Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
"Ha llamado la atención de las potencias extranjeras sobre vuestra situación, y un consejo de naciones ha decidido por unanimidad que Austria-Hungría os devolvería la paz y la prosperidad que perdisteis hace tiempo.
"S. M. el Sultán, que siente vuestra felicidad en lo más profundo de su corazón, se ha inclinado a confiaros a la protección de su poderoso amigo el Emperador-Rey.
"El Emperador-Rey ordena que todos los hijos de este país disfruten de los mismos derechos, según la ley, y que la vida, la fe y los bienes de todos sean protegidos.
"¡Habitantes de Bosnia y de Herzegovina! Poneos con confianza bajo la protección de las gloriosas banderas de Austria-Hungría. Acoged a nuestros soldados como amigos, someteos a las autoridades, reincorporaos a vuestros asuntos; el fruto de vuestro trabajo será protegido."
El hodja leía con voz entrecortada, frase tras frase, y no comprendía todas las palabras, pero todas le herían; y era un dolor especial, completamente diferente a los dolores que sentía en su oreja herida, en su cabeza y en sus riñones. Solamente entonces, a causa de aquellas palabras, "las palabras del Emperador", se dio cuenta con claridad de que aquello le afectaba a él, a todos los suyos y a cuanto le pertenecía, de que le afectaba de una manera extraña: los ojos miran, la boca habla, el hombre continúa viviendo, pero vida, vida verdadera, ya no existe. Un emperador extranjero y una fe extranjera los ha conquistado. Se desprende claramente de aquellas grandes palabras y de aquellos mandatos oscuros; y, con más claridad aún, se desprende de aquel dolor de plomo que siente en el pecho, más cruel y más penoso que cualquier dolor humano imaginable. No son los millares de imbéciles del género de Osmán Karamanlia los que pueden servir de socorro o conseguir algún cambio en semejantes circunstancias. (Así sigue discutiendo el hodja consigo mismo.) "¡Pereceremos todos! ¡Pereceremos!" Para qué tantos clamores cuando ha llegado para el hombre una época de derrumbamiento en la que no puede ni perecer ni vivir, sino pudrirse como una estaca enterrada y pertenecer a todo el mundo excepto a sí mismo. Es una verdadera, una gran miseria que los Karamanlia de todas las especies no vean ni entiendan que, con su incomprensión, no hacen más que acentuar la tragedia de una situación lamentable e ignominiosa.
Sumido en estos pensamientos, Alí-Hodja sale despacio del puente. Ni siquiera se da cuenta de que lo acompaña un soldado de sanidad. Su oreja le duele menos que aquella bala de plomo y amargura que, tras la lectura de las "palabras del Emperador", se ha instalado en medio de su pecho. Anda lentamente y le parece que ya nunca volverá a pasar a la orilla; siente que aquel puente, que es el orgullo de la ciudad, y que, desde su creación, está íntimamente ligado a su familia, aquel puente en el que ha crecido y junto al cual ha pasado su vida, ha sido destruido en su centro, al lado de la kapia; que aquel papel blanco de la proclama austríaca lo ha cortado por la mitad, como una explosión silenciosa, y que se ha abierto un profundo abismo; que aún se yerguen, a derecha e izquierda del corte, unos pilares aislados, pero que el paso ha sido suprimido, porque el puente no une ya las dos orillas y cada cual deberá permanecer eternamente en el lado en que se encuentra en aquel instante.
Alí-Hodja camina despacio, hundido en esas visiones febriles. Vacila como un hombre gravemente herido y sus ojos se arrasan sin cesar de lágrimas. Avanza con paso inseguro, como si fuese un mendigo que, enfermo, atravesara el puente por primera vez y entrase en una ciudad extraña y desconocida.
Unas voces lo sobresaltaron. Junto a él pasaban algunos soldados. Entre ellos pudo distinguir de nuevo el rostro grande, bondadoso y burlón de aquel soldado que llevaba una cruz roja en el brazo y que lo había librado de su tortura. Siempre con la misma sonrisa, el soldado señalaba el vendaje y le preguntaba algo en una lengua incomprensible. El hodja pensó que le ofrecía algún favor y se irguió, entristecido:
– Tengo fuerzas suficientes, tengo fuerzas suficientes. No necesito a nadie.
Y con paso más vivo, más decidido, se dirigió a su casa.
CAPITULO X
La entrada oficial y solemne del ejército austríaco tuvo lugar al día siguiente.
