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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

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Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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—Cualquiera puede ser Corona, siempre que posea adecuada instrucción y mentalidad. Nadie nace para ser la Corona. Gente de todas las regiones de Majipur, de todas las capas sociales, llegó a ocupar ese puesto.

—Señor, usted no lo entiende. Haber sido la Corona significa haber recibido la gracia. Usted ha gobernado, ha estado en el Monte del Castillo, ha sido adoptado y ha pasado a formar parte del linaje de lord Stiamot, lord Dekkeret y lord Prestimion. Es hermano de lord Voriax, es el hijo de la Dama de la Isla. ¿Cómo puedo pensar que usted es un hombre vulgar? ¿Cómo no voy a tener miedo de usted?

Valentine contempló perplejo a Carabella.

Recordó lo que había pasado por su mente cuando estaba en la calle para ver a lord Valentine en el desfile. Entonces creyó estar en presencia de la gracia y del poder, y comprendió que ser la Corona significaba convertirse en un ser aparte, un personaje dotado de efluvio y extrañeza, un hombre que gobierna a veinte mil millones, que lleva en sí mismo las energías de miles de años de famosos príncipes, que está destinado a ir un día al Laberinto y ostentar la autoridad de Pontífice. Pese a que todo ello era incomprensible, la idea iba ahondando en Valentine, le paralizaba y abrumaba. Pero era una idea absurda. ¿Tener miedo de él mismo? ¿Derrumbarse de espanto a causa de su imaginaria majestad? Él era Valentine el malabarista, ¡y nada más!

Carabella estaba sollozando. Poco le faltaba para ponerse histérica. El vroon, sin duda, dispondría de alguna poción narcótica para tranquilizar a Carabella.

—Espera aquí —dijo Valentine—. Volveré dentro de un momento. Pediré a Deliamber que te dé alguna cosa para calmarte.

Salió corriendo de la habitación y recorrió el pasillo sin saber qué habitación ocupaba el mago. Todas las puertas estaban cerradas. Pensó en llamar al azar, con la esperanza de no molestar a Zalzan Kavol, pero en ese momento oyó una voz que surgía de la oscuridad, de un punto situado debajo de su codo.

—¿Tiene problemas para dormir? —dijo la voz.

—¿Deliamber?

—Soy yo. Estoy junto a usted.

Valentine atisbo, forzó la vista, y logró distinguir al vroon, sentado con los tentáculos cruzados en el pasillo, en una postura que parecía de meditación. Deliamber se levantó.

—Pensé que usted no tardaría en venir en mi busca —dijo el vroon.

—Carabella ha tenido un envío. Necesita una droga para calmar su espíritu. ¿Tiene algo que sirva?

—Ninguna droga, eso no. Aunque un toque… es posible. Vamos.

El menudo vroon se deslizó por el pasillo y entró en la habitación que compartían Valentine y Carabella. Ella no se había movido, seguía encogida lastimosamente junto a la cama, envuelta de cualquier manera en la túnica. Deliamber se aproximó a ella inmediatamente; sus glutinosos zarcillos taparon delicadamente los hombros de la mujer, y Carabella relajó sus tensos músculos y se desplomó como si sus huesos hubieran desaparecido. El sonido de su penosa respiración se oyó con claridad en la habitación. Al cabo de unos instantes la joven levantó la cabeza, ya más calmada, aunque todavía con la sorpresa fija en sus ojos. Señaló a Valentine.

—He soñado que él… —empezó a decir—. Que él había sido… —Vaciló.

—Lo sé —dijo Deliamber.

—No es cierto —replicó Valentine con voz apagada—. Sólo soy un malabarista.

—Sólo es un malabarista… ahora —dijo tranquilamente Deliamber.

—¿También usted cree este absurdo?

—Fue obvio desde el primer momento. Cuando usted se interpuso entre el skandar y yo. Es el acto de un rey, me dije, y después examiné su alma…

—¿Qué?

—Un truco profesional. Examiné su alma, y vi el daño que le habían causado…

—¡Pero eso es imposible! —protestó Valentine—. Arrancar de un cuerpo la mente, ponerla en otro cuerpo, poner otra mente en su cuerpo auténtico…

—¿Imposible? No —dijo Deliamber—. No opino igual. Han llegado rumores de Suvrael afirmando que en la corte del Rey de los Sueños se están efectuando estudios sobre este arte. Rumores de extraños experimentos no han dejado de correr en los últimos años.

