El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
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—¿Te gustaría hacerlo?
—He jurado comportarme contigo igual que antes de… antes de que yo supiera que… ¡Oh, Valentine, me asusté tanto! Pero, sí. Sí, volvamos a ser compañeros, incluso amantes. ¡Mañana por la noche!
—¿Y si soy la Corona?
—Por favor, no me hagas esas preguntas.
—¿Y si lo soy?
—Me ordenaste que te llamara Valentine, que te tuteara y que te considerara como Valentine. Así lo haré, si me lo permites.
—¿Crees que soy la Corona?
—Sí —musitó ella.
—¿Y eso ha dejado de asustarte?
—Un poco. Sólo un poco. Todavía me pareces humano.
—Magnífico.
—He tenido un día para acostumbrarme. Y estoy bajo juramento. Debo pensar que eres Valentine. Lo juré por los Poderes. —Sonrió pícaramente—. Juré ante la Corona que fingiría que no eres la Corona. Debo mantener mi promesa, tratarte con naturalidad, llamarte Valentine, no demostrar miedo, y comportarme como si nada hubiera cambiado. Así pues, ¿puedo compartir tu cama mañana por la noche?
—Sí.
—Te quiero Valentine.
Valentine la abrazó suavemente.
—Te agradezco que hayas superado tu miedo. Te quiero, Carabella.
—Zalzan Kavol se enfadará si llegamos tarde —dijo ella.
2
El Circo Perpetuo se hallaba en una estructura totalmente distinta a las habituales de Dulorn: un tambor gigantesco, achatado y sin adornos, una construcción perfectamente circular que no superaba los treinta metros de altura y que se alzaba solitaria en un inmenso solar del borde oriental de la ciudad. En el interior, un gran espacio central constituía el imponente marco del escenario, rodeado por anillos de asientos, filas y más filas en círculos concéntricos que ascendían hacia el techo.
El lugar tenía capacidad para miles, quizá cientos de miles de espectadores. Valentine se sorprendió al ver que estaba casi lleno, en un momento que para él era el centro de la noche. Ver al público resultaba difícil, porque los focos apuntaban a los ojos de Valentine, pero logró percibir ingentes cantidades de espectadores sentados o arrellanados en sus asientos. Casi todos eran gayrogs, aunque también había algunos yorts, vroones y humanos que habían alargado la noche. En Majipur no había lugares poblados exclusivamente por una raza; antiguos decretos del gobierno, que se remontaban a los primeros tiempos de importante colonización no humana, prohibían tales concentraciones excepto en la reserva de los metamorfos. Pero los gayrogs eran particularmente leales a su raza y tendían a concentrarse en Dulorn y alrededor de la ciudad hasta el máximo legal permitido. Aunque eran seres de sangre caliente y mamíferos, los gayrogs tenían ciertos rasgos de reptil que inspiraban poco cariño al resto de razas: lengua bífida, roja y de rápidos movimientos, piel grisácea y escamosa de gruesa y lustrosa consistencia, fríos ojos verdes que jamás parpadeaban. Su cabello tenía características de medusa, negras y suculentas hebras que se arrollaban y retorcían inestablemente. Y su olor, dulce y acre al mismo tiempo, no resultaba seductor para olfatos que no fueran gayrogs.
Valentine estaba alicaído cuando salió al escenario con la compañía. La hora era totalmente impropia, los ciclos de su organismo estaban en un punto bajo, y aunque había dormido suficientemente, estar despierto no le producía entusiasmo alguno. Una vez más tenía que soportar el peso de un sueño difícil. El rechazo por parte de la Dama, la incapacidad de Valentine para ponerse en contacto con ella… ¿qué significaban? Mientras había sido únicamente Valentine el malabarista, el significado era irrelevante para éclass="underline" todos los días tenían un curso independiente, y no había preocupación por períodos de tiempo más largos, lo importante era mejorar la habilidad de vista y tacto día tras día. Pero ahora, tras haber sido visitado por ambiguas e inquietantes revelaciones, Valentine no tenía más remedio que considerar deprimentes problemas de largo alcance, problemas de objetivo, de destino, sobre la ruta que debía seguir. No le gustaban esas cosas. Ya saboreaba la profunda sensación de nostalgia por los viejos tiempos de la penúltima semana, cuando había errado por la bulliciosa Pidruid feliz y despreocupadamente.
