Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
– Tú y yo somos los responsables de todos los que respiran, andan y hablan allá abajo.
(Y los ciudadanos que encontraban medios para burlarse de todos, decían al referirse a las gentes que vivían en buena armonía: "Se quieren como el pope y el hodja".) Y la fórmula ha perdurado.
En aquel instante, los dos se comprendían, aun sin haber proferido una sola palabra. El pope Nicolás sabía hasta qué punto resultaba penoso aquello para Mula Ibrahim y Mula Ibrahim sabía que era un mal momento para el pope. Se miraban corno se habían mirado innumerables veces y en innumerables ocasiones a lo largo de su vida: como dos hombres que tenían la responsabilidad de todos los humanos de la ciudad, aunque uno perteneciese a los que se santiguaban y el otro a los que se prosternaban.
Fue entonces cuando se dejó oír un trote y un guardia apareció a lomos de un miserable rocín. Sin aliento y espantado, gritó desde lejos, a la manera de un mensajero:
– ¡He aquí al comandante, helo aquí montado en su caballo blanco!
Surgió entonces el mulazim tan tranquilo, tan amable, tan silencioso.
Una nube de polvo se elevaba en la dirección de Okolichta.
Aquellos hombres que habían nacido y que habían crecido en la época de la decadencia turca del siglo XIX no habían tenido nunca, por supuesto, ocasión de ver al ejército verdadero, fuerte y bien organizado de una gran potencia. Todo lo que conocían eran unas unidades incompletas del ejército del sultán, mal avitualladas, deficientemente vestidas y retribuidas irregularmente, o, lo que era todavía peor, a algunos bachi-buzuks 1 bosníacos enrolados a la fuerza, indisciplinados y poco entusiastas. Se les ofrecía entonces, por primera vez, la revelación de la fuerza real de un imperio, victoriosa, resplandeciente y segura de sí misma. Aquel ejército había de deslumbrarles y cortarles la palabra.
Tan sólo con mirar a los jaeces de los caballos y los botones de las guerreras de cada soldado, se adivinaba, sin necesidad de tener en cuenta a aquellos húsares y a aquellos cazadores vestidos con uniformes de parada, un país profundo y poderoso, una fuerza, un orden y una prosperidad desconocida. La sorpresa era grande, honda la impresión.
Avanzaban en cabeza dos trompetas que cabalgaban sobre unos caballos tordos bien alimentados. Seguía un destacamento de húsares sobre monturas negras. Los caballos estaban bien cepillados y trotaban a paso corto y contenido. Los húsares, tocados con chacos rojos con visera, luciendo sobre el pecho galones amarillos, eran todos unos muchachos de tez rosada y curtida. Sobre sus rostros, destacaban unos bigotes rizados. Parecían tan frescos y descansados como si acabasen de salir del cuartel. Tras ellos, cabalgaba un grupo de seis oficiales con el coronel al trente. Todas las miradas estaban fijas en él.
Su caballo era más grande que los demás, moteado, con un cuello extremadamente largo y curvado. A alguna distancia de los oficiales, venía una compañía de infantes y de cazadores con uniformes verdes, un penacho de plumas coronando sus quepis de cuero y unas correas blancas cruzadas sobre el pecho. Cerraban el horizonte y parecían un bosque en movimiento.
Los trompetas y los húsares desfilaron ante los sacerdotes y el mulazim y se detuvieron en la plaza del mercado, colocándose a los lados.
Los cuatro hombres se mantenían pálidos y emocionados, en la kapia, en medio del puente, con el rostro vuelto hacia los oficiales que llegaban. Uno de los jóvenes oficiales dirigió su caballo hacia el coronel y le dijo algo. Todos los jinetes moderaron el paso. Llegado a alguna distancia de los "representantes de la fe", el coronel se detuvo bruscamente, bajó del caballo y, como si hubiesen recibido una señal, los otros oficiales le imitaron. Acudieron unos soldados que se hicieron cargo de los caballos, llevándolos un poco más atrás. No hubo tocado el suelo el coronel, pareció como transfigurado. Era un hombre bajito, de aspecto vulgar, extenuado, desagradable y huraño. Hubiera podido creerse que él era el único, entre todos los demás, que había combatido. Ahora podía vérsele tal y como era en realidad: vestido con sencillez, poco cuidado, incluso abandonado. En nada se parecía a sus oficiales de tez blanca y uniformes ajustados. Era la imagen del hombre que se prodiga sin medida, que se devora a sí mismo, con el rostro curtido recubierto de barba, con los ojos turbios e inquietos y la gorra alta, ligeramente torcida, con el uniforme arrugado en el que flotaba su flaco cuerpo, con los pies hundidos en unas botas cortas de caballería de caña blanda y sin brillos. Se acercó con el andar zambo de los jinetes, blandiendo la fusta. Uno de sus oficiales, señalándole a los hombres alineados ante él, lo puso al corriente. El coronel les dirigió una mirada breve, negra e irritada, una de esas miradas penetrantes de los hombres a quienes incumben sin cesar tareas penosas, y a quienes acechan grandes peligros. Inmediatamente se vio claro que no sabía mirar de otra manera.
