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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

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Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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—Sí. Por un golpe de suerte del destino.

Deliamber se rió ásperamente.

—Eso pudo ser cierto hace nueve mil años. Ahora hay una dinastía, mi señor.

—¿Una dinastía adoptiva?

—Precisamente. Desde los tiempos de lord Arioc, y quizás incluso antes, se elige la Corona entre un reducido número de familias, no más de un centenar de clanes, que habitan en el Monte del Castillo y participan activamente en el gobierno. La próxima Corona ya está recibiendo educación, aunque sólo él y algunos consejeros saben quién es, y es probable que ya estén elegidos dos o tres posibles sustitutos. Pero actualmente el linaje está roto, un intruso se ha entrometido. Nada bueno puede acontecer.

—¿Y si el usurpador es simplemente el heredero que aguarda que se ha cansado de esperar?

—No —dijo Deliamber—. Inconcebible. Nadie considerado apto para ser la Corona derrocaría a un príncipe legalmente consagrado. Además, ¿por qué esa mascarada de fingir que es lord Valentine, si es el heredero?

—Admito eso.

—Admita otra cosa: que la persona que está actualmente en lo alto del Monte del Castillo no tiene derecho ni aptitud para estar allí, y que hay que derribar a ese hombre, y que usted es el único que puede hacerlo. Valentine suspiró.

—Pide mucho.

—La historia pide mucho —dijo Deliamber—. La historia exigió, en mil mundos y a lo largo de miles y miles de años, que los seres inteligentes escogieran entre orden y anarquía, entre creación y destrucción, entre razón y sinrazón. Y las fuerzas de orden, creación y razón siempre han estado concentradas en un solo dirigente, un rey, si lo prefiere, o en un presidente, un primer ministro, un generalísimo, use la palabra que quiera, un monarca llamado de un nombre o de otro. Aquí tenemos a la Corona, o para ser más exactos, a la Corona que gobierna a modo de voz del Pontífice que en otro tiempo fue la Corona, y tiene importancia, mi señor, tiene mucha importancia quién debe ocupar y quién no debe ocupar ese puesto.

—Sí —dijo Valentine—. Es posible.

—Usted pasará mucho tiempo vacilando entre sí y es posible —dijo —. Pero finalmente vencerá el sí. Hará la peregrinación a la Isla, y con la bendición de la Dama marchará hacia el Monte del Castillo y ocupará el lugar que le pertenece.

—Las cosas que dice me llenan de terror. Si alguna vez he tenido capacidad para gobernar, si alguna vez recibí educación para ello, todo ha ardido en mi mente.

—El terror irá menguando. Su mente se recuperará con el paso del tiempo.

—El tiempo pasa, y aquí estamos, en Dulorn, para divertir a los gayrogs.

—No por mucho tiempo —dijo Deliamber—. Nos abriremos camino hacia el este, mi señor. Tenga fe en ello.

Había algo contagioso en la confianza de Deliamber. Las dudas e incertidumbres de Valentine desaparecieron… de momento. Pero en cuanto se marchó el mago, Valentine se entregó a la desagradable contemplación de ciertas, y muy duras, realidades. ¿Era tan sencillo alquilar un par de monturas y partir con Deliamber hacia Piliplok mañana mismo? ¿Y Carabella, que de pronto era muy importante para él? ¿Abandonarla en Dulorn? ¿Y Shanamir? El chico sentía apego por Valentine, no por los skandars: era imposible abandonarlo, él no podía hacer tal cosa. Por lo tanto, había que considerar el costo de un recorrido para cuatro personas por el vasto Zimroel. Comida, alojamiento, transporte, la peregrinación a la Isla… ¿Y los gastos en la Isla, mientras él planeaba la forma de tener acceso a la Dama? Autifon Deliamber había indicado que viajar a Piliplok podía costarle veinte reales si iba solo. El costo para cuatro personas, o para cinco si se contaba con Sleet (aunque Valentine desconocía por completo si Sleet querría acompañarle), podía ascender a cien o más reales, tal vez ciento cincuenta para llegar a la terraza inferior de la Isla. Contó el dinero de la bolsa. De lo que llevaba cuando se encontró cerca de Pidruid, le quedaban más de sesenta reales, y un par más que había ganado con la compañía. No bastaba, ni mucho menos. Carabella, él lo sabía, apenas tenía dinero. Shanamir, muy lealmente, había entregado a su familia los ciento sesenta reales producto de la venta de las monturas. Y Deliamber, aunque tuviera algunas monedas, no se atrevería a lanzarse al campo, no siendo tan viejo, teniendo un contrato con una chusma de brutales skandars.

Así pues, ¿qué hacer? Nada que no fuera aguardar, hacer planes, esperar que Zalzan Kavol siguiera, en general, una ruta hacia el este. Y ahorrar dinero y esperar la oportunidad, hasta que llegara el momento apropiado de ir en busca de la Dama.

3

Pocos días después de salir de Dulorn, con las bolsas abultadas gracias al generoso pago de los gayrogs, Valentine llevó aparte a Zalzan Kavol para inquirir la dirección que seguían. Era un templado día de finales de verano, y el lugar donde estaban acampados para comer, en la pendiente oriental de la Fractura, se hallaba envuelto en una niebla púrpura, una gruesa y húmeda nube baja cuyo delicado color de lavándula se debía a pigmentos transportados por el aire. Había depósitos de arena de eskuva al norte de allí y el viento removía sin cesar el material.

Zalzan Kavol estaba incómodo e irritable en aquel clima.

Su grisáceo pelaje, teñido de púrpura por las gotitas de niebla, se presentaba cómicamente apelmazado, y el skandar se rascó para intentar recuperar la acostumbrada suavidad. Tal vez no era el mejor momento para conferenciar, comprendió Valentine, pero ya era demasiado tarde: la carne estaba en el asador.

—¿Quién de nosotros es el líder de la compañía, Valentine? —preguntó sordamente Zalzan Kavol.

—Tú, sin lugar a dudas.

—Entonces, ¿por qué intentas gobernarme?

—¿Yo?

—En Pidruid —dijo el skandar— me pediste que pasara cerca de Falkynkip, en beneficio del honor familiar de tu escudero, ese zagal. Y debo recordarte que me obligaste a contratar a ese chico, aunque ni es malabarista ni lo será jamás. Accedí a esas cosas, no sé por qué. También está aquel asunto, cuando interviniste en la discusión con el vroon…

—Mi intervención fue provechosa —observó Valentine—, como tú mismo admitiste en su momento.

—Cierto. Pero no estoy acostumbrado a intromisiones a secas. ¿Comprendes que yo soy el amo absoluto de esta compañía?

Valentine hizo un ligero encogimiento de hombros.

—Nadie lo pone en duda.

—¿Pero lo comprendes? Mis hermanos, sí. Saben que un cuerpo sólo tiene una cabeza, a menos que se trate del cuerpo de un susúheri, y no estamos hablando de eso. Y aquí, yo soy la cabeza, de mi mente surgen planes y órdenes, y sólo de mi mente. —Zalzan Kavol sonrió fugaz, austeramente—. ¿Es tiranía? No. Simple eficacia. Los malabaristas nunca pueden ser demócratas, Valentine. Una mente idea las normas, una sola, o se produce caos. Bien, ¿qué deseas de mí?

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