Las exigencias de su arte no tardaron en arrancarle de la meditación. No había tiempo, bajo el resplandor de los focos, para pensar en otra cosa que no fuera la actuación.
El escenario era colosal, y en él estaban produciéndose varias actuaciones al mismo tiempo. Magos vroones efectuaban un número con luces de colores que flotaban en el aire y fumaradas de color verde y rojo; junto a los magos, un domador estaba consiguiendo que diez gruesas serpientes se mantuvieran erguidas sobre la cola; un asombroso grupo de bailarines, seres de cuerpos grotescamente disminuidos cubiertos con brillantes y plateados trocitos de un material de múltiples facetas, realizaba austeros brincos y movimientos; varios grupos orquestales que ocupaban lugares muy separados interpretaban con instrumentos de viento de madera la música aguda y machacona tan apreciada por los gayrogs; había un acróbata con un solo dedo, un equilibrista, un experto en levitación, un trío de sopladores de vidrio atareado en construirse una jaula, un hombre que comía anguilas, un grupo de enloquecidos payasos y muchos artistas fuera del alcance de la vista de Valentine. Los espectadores, repantigados a sus anchas, en la penumbra, estaban pasando un buen rato observando todas las actuaciones, porque Valentine se dio cuenta de que el gigantesco escenario se movía lentamente, daba vueltas en torno a un eje oculto. El giro se completaba al cabo de una hora, y así todos los grupos de artistas aparecían por turno ante todo el público.
—Todo esto flota en un estanque de mercurio —murmuró Sleet—. Con el valor del metal se podría comprar tres provincias.
Con tanta competencia ante la vista de los espectadores, los malabaristas habían preparado sus mejores números, de modo que el novato Valentine quedó prácticamente excluido: hizo malabares con los bastones, él solo, y de vez en cuando pasó cuchillos y antorchas a sus compañeros. Carabella danzó sobre un globo plateado de medio metro de diámetro que describía irregulares círculos mientras la mujer se movía. Después hizo malabares con cinco esferas que emitían un brillante resplandor verdoso. Sleet actuó con unos zancos y se alzó por encima incluso de los skandars, era una menuda figura que descollaba sobre todos los presentes. Realizó un sobrio ejercicio con tres enormes huevos con motas rojas y negras, huevos de molikahen que había comprado en el mercado por la tarde. De habérsele caído uno a tanta altura la salpicadura habría sido conspicua y la humillación enorme. Pero desde que Valentine lo conocía, Sleet jamás había tenido un fallo, y esa noche no se le cayó ningún huevo. En cuanto a los seis skandars, formaron una rígida estrella con sus cuerpos, dándose la espalda y efectuaron un número con llameantes antorchas. En instantes cuidadosamente coordinados, lanzaban una antorcha por encima de su hombro externo hacia el hermano que ocupaba el punto opuesto de la estrella. Los intercambios se hicieron con asombrosa precisión. Las trayectorias de las antorchas voladoras estaban impecablemente cronometradas para formar espléndidos dibujos, luminosas mallas, y ni un solo pelo del pellejo de los skandars quedó chamuscado pese a que recogían en el aire los tizones lanzados por sus invisibles hermanos con suma naturalidad.
Fueron girando en torno al público, y actuaron en períodos de media hora seguida, con cinco minutos para descansar en la cavidad central situada debajo del escenario, donde se congregaban cientos de ociosos artistas. Valentine ansió poder hacer algo más fascinante que su insignificante y elemental malabarismo, pero Zalzan Kavol se lo prohibió: aún no estaba preparado, dijo el skandar, pese a que actuaba muy bien para ser un novato.