Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Rápidamente, el terraplén situado por encima de la plaza del mercado, junto al puente, quedó vacío, y el único signo que pudo observarse de la hostería fue un montón de piedras cuidadosamente apiladas.
Poco después de un año, en lugar del parador de piedra, se irguió un cuartel de un piso, alto y macizo, pintado de azul pálido, cubierto de chapa gris y flanqueado de aspilleras.
Sobre el terraplén ampliado, los soldados hacían ejercicio durante todo el día y, como mártires, desplegaban sus miembros o caían de cabeza en el polvo, los pobres desgraciados, a las órdenes tronantes de los cabos. Y de noche, a través de las numerosas ventanas de aquel feo edificio, podía oírse los acentos de unas canciones guerreras incomprensibles que eran acompañadas por los acordes de una armónica. Aquello duraba hasta que el sonido penetrante de la trompeta se dejaba oír, con su aire triste que hacía aullar a todos los perros de la ciudad, cesando inmediatamente todos los ruidos y apagándose las últimas luces de las ventanas. Así desapareció la hermosa fundación pía del visir, y así comenzó su vida sobre el terraplén, junto al puente y en completo desacuerdo con cuanto lo rodeaba, el cuartel al que las gentes, fieles a sus costumbres, seguía llamando la hostería de piedra. El puente quedó completamente aislado.
Verdaderamente, fue sobre el puente donde sucedieron los hechos que llevaron las costumbres inalterables de las gentes del lugar a chocar con las novedades que los extranjeros y su régimen habían introducido. Y resultó que todo lo que era viejo, todo lo que pertenecía al país, se vio regularmente condenado a un retroceso y a una adaptación.
La vida sobre el puente, en la medida en que dependía de nuestras gentes, continuó discurriendo sin variación. Se observó únicamente que los servios y los judíos acudían cada vez con mayor libertad a la kapia, aumentando progresivamente su número. Se los veía a cualquier hora del día, sin tener en cuenta, como antaño, a los turcos ni sus costumbres ni sus privilegios.
Se sentaban en aquel lugar algunos activos hombres de negocios que iban al encuentro de los campesinos y que compraban lana, aves y huevos; cerca de ellos, podía verse a los paseantes, gente ociosa que, siguiendo el curso del sol, se desplazaba de un extremo a otro de la ciudad. Al atardecer, los otros ciudadanos, hombres de negocios y de trabajo, iban allí también para hablar un poco, o para contemplar en silencio el gran río bordeado de sauces enanos y de bancos de arena.
La noche pertenecía a la juventud y a los borrachos.
La vida nocturna, por lo menos en los primeros momentos, se vio sometida a unos cambios que engendraron desacuerdos. Las nuevas autoridades instalaron un alumbrado permanente en la ciudad. Durante los primeros años, en las calles principales y en las encrucijadas, fueron colgadas, a unos postes verdes, linternas en las que ardían lámparas de petróleo. (El gran Ferkhat estaba encargado de limpiarlas, de llenarlas y de encenderlas; era un pobre tunante cuya casa estaba llena de crios y que hasta entonces había sido criado de la administración, encargándose de tirar los petardos durante el ramadán y desempeñando tareas de ese género, sin salario fijo.)
El puente fue iluminado de esa forma en varios puntos y también en la kapia. El poste que sostenía la linterna estaba clavado a una viga de roble, perteneciente a la pared del antiguo reducto.
La linterna de la kapia tuvo que mantener una lucha contra las costumbres de los guasones, de aquellos a quienes gustaba acudir allí para cantar en la oscuridad, para fumar o para discutir, y también se enfrentó con los instintos de vandalismo de los muchachos en quienes se mezclaban y chocaban la melancolía amorosa, la soledad y el aguardiente. Aquella luz parpadeante los irritaba, y muchas veces, linterna y lámpara saltaron hechas pedazos. Fue aquella linterna causa de muchas multas y condenas.
