Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
El jefe de policía, a quien nada ni nadie podían arrancar de su tranquilidad, se marchó a su trabajo. El guardián quitó la larga alfombra multicolor cuyo destino no era precisamente recibir a un comandante. Junto a él, estaba Salko Hedo, insensible y frío como la fatalidad. Los "representantes de la fe", terminada su misión, se separaron, cada uno a su manera. El rabino, con su paso corto y rápido, se encaminó a su casa, deseoso de llegar lo antes posible y de sentir la comodidad, el calor del ambiente familiar en el que vivía con su mujer y su madre. El superior del seminario iba un poco más despacio, sumido profundamente en sus pensamientos. Ahora que todo había pasado con una facilidad inesperada, le parecía que no había motivo para tener miedo y tenía la sensación de que, hasta aquel día, no había temido a nadie. Se preguntaba qué importancia podía tener aquel acontecimiento para su crónica y qué lugar debía concederle: bastarían unas veinte líneas, o quizá quince, o quizá menos todavía. A medida que se acercaba a su morada, iba reduciendo el número de líneas. Por cada una que ahorraba, aumentaba en él la impresión de que todo cuanto le rodeaba perdía importancia, en tanto, que él, el muderis, adquiría más valor y crecía a sus propios ojos.
Mula Ibrahim y el pope Nicolás hicieron juntos el camino hasta el pie del Meïdan. Permanecían callados, sorprendidos y llenos de abatimiento a causa del aspecto y del comportamiento del coronel del ejército imperial. Ambos se sentían impacientes por llegar a sus respectivas casas y reunirse con sus familias. Allí, donde sus caminos se separaban, se detuvieron un momento, silenciosos. Mula Ibrahim parpadeaba y movía los labios como si mascase sin cesar unas palabras que no llegaba a articular. El pope Nicolás había recobrado su sonrisa habitual, la cual tuvo el don de animar a ambos. Fue entonces cuando expresó su opinión personal, que coincidía con la del hodja:
– ¡Sangrienta tarea la de este ejército, Mula Ibrahim!
– Eeees vvvvverdad, sangrienta -tartamudeó Mula Ibrahim, levantando los brazos.
A continuación, el hodja se despidió de su amigo con un movimiento de cabeza y una mueca.
Y el pope Nicolás, con andar pesado, alcanzó su casa, situada enfrente de la iglesia. Su mujer lo recibió sin preguntarle nada. Se apresuró a quitarle las botas y la sotana, así como la capucha que servía de corona a su gruesa trenza de pelo gris y rojo. Estaba empapado de sudor. Se sentó en el pequeño diván. Sobre el marco de madera de éste, había un vaso de agua con un terrón de azúcar. Tras haberse refrescado, encendió un cigarro y, presa del cansancio cerró los ojos. Pero, ante su mirada interior, surgía continuamente el coronel nervioso, resplandeciente como el rayo que nos deslumbra y llena nuestro campo visual, hasta el extremo de que sólo él es visto, sin que, sin embargo, pueda distinguirse su imagen. El pope, con un suspiro, arrojó lejos el humo diciéndose despacio:
"¡Qué tipo!… ¡Qué hijo de puta!"
Al acorde de una melodía nueva, llegaban de la ciudad los redobles del tambor y el canto de las trompetas del destacamento de cazadores.
CAPÍTULO XI
Fue así cómo aquel gran suceso que afectó a la ciudad, se presentó sin que nadie padeciese, excepto Alí-Hodja. Al cabo de algunos días, la vida recobró su curso normal y pareció que no había cambiado substancialmente. El mismo Alí-Hodja se recuperó y, como los otros comerciantes, abrió su tienda: únicamente pudo observarse que, a partir de entonces, llevaba el turbante ligeramente inclinado a la derecha para disimular la cicatriz de la oreja. Aquella "bala de plomo" que se clavó en su pecho cuando vio la cruz roja en la manga del austríaco y cuando, a través de las lágrimas, leyó el "discurso del Emperador", no había desaparecido, pero se había hecho tan pequeña corno la cuenta de un rosario, no molestándolo demasiado. No era él solo el que llevaba una "bala" semejante en el corazón.
Bajo la ocupación, comenzó un nuevo período que la gente, al no poder evitarlo, llegó a estimar como algo provisional. ¡Cuántas cosas ocurrieron en aquel puente durante los primeros años de la ocupación! Numerosos convoyes militares lo atravesaron, llevando víveres, vestidos, muebles, instrumentos y equipos hasta entonces desconocidos.
Al principio, sólo se veía al ejército. Los soldados surgían de cada rincón y cada matorral, como el agua brota de la tierra. Llenaban la plaza del mercado y podía encontrárseles en cualquier lugar de la ciudad. A cada instante, vibraban los gritos de una mujer espantada que, en el patio o en el plantío de ciruelos de detrás de su casa, se había dado de narices con un soldado.