En aquel momento, con voz tranquila y profunda, el pope Nicolás hizo uso de la palabra. El coronel levantó la cabeza y detuvo su mirada sobre el rostro de aquel hombre imponente que iba vestido con una sotana negra. Aquella máscara ancha y apacible de patriarca bíblico retuvo un instante su atención.
Podía ser que no comprendiese o que aparentase no comprender lo que el anciano decía, pero la cara del pope no podía pasar inadvertida.
El pope Nicolás se expresaba con facilidad y naturalmente, dirigiéndose más bien al joven oficial que debía traducir sus palabras, que al propio coronel.
En nombre de los sacerdotes de todas las religiones allí presentes, aseguraba al coronel que se sentían deseosos, así como el pueblo, de someterse a la buena voluntad de los recién llegados y de hacer todo lo posible para mantener la paz y el orden que la nueva autoridad exigía. Pedían que el ejército los protegiese, a ellos y a sus familias, y les permitiese vivir en paz y trabajar honradamente.
El pope Nicolás habló brevemente y terminó de manera súbita. El coronel, nervioso, no tuvo tiempo de perder la paciencia. Pero, como contrapartida, no esperó que el joven oficial terminase su traducción. Blandiendo su fusta, lo interrumpió con voz cortante y desiguaclass="underline"
– ¡Está bien, está bien! Todos aquellos que se conduzcan como es debido serán protegidos. Pero deberá mantenerse el orden y la paz en todas partes. Aunque se lo propusieran, no podrían conducirse de otro modo.
En este extremo, con un movimiento de cabeza, siguió su camino, sin un saludo, sin una mirada. Los sacerdotes se apartaron. El coronel pasó entre ellos seguido de los oficiales y de los palafreneros. Nadie se preocupó de los "representantes de la fe" que se quedaron solos en la kapia. Se sentían decepcionados; por la mañana todavía, y en el curso de la noche precedente, durante la cual ninguno de ellos había dormido mucho, se habían preguntado mil veces cómo transcurriría aquel instante en que, situados en la kapia, recibirían al comandante del ejército imperial. Lo habían imaginado de infinitas maneras, de acuerdo con su propia naturaleza y con su propia inteligencia; estaban preparados para lo peor. Algunos de ellos se veían conducidos o exiliados a aquella lejana Alemania, sin esperanzas de volver a su casa y su ciudad. Otros se acordaban de lo que se decía a propósito de Hairudine, quien, antaño, decapitaba a la gente en aquella misma kapia.
Habían imaginado la situación desde todos los puntos de vista; sin embargo, no habían llegado a pensar que se desarrollaría de aquel modo, con semejante oficial de escaso relieve, pero tajante e irascible, para el cual la guerra era la razón de vivir, que no pensaba en sí mismo ni tenía en cuenta a los demás, que sólo veía a las gentes y los países que lo rodeaban, como un objeto o como un medio de guerra y de combate, y que se conducía como si combatiese por su propia cuenta.
Se quedaron perplejos, mirándose unos a otros. Cada una de sus miradas parecía una muda interrogación: "¿Estamos todavía vivos? ¿Ha pasado realmente lo peor? ¿Qué es lo que nos espera? ¿Qué vamos a hacer?"
El jefe de policía y el pope fueron los primeros en recobrarse. Llegaron a la conclusión de que su tarea corno "representantes de la fe" había sido cumplida y que ya no les quedaba más que regresar a sus casas y persuadir a las gentes para que no tuviesen miedo y no huyesen y para advertirles que vigilasen sus actos. Los demás con el rostro exangüe y la cabeza vacía, aceptaron la conclusión, de igual modo que hubieran aceptado cualquier otra, ya que no estaban en situación de adoptar ninguna iniciativa.
1. Soldado irregular del ejército turco. (N. del T.)