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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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Zalzan Kavol soltó una risotada a manera de aprobación de sus palabras, cogió el equipaje y se dirigió hacia el hotel.

—¡Pero yo sólo me refería a la belleza de las ciudades!—gritó Valentine, absorto.

Thelkar, que en general era el skandar más taciturno, contestó a Valentine.

—Zalzan Kavol admira Dulorn más de lo que tú crees. Pero nunca lo admitirá.

—Sólo admite que admira Piliplok, la ciudad donde nacimos —intervino Gibor Haern—. Piensa que es desleal hablar bien de cualquier otra población.

—¡Chis! —susurró Erfon Kavol—. ¡Ahí viene!

El hermano mayor había reaparecido en la puerta del hotel.

—¿Y bien? —tronó la voz de Zalzan Kavol—. ¿Por qué estáis remoloneando? ¡Ensayo dentro de treinta minutos! —Los amarillos ojos del skandar llamearon como los de una bestia de los bosques. Gruñó, apretó los puños de un modo amenazador, y volvió a marcharse.

Un curioso patrono, pensó Valentine. En algún punto muy profundo de aquel hirsuto pellejo, sospechó, había una persona cortés e incluso —¿quién sabía?— amable. Pero Zalzan Kavol se esforzaba mucho en aparentar su rudeza.

Los malabaristas estaban contratados para actuar en el Circo Perpetuo de Dulorn, un festejo municipal que se desarrollaba durante las veinticuatro horas del día y todos los días del año. Los gayrogs, que dominaban la ciudad y la provincia colindante, no dormían por las noches sino siguiendo un ritmo estacional, dos o tres meses seguidos principalmente en invierno, y cuando estaban despiertos se mostraban insaciables en su demanda de diversión. Según Deliamber, pagaban bien y nunca había suficientes artistas ambulantes en esta parte de Majipur para satisfacer sus necesidades.

Cuando la compañía se reunió para la sesión de prácticas de la tarde, Zalzan Kavol anunció que la actuación del grupo tendría lugar entre las cuatro y las seis de la madrugada.

Valentine no se alegró con esa noticia. Esa noche iba a estar particularmente ansioso de la guía que pudieran ofrecerle los sueños, tras las ponderables revelaciones de la última madrugada. ¿Y qué posibilidad existía de tener un sueño útil si pasaba en el escenario las horas más fértiles de la noche?

—Podemos dormir antes —observó Carabella—. Los sueños llegan a cualquier hora. ¿O es que te han señalado hora para recibir un sueño?

Fue una observación traviesa y chistosa, viniendo de una persona que hacía muy poco había temblado de espanto ante él. Valentine sonrió para demostrar que no se sentía ofendido, pues percibía el acecho de la desconfianza en sí misma de Carabella bajo la apariencia de burla.

—Es posible que no me duerma —dijo Valentine—, sabiendo que debo levantarme tan temprano.

—Di a Deliamber que te toque igual que ayer por la noche —sugirió la mujer.

—Prefiero ser yo el que encuentre el camino del sueño —dijo él.

Y así lo hizo, después de una tensa tarde de práctica y una satisfactoria cena de carne desecada al viento y vino azul en el hotel. Valentine había elegido una habitación individual, y antes de meterse en la cama —sábanas frías y lisas, tal como había dicho Carabella, dignas de un duque— encomendó su espíritu a la Dama de la Isla y le suplicó un envío, cosa que estaba permitida y se hacía con frecuencia, aunque pocas veces era efectiva. Era la ayuda de la Dama la que necesitaba profundamente. Si él era en realidad la caída Corona, la Dama era su madre, tanto carnal como espiritualmente, y podría confirmarle su identidad y guiarle en su búsqueda.

