, se olvidaba en seguida su aspecto exterior y su defecto de pronunciación. Atraía irresistiblemente hacia sí a cuantos estaban abrumados por la enfermedad, la indigencia o cualquier otra desgracia. Acudían a él para pedirle consejo desde las ciudades más lejanas. Ante su casa, había continuamente gente que lo esperaba. Hombres y mujeres que reclamaban su opinión o su ayuda, lo paraban a menudo en la calle. Nunca rechazaba a nadie y no recomendaba fórmulas costosas ni amuletos, como los demás hodjas.
Se sentaba inmediatamente al abrigo de la primera sombra o en la primera piedra que encontraba, un poco apartado: la persona le exponía en un murmullo el motivo de sus penas; Mula Ibrahim la escuchaba atento y compasivo; al final, le decía algunas buenas palabras, hallando siempre la mejor solución posible, o bien hundía su delgado brazo en el bolsillo profundo de su pelliza y, habiéndose asegurado de que nadie lo veía, le entregaba algún dinero. Nada le parecía difícil ni repugnante ni imposible cuando era preciso ayudar a algún musulmán. Para esta tarea, siempre encontraba tiempo y siempre tenía dinero. En tales ocasiones, su dificultad en el habla no lo molestaba, porque, hablando en un susurro con sus fieles, se olvidaba incluso de tartamudear.
Si no todos salían de su casa completamente consolados, se sentían, por lo menos, tranquilizados al saber que alguien había compartido su pena con interés y afecto. Ocupado sin cesar por las preocupaciones y las necesidades de los demás, no pensaba nunca en sí mismo; había pasado todo el siglo, a su juicio, sano, feliz y en situación desahogada.
El muderis de Vichegrado, Husein efendi, era un hombre más bien bajo y rechoncho, todavía joven, que vestía con elegancia y que se cuidaba mucho. Su corta barba negra, esmeradamente dispuesta en un óvalo regular, encuadraba un rostro blanco y rosáceo en el que se destacaban dos ojos redondos y negros. Era un hombre erudito; sabía muchas cosas y pasaba por ser muy instruido, pero él se consideraba todavía más instruido de lo que la gente creía. Le gustaba conversar y sentirse oído. Convencido de que se expresaba bien, prodigaba su palabra. Hablaba con rebuscamiento y afectación, ayudándose con gestos estudiados: mantenía los brazos ligeramente levantados y las manos a la misma altura, unas manos blancas y tiernas, de uñas rosadas, sombreadas por un espeso vello, corto y negro. Cuando hablaba, parecía que estaba ante un espejo. Poseía la biblioteca más importante de la ciudad; un armario, guarnecido de hierro y cerrado cuidadosamente, lleno de libros que le había legado su maestro, el ilustre Arap-Hodja, antes de morir. Los guardaba del polvo y de las polillas y sólo en escasas ocasiones, con espíritu de economía, los llegaba a leer. Pero el simple hecho de tener tal número de libros de elevado precio le daba prestigio ante los ojos de aquellas gentes que ignoraban lo que era un libro. Se sabía que escribía la crónica de los sucesos más destacados de la ciudad. Esto le había dado entre los conciudadanos una fama de hombre excepcional y de erudito, ya que se estimaba que, por aquel medio, había llegado a tener entre sus manos la reputación de la ciudad y la de cada uno de sus miembros. En realidad, esta crónica no era ni detallada ni muy peligrosa. Después de cinco o seis años que hacía que la había iniciado, llenaba únicamente cuatro páginas de un cuadernillo; porque el muderis no había juzgado los acontecimientos de la ciudad, a causa de su falta de importancia y de interés, dignos de figurar en su crónica. Por esta razón, dicha crónica se había quedado tan estéril, tan seca, tan vacía como una solterona orgullosa.
El cuarto "representante de la fe" era David Leví, rabino de Vichegrado, nieto del célebre rabino Hadji-Liatché, que le había dejado en herencia su apellido, su sacerdocio y su fortuna, pero nada de su espíritu y de su serenidad.
