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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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Y entonces vio que Carabella se acercaba, dando brincos, radiante.

—Todo está arreglado —dijo ella—. Deliamber está ocupándose de él. Ya sabes, un truco ahora, otro truco después, un ligero toque con la punta de un tentáculo… Magia normal. Ha cambiado de opinión. O nosotros la hemos cambiado en su lugar.

Valentine se sorprendió al notar la intensidad de su sensación de alivio.

—¿Puedo quedarme?

—Siempre que vayas a verle y le pidas perdón.

—¿Perdón por qué?

Carabella sonrió.

—Eso no importa. ¡Él se ofendió, sólo el Divino sabe por qué! Su pelaje estaba húmedo. Su nariz estaba fría. ¿Quién sabe? Él es skandar, Valentine, tiene un extraño criterio sobre lo correcto y lo incorrecto, no se le exige que piense como los humanos. Hiciste que se enfadara y él te despidió. Pídele cortésmente que vuelva a aceptarte, y lo hará. Vamos, ahora. Ve a verle.

—Pero… pero…

—¿Pero qué? ¿Piensas aferrarte a tu orgullo? ¿Quieres que vuelva a aceptarte o no?

—Naturalmente que sí.

—Entonces ve a verle —dijo Carabella.

La joven le cogió por el brazo y tiró de él para acabar con sus vacilaciones. Pero en ese mismo instante debió darse cuenta de que aquel brazo pertenecía a determinada persona, porque contuvo la respiración, soltó a Valentine y se apartó, inquieta, como si estuviera a punto de arrodillarse y hacer el signo del estallido estelar.

—Por favor —dijo en voz baja—. Por favor, ve a verle, Valentine. Antes de que vuelva a cambiar de opinión. Si abandonas la compañía, yo también deberé abandonarla, y no quiero hacerlo. Ve a verle. Por favor.

—Sí —dijo Valentine.

Carabella y Valentine recorrieron el terreno, esponjoso y húmedo a causa de la niebla, en dirección al vagón. Zalzan Kavol estaba sentado en la escalerilla, malhumorado, acurrucado en una capa para protegerse de la húmeda y pegajosa calidez de la neblina púrpura. Valentine se acercó a él y le habló sin rodeos.

—No pretendía enojarte. Te pido perdón. Zalzan Kavol emitió un grave sonido de gruñido, casi más allá del umbral de lo audible.

—Eres un latoso —dijo el skandar—. ¿Por qué tengo que perdonarte? De ahora en adelante no me dirigirás la palabra si yo no he hablado primero. ¿Entendido?

—Entendido, sí.

—No intentarás influir para cambiar la ruta que seguimos.

—Entendido —dijo Valentine.

—Si vuelves a irritarme, quedarás despedido sin compensación monetaria y dispondrás de diez minutos para ponerte fuera de mi vista, estemos donde estemos, aunque estemos acampados en medio de la reserva metamorfa y se acerque la noche. ¿Comprendes?

—Comprendo —dijo Valentine.

Valentine aguardó, preguntándose si iban a pedirle que se arrodillara, que besara los velludos dedos del skandar, que se arrastrara en señal de obediencia. Carabella, que no había intervenido, contenía la respiración, como si esperara que surgiera una explosión del espectáculo de un Poder de Majipur que imploraba perdón a un malabarista ambulante de raza skandar.

Zalzan Kavol miró desdeñosamente a Valentine, como si acabaran de ofrecerle para cenar pescado frío de dudoso origen acompañado por una salsa congelada.

—No estoy obligado a dar a mis empleados una información que no les concierne —dijo en avinagrado tono—. Pero en cualquier caso te haré saber que Piliplok es mi ciudad natal, que vuelvo a ella de vez en cuando y que pretendo llegar allí un día u otro. No sé cuándo, depende de las actuaciones que pueda obtener en el camino. Pero te informo que nuestra ruta avanza en general hacia el este, aunque tal vez nos desviemos algunas veces, pues tenemos que ganarnos el sustento. Espero que esto sea de tu agrado. Cuando lleguemos a Piliplok, podrás abandonarnos si continúas pensando en hacer la peregrinación, pero si convences a otros miembros de la compañía, aparte del zagal, para que te acompañen en ese viaje, te demandaré ante el Tribunal de la Corona y haré que te juzguen, cueste lo que cueste. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Valentine, aunque dudaba que fuera a satisfacer de un modo honorable la última exigencia del skandar.

—Por último —dijo Zalzan Kavol—, te pido que recuerdes que se te paga una buena cantidad semanal de coronas, más gastos y primas, por actuar con esta compañía. Si advierto que llenas tu mente con pensamientos sobre la peregrinación, o sobre la Dama y sus siervos, o sobre cualquier otra cosa que no sea lanzar objetos al aire y recogerlos de una forma adecuadamente artística, rescindiré el contrato. En los últimos días ya has demostrado un talante inaceptable, Valentine. Cambia tu conducta. Necesito tres humanos en la compañía, pero no por fuerza los que tengo ahora. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Valentine.

