Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
– ¡Buenas noches, vecino! -dijo el extranjero.
No cabía duda de que aquel hombre había ido en su busca. Milán se acercó a la valla.
– ¿Esta noche no has ido a la taberna? -preguntó el extranjero con tranquilidad e indiferencia, como de pasada.
– Hoy no me sentí con ánimos de ir. ¿Los demás están allí?
– No hay nadie. Todos se han marchado antes que de costumbre. Pero podemos ir nosotros dos.
– Ya es tarde y no tenemos un sitio donde reunimos.
– Bajaremos hasta la kapia. Va a salir la luna.
– Ya no es hora -protestó Milán.
Pero sus labios estaban secos y sus palabras le resultaban extrañas, como si fuese otro el que las pronunciara.
El extranjero no se movía y esperaba; parecía estar seguro de que su proposición sería aceptada. Y, efectivamente, Milán abrió el portillo del jardín y partió con aquel hombre a pesar de su resistencia y de su antipatía hacia él, y aunque hubiese tratado con sus palabras, con sus pensamientos, con las últimas fuerzas de su voluntad, de sustraerse a aquel poder insidioso que lo atenazaba y del que no podía desembarazarse.
Descendieron rápidamente la cuesta de Okolichta. La luna, redonda, se alzaba en efecto por detrás de Stanichvats. El puente parecía sin límites e irreal; sus extremos se perdían en una bruma lechosa y sus pilares quedaban ocultos, por su base, en las tinieblas. Uno de los lados de cada pilar y de cada ojo estaba violentamente iluminado, en tanto el otro quedaba en una sombra total. Aquellos planos de luz y sombra se rompían y se cortaban en líneas agudas, hasta el punto en que todo el puente semejaba un extraño arabesco nacido del juego momentáneo de la claridad y las tinieblas.
En la kapia no había una sola alma. Se sentaron. El extranjero sacó las cartas. Parecía que Milán iba a decir una vez más que aquello era incómodo, que no se distinguían ni las cartas ni el dinero, pero el extranjero no le prestó atención. Comenzó el juego.
Al principio, cambiaron algunas palabras, pero en cuanto el juego fue tomando impulso, se callaron por completo. Se limitaban a liar sus cigarrillos, encendiéndolos el uno con el otro. Las cartas cambiaron varias veces de mano, para quedar finalmente en las del extranjero. El dinero caía sin ruido sobre la piedra, cubierta por un fino rocío. Llegó el momento, aquel momento que Milán conocía bien, en que el extranjero, teniendo veintinueve, conseguía dos puntos, o teniendo treinta, llegaba a los treinta y uno. Sentía ahogos y se le velaba la vista. El rostro del extranjero, bañado por el claro de luna, parecía más tranquilo que de costumbre.
En menos de una hora, Milán se quedó sin dinero. El otro se ofreció a acompañarle a su casa a buscar más. Se fueron y volvieron y continuaron jugando. Milán lo hacía como un mudo y como un ciego. Adivinaba la carta con el pensamiento y expresaba lo que quería por medio de signos. Casi parecía que las cartas, dispuestas entre ellos, se habían convertido en algo accesorio, una especie de motivo de aquel duelo desesperado y sin tregua. Cuando Milán se vio de nuevo sin dinero, el extranjero le ordenó que fuese otra vez a su casa a coger más, y él se quedó fumando en la kapia.
No juzgó necesario ir con él, porque no cabía imaginar que Milán lo desobedeciese o le engañase quedándose en casa. Y Milán se marchó sin discutir y volvió dócilmente. Entonces la suerte cambió bruscamente. Milán ganó lo que había perdido. A causa de la emoción, el nudo que sentía en la garganta lo oprimió aún más. El extranjero empezó a doblar las apuestas, después, a triplicarlas. El juego se hacía más rápido, más áspero. Las cartas volaban, tejiendo una trama de monedas de plata y de oro.
Ambos permanecían callados. Milán respiraba con dificultad, y a veces sudaba y a veces se sentía transido de frío, en aquella noche apacible, al claro de luna. Jugaba, daba cartas y ocultaba las suyas, no porque le gustase, sino porque se veía forzado a ello. Le parecía que aquel extranjero no le absorbía sólo su dinero, ducado tras ducado, sino hasta la médula y la sangre de sus venas, gota a gota. Sus fuerzas lo abandonaban y lo abandonaba su voluntad a cada nueva pérdida. De vez en cuando, miraba de soslayo a su adversario. Esperaba ver su rostro satánico de dientes amenazadores y ojos de fuego, pero, por el contrario, sólo distinguía la misma cara de siempre que conservaba la expresión tensa del hombre que ejecuta su trabajo cotidiano, que se apresura para terminar la tarea emprendida, una tarea ni fácil ni agradable.
Una vez más, Milán perdió velozmente todo su dinero. El extranjero le propuso que se jugase el ganado, las propiedades y la tierra.
– Apuesto cuatro buenas monedas húngaras, contantes y sonantes y tú tu caballo bayo con silla. ¿Te parece bien?