Valentine contempló sus dedos con sombría mirada.

—Eso es imposible.

—Así pensaba yo cuando me enteré. Pero luego medité. Existen hechicerías casi increíbles, y yo conozco el secreto pese a que sólo soy un mago menor. Las semillas de un arte de ese tipo existen desde hace tiempo. Es posible que algún brujo de Suvrael haya acabado por encontrar la forma de hacer germinar esas semillas. Valentine, si yo estuviera en su lugar, no rechazaría la posibilidad.

—¿Un intercambio de cuerpos? —dijo Valentine, asombrado—. ¿Éste no es mi auténtico cuerpo? ¿De quién es, entonces?

—¿Quién sabe? Podría ser de un infortunado hombre muerto en un accidente, tal vez ahogado, o asfixiado con un trozo de carne, o víctima de un hongo venenoso que comió imprudentemente. En definitiva, un hombre muerto de tal forma que su cuerpo quedó razonablemente entero, y que en la hora de la muerte fue llevado a un lugar secreto donde fue utilizado como vacío armazón para trasplantar el alma de la Corona. Y otro hombre, dispuesto a renunciar para siempre a su cuerpo, tomó rápida posesión del abandonado cráneo de la Corona, posiblemente conservando buena parte de los recuerdos y de la mente del príncipe junto a su propia mente y a sus propios recuerdos. De ese modo puede hacerse pasar por gobernante como si fuera el genuino príncipe…

—Nada de esto puede aceptarse como remotamente real —dijo obstinadamente Valentine.

—Sin embargo —replicó Deliamber—, cuando yo examiné su alma vi que todo era tal como acabo de describir. Y experimenté un temor más que ligero, porque en mi profesión no es normal topar con la Corona, o encontrar de improviso tal evidencia de alta traición. Tardé unos instantes en recuperarme. Luego me pregunté si no sería más sensato olvidar lo que había visto, y lo medité con suma seriedad. Pero después supe que no podía hacer tal cosa, que si me desentendía de lo que sabía me vería azotado por sueños monstruosos hasta el fin de mis días. Me dije: en el mundo hay muchas cosas que deben arreglarse y tú, si el Divino lo quiere, tomarás parte en los arreglos. Y ahora han empezado los arreglos.

—Todo esto es falso —dijo Valentine.

—Sea razonable, admita que hay algo de verdad —le apremió Deliamber—. Suponga que ciertas personas le atacaron por sorpresa en Til-o-mon, le expulsaron de su cuerpo y pusieron en el trono a un usurpador. Suponga que esa sea la verdad. ¿Qué haría entonces?

—Nada en absoluto.

—¿Nada?

—Nada —dijo firmemente Valentine—. Que sea Corona quien desee serlo. Creo que el poder es una enfermedad y que gobernar es una insensatez para locos. ¿Que yo habité en otros tiempos en el Monte del Castillo? Sea, pero ahora no estoy allí, y nada me impulsa a volver. Soy un buen malabarista, y estoy progresando como tal, y soy un hombre feliz. ¿Es feliz la Corona? ¿El Pontífice? Si me han apartado del poder, me alegro. No pienso reasumir la responsabilidad.

—Fue destinado a cargar con ella.

—¿Destinado? ¿Destinado? —Valentine se echó a reír—. También podría decirse que estaba destinado a ser la Corona durante algún tiempo, antes de que alguien más capaz me sustituyera. Hay que estar loco para ser gobernante, Deliamber, y yo estoy cuerdo. El gobierno es una carga, una molestia. No pienso aceptarla.

—Lo hará —dijo Deliamber—. Ha sufrido una manipulación, y ahora no es usted mismo. Pero el hombre que llega a ser la Corona, lo será siempre. Sanará y volverá a ser usted mismo, lord Valentine.

—¡No use ese título!

—Volverá a ser suyo —dijo Deliamber.

Valentine, muy enojado, rechazó la sugerencia. Miró a Carabella: la mujer estaba dormida en el suelo, con la cabeza apoyada en la cama. Valentine la cogió en brazos con gran cuidado y la puso bajo el cubrecama.

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