—Puedes irte.

Carabella y Valentine se alejaron.

—¿Ha sido eso muy desagradable para ti? —preguntó la joven.

—Debe haber sido terriblemente agradable para Zalzan Kavol.

—¡No es más que un animal peludo!

—No —contestó gravemente Valentine—. Zalzan Kavol es un ser consciente que nos iguala en rango civil, y no debes considerarlo de otra forma. Sólo parece un animal. —Valentine se echó a reír, y Carabella le imitó un instante después, aunque con cierto nerviosismo—. Al tratar a gente que es enormemente sensible en cuestiones de honor y orgullo, creo que es más aconsejable acomodarse a sus exigencias, en especial si se trata de personas con dos metros y medio de estatura que además te pagan un sueldo. En este momento yo necesito a Zalzan Kavol más que él a mí.

—¿Y la peregrinación? —preguntó Carabella—. ¿Realmente piensas hacerla? ¿Cuándo lo decidiste?

—En Dulorn. Después de una conversación con Deliamber. Debo responder interrogantes sobre mí mismo, y si existe una persona capaz de ayudarme a encontrar las respuestas, esa persona es la Dama de la Isla. Por eso iré a verla, o trataré de hacerlo. Pero eso está muy lejos en el futuro, y he jurado a Zalzan Kavol que no pensaría en esas cosas. —Cogió la mano de la joven—. Gracias, Carabella, por arreglar mi problema con Zalzan Kavol. No estaba preparado para que me despidieran de la compañía. Ni para perderte poco después de haberte encontrado.

—¿Por qué piensas que me habrías perdido —preguntó Carabella— si el skandar hubiera insistido en despedirte? Valentine sonrió.

—También te agradezco eso. Y ahora debo ir a la arboleda de coliles y decir a Shanamir que devuelva las monturas que ha cogido.

4

Durante los días siguientes el paisaje fue haciéndose notablemente extraño, y Valentine tuvo más motivos para alegrarse de que él y Shanamir no hubieran seguido solos.

La zona entre Dulorn y la próxima población importante, Mazadone, estaba relativamente poco poblada. Gran parte de la región, según Deliamber, era una reserva forestal de la Corona. El detalle preocupó a Zalzan Kavol, porque los malabaristas no encontraban trabajo en reservas forestales o, daba lo mismo, en pantanosos terrenos de cultivo ocupados principalmente por arrozales y plantaciones de lusavándula. Pero no había más alternativa que seguir la carretera del bosque, puesto que al norte y al sur no había nada más prometedor. Continuaron avanzando, con un clima generalmente húmedo y de frecuentes lloviznas, por una zona de pueblos, granjas y ocasionales y densas arboledas de coliles, cómicos árboles de tronco grueso y poco alto con enormes frutos blancos que brotaban directamente de la corteza. Pero ya más cerca de la Reserva Forestal de Mazadone, los coliles cedieron su lugar a espesuras de helechos cantores, vítreos y con amarillas hojas, que emiten penetrantes y discordes sonidos en cuanto alguien o algo se acercaba, agudísimos y estridentes tañidos, pitidos y alaridos, desagradables chillidos y ruidos de rascar. Ello no habría sido demasiado malo —la nula melodía del canto de los helechos poseía un agrio encanto— de no haberse dado la circunstancia de que los helechales estaban habitados por pequeñas y fastidiosas criaturas mucho más desagradables que las plantas, menudos roedores alados denominados chimos, que salieron volando de su escondite en cuanto la proximidad del vagón desencadenó el canto de los helechos. Los chimos tenían prácticamente el grosor y la longitud de un dedo meñique y estaban cubiertos por un pelaje fino y dorado. Brotaron en tal cantidad que nublaron el cielo y pulularon alrededor del vagón como si estuvieron indignados, dando ocasionales mordiscos con sus diminutos pero eficaces incisivos. Los skandars que ocupaban el asiento del cochero, dotados de un grueso pelaje, se desentendieron de los roedores, limitándose a aporrearlos cuando se apiñaban demasiado cerca, pero las monturas, normalmente impasibles, estaban inquietas y en varias ocasiones se plantaron. Shanamir, con la misión de apaciguar a los animales, sufrió varios mordiscos muy dolorosos. Y cuando entró de nuevo en el vagón, muchos chimos entraron con él. Sleet recibió un terrorífico mordisco en la mejilla, cerca del ojo izquierdo, y Valentine, acosado por decenas de furiosas criaturas, sufrió mordeduras en ambos brazos. Carabella, con metódicos movimientos, mató a los chimos con un estilete que usaba en un ejercicio de malabarismo, espetándolos con terca determinación y gran destreza, pero transcurrió media hora horrible antes de que el último roedor estuviera muerto.

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