Era un joven enfermizo y pálido, de aterciopelados ojos pardos, llenos de tristeza. Era mucho más tímido y taciturno de lo que pueda imaginarse. Se casó inmediatamente después de obtener el rabinato. Al objeto de parecer más importante y más robusto, llevaba un vestido amplio y rico, de grueso paño; tenía bigote y barba, pero bajo aquel disfraz, se adivinaba un cuerpo débil y friolero, y a través de la barba negra y escasa se distinguía el óvalo de su rostro juvenil y poco sano. Sufría terriblemente cuando tenía que presentarse en sociedad o tomar parte en discusiones y resoluciones, pues no cesaba de sentirse pequeño, débil, inferior.
En aquellos momentos, estaban allí los cuatro, sentados a pleno sol, transpirando dentro de sus trajes de ceremonia, más emocionados, más inquietos de lo que hubieran querido aparentar.
– Bueno, fumemos otro cigarrillo; tenemos tiempo; ¡por Dios que tenemos tiempo! Ese diablo de hombre no va a venir como un pájaro; ya lo veremos llegar -dijo el pope Nicolás, como hombre que sabe ocultar tras una broma el fondo de sus pensamientos, sus inquietudes y las inquietudes de los demás.
Sus miradas se volvieron hacia Okolichta y, después, continuaron fumando.
La conversación seguía, lenta, llena de prudencia, y giraba sin cesar en torno a la cuestión del recibimiento que debería hacerse al comandante. Todos se mostraban de acuerdo en que debía ser el pope Nicolás quien lo saludase y le diese la bienvenida. Silencioso, el pope los miró a los tres larga y atentamente, con los párpados entornados y las cejas fruncidas, de modo que sus ojos formaron aquel delgado hilo oscuro del que brotaban, como una sonrisa, destellos de oro.
El joven rabino se moría de miedo. No tenía ni siquiera fuerzas para lanzar el humo lejos de sí; se le quedaba en la barba y en el bigote, formando largas volutas. Tampoco el muderis se sentía muy seguro. Toda su elocuencia, toda su dignidad de hombre instruido lo habían abandonado de pronto. No se daba cuenta, ni aproximadamente, de lo hosco que aparecía ni del grado a que había llegado su espanto, pues la alta opinión que tenía de sí mismo no le permitía creerlo. Trataba de mantener uno de sus discursos literarios con sus gestos medidos que lo explicaban todo, pero sus bellas manos caían en su regazo y sus palabras se embrollaban y se interrumpían. Se extrañaba de que lo abandonase su dignidad habitual y se esforzaba constantemente en recobrarla, pero en vano; era como cuando algo que nos es familiar desde hace mucho tiempo, nos deja justamente en el momento en que más lo precisamos.
Mula Ibrahim estaba un poco más pálido que de costumbre, aunque tranquilo y manteniendo su sangre fría. De vez en cuando, su mirada se cruzaba con la del pope Nicolás, como si fuese este un medio de comprenderse entre los dos. Eran viejos conocidos, viejos amigos de la niñez, si es que podía hablarse, en aquella época, de amistad entre turcos y servios. Cuando, en su juventud, el pope Nicolás tuvo dificultades con los turcos de Vichegrado y se vio en la precisión de esconderse y huir, Mula Ibrahim, cuyo padre era muy poderoso en la ciudad, le había prestado un favor. Más tarde, cuando los tiempos se hicieron más tranquilos para la ciudad, las relaciones entre los dos credos llegaron a ser soportables y los dos hombres, que ya habían alcanzado la edad madura, entablaron amistad. Bromeando, se llamaban "vecino", porque sus casas se encontraban en los extremos diametralmente opuestos de la ciudad. En época de sequía, de inundación, de epidemia o cuando cualquiera otra calamidad se abatía sobre la región, se encontraban unidos en la misma tarea, cada uno en medio de su propio pueblo. Y cuando, en otras circunstancias, se encontraban en el Meïdan o en Okolichta, se saludaban como en ningún otro sitio se saludan ni se interpelan un pope y un hodja. Ésta era la ocasión para que el pope Nicolás apuntase con su "chibuqui" hacia abajo, hacia la ciudad que se extendía a lo largo del río. Entonces decía, mitad serio, mitad sonriente: