El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:
—Es muy tarde —dijo a Deliamber—, y ha habido excesivas emociones esta noche. Me duele la cabeza por culpa de tanta charla. Hágame lo mismo que ha hecho con ella, mago, concédame un rato de sueño, y no siga hablándome de responsabilidades que jamás fueron mías y que jamás lo serán. Mañana debemos actuar, y quiero estar descansado.
—Muy bien. Échese en la cama.
Valentine se puso al lado de Carabella. El vroon le tocó suavemente, luego con más fuerza, y Valentine notó que su mente se nublaba. El sueño se apoderó de él sin ninguna dificultad, como la densa niebla blanca que surge arrastrándose del océano durante el crepúsculo. Perfecto. Perfecto. Valentine renunció de buena gana al estado consciente.
Y durante la noche soñó. En el sueño hubo un violento resplandor con el inconfundible aspecto de un envío, porque fue un sueño cuya viveza superó todo lo imaginable.
Valentine se vio atravesando la áspera y terrible llanura purpúrea que había visitado tan a menudo en sueños recientes. Esta vez supo sin duda la situación de la llanura. No pertenecía al reino de la fantasía, sino al remoto continente de Suvrael, expuesto al despiadado fulgor del sol desnudo. Y las fisuras del terreno eran cicatrices dejadas por el verano en los lugares donde se había evaporado la escasa humedad existente. Plantas retorcidas y deformes con hojas abultadas y descoloridas yacían flácidas en el suelo, en contraste con el superior crecimiento de otras cosas que tenían espinas y extrañas articulaciones. Valentine avanzó con rapidez, sometido al calor, a las crueles dentelladas del viento y a una sequedad que desgarraba la piel. Iba a llegar con retraso al palacio del Rey de los Sueños, que le había contratado para actuar.
El palacio apareció ante él, amenazador, siniestro, amparado en negras sombras. Era un edificio lleno de finísimas torrecillas y puntiagudos pórticos, tan repulsivo y erizado como las plantas del desierto. Se asemejaba más a una cárcel que a un palacio, al menos por su aspecto externo, aunque en el interior todo era distinto, frío y elegante, con fuentes en los patios, suaves tapicerías de felpa y un ambiente con olor a flores. Los criados saludaron a Valentine, le hicieron señas para que se acercara y le condujeron a través de diversas salas interiores. Le despojaron de sus ropas, incrustadas de arena, le bañaron, le secaron con toallas blandas como plumas, le dieron ropa limpia, una indumentaria elegante y engalanada, le ofrecieron helados, vino fresco de plateado tinte, bocados de exquisitas y raras carnes, y finalmente le acompañaron a la sala del trono, una gran habitación de elevada bóveda ocupada con gran pompa por el Rey de los Sueños.
Desde enorme distancia, Valentine vio al Rey sentado en el trono: Simonan Barjazid, el maligno y veleidoso Poder que desde un territorio desértico y barrido por el viento enviaba mensajes de terrible significado a todo Majipur. Era un hombre obeso, imberbe, de carnosas mejillas y ojos hundidos circundados por oscuros círculos. En su cabeza, sobre un pelo corto y cerdoso, lucía la diadema dorada de su dignidad, el aparato amplificador del pensamiento que ideara un Barjazid hacía mil años. A la izquierda de Simonan estaba sentado su hijo Cristoph, rollizo como su padre, y a la derecha su hijo Minax, el heredero, un hombre de amenazador aspecto, piel oscura, enjuto y con rostro anguloso, como si hubiera estado expuesto a la acción desgastadora de los vientos del desierto.
El Rey de los Sueños, con un indiferente gesto de su mano, ordenó a Valentine que empezará a actuar.
Era un ejercicio con cuchillos, diez, quince cuchillos, delgados y relucientes estiletes capaces de atravesar un brazo si caían incorrectamente. Pero Valentine los manejó con naturalidad, con la habilidad que sólo Sleet, y tal vez Zalzan Kavol, poseían. Una virtuosa exhibición de talento. Valentine permaneció inmóvil, haciendo únicamente casi imperceptibles movimientos de manos y muñecas. Los cuchillos ascendieron, centellearon intensamente, se deslizaron por el aire y volvieron a caer hacia los dedos que aguardaban. Y siguieron subiendo y bajando, hasta que el arco que describían sufrió una alteración de forma, dejó de ser una simple cascada y se convirtió en el emblema de la Corona, el estallido estelar, con los estiletes apuntando hacia afuera mientras volaban por el aire. De repente, cuando Valentine se acercaba al clímax de su actuación, los cuchillos quedaron paralizados en el aire, suspendidos sobre los dedos del malabarista y se negaron a descender.
Detrás del trono apareció un hombre ceñudo de penetrante mirada que era Dominin Barjazid, el tercer hijo del Rey de los Sueños. Dominin se acercó a Valentine a grandes zancadas y con un desdeñoso gesto recogió el estallido estelar de cuchillos y metió éstos en el cinto de su vestidura.
El Rey de los Sueños sonrió burlonamente.
—Eres un excelente malabarista, lord Valentine. Por lo menos has encontrado una ocupación digna.
—Soy la Corona de Majipur —replicó Valentine.
—Eras. Eras. Eras. Ahora eres un vagabundo, y no sirves para otra cosa.
—Un haragán —dijo Minax Barjazid.
—Muy digno de un cobarde —dijo Cristoph Barjazid—. Un perezoso.
—Un hombre que rehuye el deber —afirmó Dominin Barjazid.
—Has perdido el derecho a tu dignidad —dijo el Rey de los Sueños—. Has dejado vacante tu cargo. Vete. Vete y actúa, Valentine el malabarista. Vete, perezoso. Vete, vagabundo.
—Soy la Corona de Majipur —repitió con firmeza Valentine.
—Ya no —dijo el Rey de los Sueños.
El Rey se llevó las manos a la frente y tocó la diadema. Valentine se estremeció y se tambaleó como si el suelo se hubiera abierto a sus pies. Perdió el equilibrio, cayó, y al mirar otra vez hacia arriba vio que Dominin Barjazid iba vestido con la casaca verde y la capa de armiño de la Corona. El aspecto de Dominin había sufrido una alteración, pues su rostro era el de lord Valentine y lo mismo sucedía con su cuerpo y con los cinco cuchillos arrebatados a Valentine había formado la diadema del estallido estelar de la Corona. Su padre, Simonan Barjazid, le coronó.
—¿Has visto? —gritó el Rey de los Sueños—. ¡El Poder pasa a quien lo merece! ¡Vete, malabarista! ¡Vete!
Valentine huyó al desierto púrpura, vio que los furiosos remolinos de una tormenta de arena corrían hacia él procedentes del sur e intentó escapar, pero la tormenta avanzaba desde todas direcciones.
—¡Soy lord Valentine, la Corona! —bramó, pero su voz se perdió en el viento y notó arena en los dientes—. ¡Usurpar el poder es traición! —gritó, y su grito se perdió en la lejanía.
Quiso contemplar el palacio del Rey de los Sueños, pero ya era imposible verlo, y se sintió abrumado por una intensa y estremecedora sensación de eterna pérdida.
Valentine despertó.
Carabella yacía tranquilamente a su lado. La primera pálida luz del alba entraba en la habitación. Pese a que había sido un sueño monstruoso, un envío extremadamente ominoso, Valentine se sentía muy tranquilo. Durante varios días había tratado de negar la verdad, pero ya era imposible rechazarla, aunque pareciera grotesca, aunque pareciera fantástica. El había sido la Corona de Majipur en otro cuerpo, durante cierto tiempo, y alguien se las había arreglado para despojarle de su cuerpo y de su identidad. ¿Podía ser cierto? Quitar importancia o no prestar atención a un sueño tan apremiante era casi imposible. Valentine examinó los lugares más profundos de su mente para intentar descubrir recuerdos de poder, ceremonias en el Monte, vislumbres de pompa real, el sabor de la responsabilidad. Nada. Nada en absoluto. Él era malabarista, nada más que eso, y no recordaba un solo retazo de su vida antes de llegar a Pidruid. Era igual que si hubiera nacido en aquella ladera, momentos antes de que el zagal, Shanamir, le encontrara. Nació allí con dinero en la bolsa, un frasco de buen vino tinto en la cintura y una pizca de falsos recuerdos en su mente.