Curtidos por dos meses de marchas y combates, felices de estar con vida, ávidos de descanso y de diversiones, deambulaban con sus uniformes azul oscuro por la ciudad y sus alrededores. En el puente, estaban a todas las horas del día. Pocos ciudadanos iban a la kapia, pues se hallaba siempre llena de soldados. Permanecían sentados, cantando en diversas lenguas, bromeando, comprando fruta que metían en sus gorras azules, provistas de una visera de cuero y coronadas por una escarapela de hierro amarillo sobre la que se destacaban las iniciales del nombre de Francisco-José, Emperador.
A partir del otoño, empezaron a irse los soldados. Progresiva e imperceptiblemente, fueron desapareciendo. Sólo quedaron unos destacamentos de policía. Ocuparon sus cuarteles y se instalaron con vistas a una estancia definitiva. Al mismo tiempo, comenzaron a llegar funcionarios, pequeños y grandes empleados con familia y criados y, tras ellos, artesanos y técnicos para ciertos trabajos y oficios que eran ignorados en nuestro país. Había checos, polacos, croatas, húngaros y alemanes.
Primero, parecía que hubiesen caído allí accidentalmente, como si el viento los hubiese llevado, como si hubiesen venido provisionalmente para vivir con nosotros, en mayor o menor grado, la vida tradicional de nuestra tierra, como si las autoridades civiles tuviesen que prolongar por algún tiempo todavía la ocupación que el ejército había iniciado. Sin embargo, según iban pasando los meses aumentaba el número de extranjeros. Pero lo que más sorprendía a la gente de la ciudad, no era tanto su número, como sus inmensos e ininteligibles planes, su actividad infatigable y la perseverancia con que perseguían la culminación de aquellas tareas. Los extranjeros no estaban nunca tranquilos ni permitían que nadie lo estuviese; se habría dicho que con su red invisible, pero cada vez más definida, de leyes, de reglamentos y de ordenanzas, estaban decididos a abarcar toda la vida, las gentes, los animales y las casas, y a cambiar todo, a desplazar cuanto les rodeaba: el aspecto exterior de la ciudad, las costumbres que regían la existencia desde la cuna a la sepultura. Hacían esto tranquilamente, sin muchas palabras, sin violencia ni provocación, de manera que nadie tenía motivo para ofrecer resistencia. Si, por azar, tropezaban con la incomprensión u observaban hostilidad, entonces se detenían inmediatamente, discutían en algún lugar ignorado, modificaban la dirección y el método de su trabajo y, a pesar de los pesares, llevaban a término lo que habían decidido. Cuanto emprendían, parecía inocente, incluso absurdo. Medían un campo en barbecho, marcaban unos árboles en el bosque, inspeccionaban los retretes y las alcantarillas, examinaban los dientes de los caballos y de las vacas, verificaban los pesos y las medidas, se informaban de las enfermedades que padecía el pueblo, del número y nombre dé los árboles frutales, de la raza de las ovejas y de las aves. (Se hubiese dicho que estaban divirtiéndose. Todas aquellas ocupaciones resultaban incomprensibles, fútiles y vanas a ojos del pueblo.) De pronto, todo lo que había sido realizado con tanta atención y tanto celo, quedaba sepultado en algún lugar sin dejar huella, como si hubiese sido condenado para siempre a permanecer en la nada. Pero, algunos meses después, incluso un año entero, cuando el pueblo había olvidado completamente la cuestión, salía a la luz del día el sentido de aquellas medidas, en apariencia absurdas y olvidadas hacía tiempo. Se reunía en el ayuntamiento a los jefes de barrio y se les comunicaba la nueva ordenanza sobre la tala de bosques, la lucha contra el tifus, el modo de vender las frutas y las golosinas o sobre los permisos relativos al ganado. Y así, nacía cada día un nuevo reglamento. Y, con cada reglamento, veían los hombres reducirse en parte su libertad individual o aumentarse sus obligaciones; pero la vida de la ciudad, de los pueblos y de sus habitantes, se agrandaba y adquiría amplitud,
No obstante, en las casas, y no sólo en las de los turcos, sino también en las de los servios, no había cambiado nada. Se vivía, se trabajaba, se holgaba, como antaño; el pan era amasado en la artesa, tostado el café en la chimenea, hervida la ropa blanca en los baldes y lavada en una solución de sosa que abrasaba los dedos de las mujeres; se tejía y se bordaba en los telares y en los bastidores. Las viejas costumbres para las fiestas, el ceremonial para los matrimonios se habían conservado. En cuanto a las nuevas costumbres que habían introducido los extranjeros, las gentes se contentaban con cuchichear, como si se tratase de algo increíble y lejano. En una palabra, dentro de la mayor parte de las casas, se trabajaba y se vivía como siempre y como todavía se trabajaría y viviría quince o veinte años después de la llegada de los ocupantes.