– Sí.
Así se fue el caballo bayo al que siguieron los dos caballos de carga y las vacas y las terneras. Como un comerciante consciente y de sangre fría, el extranjero enumeraba, por su nombre, todos los animales de la cuadra de Milán y valoraba cada cabeza exactamente a su precio, corno si hubiese crecido en aquella casa.
– Once ducados contra tu campo llamado "salkucha". ¿Cuento con tu palabra?
– De acuerdo.
El extranjero hizo un gesto de mal humor. Con cinto cartas, Milán tenía veintiocho.
– ¿Otra? -preguntó tranquilamente el extranjero.
– Otra -dijo Milán en un murmullo apenas inteligible; y toda su sangre le afluyó al corazón.
El extranjero levantó lentamente la carta. Era un dos, la cifra salvadora. Milán, con indiferencia, dejó escapar entre dientes.
– ¡Basta!
Reunió convulsivamente sus cartas y las ocultó. Se esforzó por dar a su voz y a su rostro una expresión llena de indiferencia para que su adversario no pudiese adivinar los puntos que tenía.
Entonces el extranjero empezó a tomar cartas para sí mismo, las cuales iba poniendo boca arriba. Cuando llegó a veintisiete, se detuvo, miró tranquilamente a Milán a los ojos y éste entornó los párpados. El extranjero tomó otra carta. Era un dos. Emitió un corto suspiro apenas perceptible. Parecía que iba a plantarse en veintinueve. Con el presentimiento de la alegría de la victoria, la sangre empezó a subir a la cabeza de Milán. Pero entonces el extranjero se sobresaltó, arqueó el torso, levantó la cabeza, de modo que su frente y sus ojos brillaron al claro de luna, y cogió una carta más. Era otro dos. Resultaba inverosímil que pudiesen salir tres "doses" uno detrás de otro y, sin embargo, era así. Reflejado sobre aquel naipe, Milán vio su campo en primavera cuando, labrado y rastrillado, revestía su más bello aspecto. Los surcos daban vueltas alrededor de él como si fuese víctima de un síncope, pero la calmosa voz del extranjero le volvió en sí.
– ¡Otuz bir! El campo es mío.
Después le tocó el turno a los otros campos, a las dos casas y al bosquecillo de robles de Osoinitsa. Estaban de acuerdo invariablemente para las estimaciones. De vez en cuando, Milán ganaba y recogía con gesto ávido y apresurado algunos ducados. La esperanza brillaba como oro, pero después de dos o tres "manos" desgraciadas, se quedó sin dinero y apostó de nuevo sus propiedades.
Cuando el juego, como un torrente, se llevó todo, los dos jugadores se quedaron parados un instante, no para recobrar el aliento, lo cual no les era necesario, sino para reflexionar sobre lo que podrían encontrar que sirviese de apuesta. El extranjero conservaba su sangre fría y tenía el aire de trabajador concienzudo que descansa después de la primera parte de su tarea, pero que tiene prisa por pasar a la segunda. Milán estaba frío, embotado; la sangre le golpeaba los oídos, tenía la impresión de que el asiento de piedra sobre el que se encontraba subía para hundirse después. En aquel momento, el extranjero tomó la palabra y dijo con voz monocorde, enojosa, ligeramente gangosa:
– ¿Sabes, amigo, lo que vamos a hacer? Jugaremos otra partida, pero esta vez arriesgaremos el todo por el todo.
Yo apuesto cuanto he ganado esta noche, y tú tu vida. Si ganas, todo es tuyo, como antes: dinero, ganado y tierras. Si pierdes, te tirarás desde la kapia al Drina.
Dijo esto como si nada, secamente y con el tono de un hombre de negocios, igual que si se tratara del acuerdo más normal entre jugadores absorbidos por el juego, Milán pensó que había llegado el momento de perder o salvar su alma, y hacía esfuerzos para levantarse, para arrancarse de aquel torbellino incomprensible que le había robado todo y que ahora lo arrastraba irresistiblemente; pero con una sola mirada, el extranjero lo dominó. Y como si hubiesen jugado en la taberna, apostándose tres o cuatro grochas, inclinó la cabeza y tendió la mano.
Cada uno eligió una carta. El extranjero tenía un "cuatro" y Milán un "diez". Le tocó a él dar las cartas. Aquello lo llenó de esperanza. Repartió, y el extranjero siguió pidiendo más cartas.
– ¡Otra, otra, otra!
Sólo después de haber pedido cinco cartas, dijo:
– ¡Basta!
Le tocó la vez a Milán. Llegado a veintiocho, se detuvo un instante, miró las cartas del extranjero y hacia su rostro enigmático. Era imposible adivinar cuántas tenía, pero era muy probable que pasase de las veintiocho; en primer lugar, porque aquella noche no se quedaba en cifras más bajas, y en segundo lugar, porque tenía cinco cartas. Reuniendo sus últimas fuerzas, Milán tomó otra carta. Era un "cuatro". Total, treinta y dos; es decir: había perdido.