Nadie recordaba haber conocido un silencio semejante en la ciudad. Ni siquiera habían abierto las tiendas y, en aquel día soleado de finales de agosto, las casas mantenían puertas y ventanas cerradas. Los callejones estaban desiertos, los patios y los huertos mudos. En las casas turcas reinaban el desánimo y la confusión; entre los cristianos, la circunspección y la desconfianza. Todos sentían miedo. Los boches que entraban temían las emboscadas; los turcos temían a los boches, y los servios a los boches y a los turcos. Los judíos temblaban ante todo el mundo, porque, especialmente en tiempos de guerra, todos son más fuertes que ellos. Conservaban todavía en su memoria los rugidos del cañón que había disparado la víspera. Y si la gente hubiese obedecido sólo a su pánico, nadie habría salido a la calle. Pero el hombre depende de otros amos. El destacamento de austríacos que había entrado en la ciudad reclamó la presencia del mulazim y de sus agentes. El oficial que estaba al mando de! destacamento entregó su sable al mulazim y le ordenó que continuase desempeñando sus funciones y manteniendo el orden en la ciudad. Le anunció que el coronel llegaría al día siguiente a las once y que los nobles, es decir, los representantes de los tres cultos, deberían recibirlo a su entrada en la ciudad. Triste y resignado, el mulazim convocó inmediatamente a Mula Ibrahim, a Huseinaga, al muderis¹, al pope Nicolás y al rabino David Leví, y les hizo saber que "como representantes de la fe y como notabilidades" deberían, al mediodía del día siguiente, recibir al comandante austríaco en la kapia, saludarlo en nombre de la población y acompañarlo hasta el centro de la ciudad.
Bastante antes de la hora indicada, los cuatro "representantes de la fe" se encontraron en la plaza desierta y emprendieron despacio el camino a la kapia. Allí, el adjunto del mulazim, Salko Hedo, ya había extendido, ayudado por un agente de policía, un largo tapiz turco de vivos colores y había cubierto con él los escalones y la mitad del asiento de piedra en el que debería tomar asiento el comandante austríaco. Permanecieron allí un buen rato, solemnes y silenciosos; después, como no viesen rastro del comandante sobre el blanco camino procedente de Okolichta, se pusieron de acuerdo con la mirada y se sentaron en la parte descubierta del banco. El pope Nicolás sacó su enorme petaca de cuero y ofreció tabaco a los demás.
Estaban en el sofá, como antaño, cuando, jóvenes y despreocupados, mataban el tiempo en la kapia, imitando a los otros muchachos. Todos habían envejecido. El pope Nicolás y Mula Ibrahim eran ancianos, el muderis y el rabino, hombres maduros. En aquellos momentos, vestidos con sus trajes de fiesta, sólo se preocupaban de ellos mismos y de los suyos. Bajo el duro sol de verano, se observaron de cerca un largo rato y a cada uno le pareció que sus compañeros aparentaban más edad de la que tenían. Ya no eran aquellos muchachos que crecían junto al puente.
Fumaban, hablando y meditando al mismo tiempo. De vez en cuando, aventuraban una mirada hacia el lado de Okolichta por donde debía aparecer el comandante del cual dependía en aquel momento todo y que podía llevarles a ellos, a su mundo, a toda la ciudad, el bien y el mal, la tranquilidad y nuevos peligros.
El pope Nicolás era sin duda el más plácido, el más dueño de sí mismo de los cuatro; al menos, daba esa impresión. Había pasado de los setenta años, pero se mantenía joven y fuerte. Hijo del célebre pope Mihailo, a quien los turcos habían decapitado en aquel mismo puente, el pope Nicolás había tenido, durante sus años mozos, una vida agitada. Había huido en varias ocasiones a Servia para ponerse al abrigo del odio y de la venganza de algunos turcos. Su carácter y su conducta le habían puesto en difícil situación. Pasados los años tempestuosos, el hijo del pope Mihailo se instaló en la parroquia de su padre, contrajo matrimonio y se apaciguó. Aquellos tiempos estaban muy lejanos y se habían olvidado ("hace muchos años que mi carácter cambió y que los turcos de estas tierras se han dulcificado", decía el pope bromeando). Habían transcurrido cincuenta años desde el momento en que el pope Nicolás empezó a administrar su difícil parroquia, extendida y dispersa por la frontera. La administraba tranquilamente, con prudencia, sin que se hubiesen producido más trastornos ni más desgracias que los que la vida lleva en sí misma, y él la gobernaba con la entrega del servidor y la dignidad del príncipe, siempre justo y equitativo con los turcos, el pueblo y sus superiores.
Ni antes ni después de él, en ningún ambiente ni en ninguna religión, hubo un hombre que gozase de un respeto tan general y de una consideración tan grande por parte de todos los ciudadanos sin distinción de fe, de sexo y edad, como el pope Nicolás, a quien todos llamaban "abuelo". Para toda la ciudad y para todo el distrito, personificaba a la Iglesia servia y a todo lo que el pueblo llama y estima como cristianismo. Por encima de todo, la gente veía en él al prototipo del sacerdote y del jefe en general, tal y como se creía en la ciudad por aquel entonces.