Hubo incluso un momento en que un agente de policía fue encargado de vigilar. Los visitantes nocturnos de la kapia tuvieron entonces un testigo vivo todavía más desagradable que la linterna. Pero el tiempo ejerció su influencia y las nuevas generaciones se acostumbraron progresivamente y se acomodaron hasta el punto de dar libre curso a sus sentimientos nocturnos bajo la débil luz de la linterna municipal y de no acribillarla de piedras ni de golpearla con palos o con lo que caía en sus manos. Aquella adaptación fue tanto más fácil cuanto que, durante las noches de plenilunio, en el momento en que la kapia se veía especialmente frecuentada, no se encendían por regla general las linternas.
Sólo una vez al año el puente era totalmente iluminado. La víspera del 18 de agosto, con motivo del cumpleaños del Emperador, las autoridades adornaban el puente con guirnaldas hechas de ramaje y con filas de pinos jóvenes, y, a la caída de la noche, se encendían unos rosarios de linternas y de velas: centenares de latas de conserva del ejército, llenas de sebo y de estearina, eran dispuestas en largas filas, proyectando su luz desde ambos lados del puente. Iluminaban el centro, mientras que los extremos y los pilares se perdían en la oscuridad, pareciendo que la parte alumbrada flotaba en el espacio. Mas todas las lámparas se consumían rápidamente y todas las solemnidades pasaban. A partir del día siguiente, el puente volvía a ser lo que era antes. A los niños de aquella generación sólo les quedaba la imagen reciente y poco habitual de un efímero juego de luces, visión animada e impresionante, pero corta y fugitiva, como un sueño.
Además de la iluminación permanente, las nuevas autoridades implantaron la limpieza de la kapia; más exactamente: un género de limpieza verdaderamente particular que estaba de acuerdo con sus concesiones. Las mondas de las frutas, las pepitas de las calabazas y las cascaras de las avellanas y de las nueces ya no tapizaban las losas de piedra, en espera de que el viento y la lluvia las arrastrasen. Aquella zona era limpiada todas las mañanas por un barrendero municipal, especialmente destinado a tal servicio. Esta medida no molestó a nadie, pues la gente se acomoda a la limpieza, incluso cuando no procede de sus necesidades ni de sus costumbres, siempre y cuando no sea ella la que tenga que observarla.
La ocupación introdujo una novedad más: por primera vez desde que la kapia existía, las mujeres comenzaban a acudir a ella. Las esposas y las hijas de los funcionarios, las criadas y las niñeras se paraban allí para charlar o iban a sentarse en el sofá los días de fiesta, acompañadas de caballeros militares y civiles. No era esto muy frecuente, pero bastaba para alterar el humor de los viejos que acudían a fumar su chibuquí en paz y en silencio, desconcertando y excitando a los jóvenes.
Había existido siempre, por supuesto, una cierta relación entre la kapia y las mujeres de la ciudad, pero esta relación se limitaba a las palabras acariciadoras que los muchachos dirigían a las muchachas, cuando éstas pasaban por el puente, o a las manifestaciones de entusiasmo y de las penas del corazón e, incluso, a las discusiones de las cuales las mujeres eran la causa. Eran muchos los solitarios que se quedaban allí sentados durante horas y días, cantando con dulzura "solamente por su alma", fumando o contemplando simplemente, mudos, las aguas rápidas: era la manera de pagar su diezmo a esa exaltación de la cual todos somos tributarios y a la que pocos pueden escapar. Allí se decidió y fue zanjado el destino de muchos jóvenes rivales, allí se imaginaron numerosas intrigas amorosas. Se habló en la kapia incesantemente de mujeres, de amor; en la kapia se soñó. Fue el escenario de múltiples pasiones ardientes; otras fueron a apagarse en ella. Sea como sea, nunca las mujeres se habían sentado ni siquiera detenido en la kapia; ni las cristianas ni, mucho menos, las musulmanas. En la actualidad, todo había cambiado.
El domingo y los días de fiesta, se veía en la kapia a algunas cocineras de cara rubicunda, ceñido talle, con rodetes de grasa desbordándose por encima y por debajo de su corsé, el cual les cortaba la respiración. Junto a ellas, estaban sus sargentos con los uniformes bien cepillados, los botones de metal resplandecientes, con sus galones rojos y. sus borlas de tiradores en el pecho. En los días laborables, al atardecer, los funcionarios y los oficiales salían a pasearse en compañía de sus esposas, deteniéndose en la kapia, conversando en su lengua incomprensible, riendo ruidosamente y caminando a su gusto.