Al empezar a dormirse, Valentine trató de imaginar a la Dama y a la Isla, atravesar los miles de kilómetros que le separaban de ella y crear un puente, una chispa de conciencia sobre esa inmensa brecha, para que ella pudiera ponerse en contacto con él. Encontró trabas en los lugares vacíos de su memoria. Era de suponer que cualquier adulto de Majipur conocía las facciones de la Dama y la geografía de la Isla del mismo modo que conocía el rostro de su madre y las afueras de su ciudad. Pero la mutilada mente de Valentine presentaba numerosas lagunas que debían suplirse mediante imaginación y suerte. ¿Qué aspecto tenía la Dama en los fuegos artificiales de aquella noche, en Pidruid? Un rostro redondeado y sonriente, largo y espeso cabello. Muy bien. ¿Y qué más? Supongamos que tenga el pelo moreno y lustroso, tan moreno como el de sus hijos lord Valentine y el difunto lord Voriax. Los ojos son castaños, cordiales, despiertos. Los labios, carnosos. Las mejillas, con algunos hoyuelos. Una fina trama de arrugas en las comisuras de los ojos. Una mujer imponente, robusta, sí, y se pasea por un jardín de exuberantes arbustos floríferos, tanigales amarillos, camelias, eldirones, zuales púrpuras, todo rebosante de vida tropical. Ella se detiene para coger una flor y ponérsela en el pelo, y sigue paseando, por las blancas baldosas de mármol que se extienden sinuosamente entre los matorrales, hasta que llega a un amplio patio de piedra en la ladera de la colina en que mora. Desde ahí se divisan las diversas terrazas que descienden hacia el mar formando extensas curvas. Y la Dama mira hacia el oeste, hacia el remoto Zimroel, cierra los ojos, piensa en su desterrado hijo que en su peregrinar ha llegado a la ciudad de los gayrogs, cobra fuerzas y transmite dulces mensajes de esperanza y valor a Valentine, exilado en Dulorn…

Valentine se durmió profundamente…

Y la Dama se le presentó tal como había ansiado. No la encontró en la ladera, bajo el jardín, sino en cierta desolada ciudad de un páramo, un lugar en ruinas, lleno de pilares de arenisca y destrozados altares deteriorados por la intemperie. Se encontraban en extremos opuestos de un destartalado foro bajo la espectral luz de la luna. Pero la cara de la Dama estaba velada y no miraba a Valentine. Éste la reconoció por los gruesos rizos del moreno cabello y por la fragancia de la flor de eldirón de cremosos pétalos que llevaba puesta en la oreja. Sabía que estaba en presencia de la Dama de la Isla, pero ansiaba que la sonrisa de la mujer diera calor a su alma en aquel desolado lugar, deseaba el solaz de aquellos dulces ojos, y sólo veía un velo, unos hombros, un fragmento de cabeza.

—¿Madre? —preguntó inciertamente—.¡Madre, soy Valentine! ¿No me conoces? ¡Mírame, madre!

La Dama pasó junto a él como un espectro y desapareció entre las quebradas columnas con grabados de escenas de las hazañas de las grandes coronas, y no volvió.

—¿Madre? —gritó Valentine.

El sueño terminó. Valentine pugnó por hacer volver a la Dama, pero no lo consiguió. Despertó y contempló la oscuridad. Vio de nuevo la velada figura y trató de encontrarle un significado. Ella no le había reconocido. ¿Acaso él había cambiado de un modo tan completo que ni siquiera su madre percibía el hombre oculto en aquel cuerpo? ¿O acaso él no era su hijo, y era imposible que ella le conociera? Valentine carecía de respuestas. Si era cierto que el alma del moreno lord Valentine se hallaba incrustada en el cuerpo del rubio Valentine, la Dama de la Isla no había dado muestras de ello en el sueño, y él seguía tan alejado de la verdad como en el momento de cerrar los ojos.

A qué insensateces me dedico, meditó Valentine. ¡Qué improbables especulaciones, qué locura!

Volvió a dormirse.

Y casi en el mismo instante, así le pareció, una mano tocó su hombro y alguien le zarandeó hasta que, de mala gana, despertó. Era Carabella.

—Las dos de la madrugada —dijo la joven—. Zalzan Kavol quiere que estemos abajo, en el vagón, dentro de media hora. ¿Has soñado?

—De manera no concluyente. ¿Y tú?

—He estado en vela. Era lo más prudente. Hay noches en que una prefiere no soñar. —Mientras Valentine se vestía, Carabella, con suma timidez, preguntó—: ¿Volveré a compartir tu habitación, Valentine?

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