El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Nicholas apretó los labios.
– No -dijo.
Sin embargo, aun cuando en ese momento no lo supiera, diría que Fellowes le reveló su identidad al volver.
– ¿Por qué habría de hacerlo?
– Era natural. A menos… -Fen se interrumpió-…, a menos que por supuesto supiera que se había cometido un crimen, y quisiese encubrir al otro.
Nicholas palideció.
– Ignoro quién era esa otra persona -repitió lentamente y con énfasis.
Fen se levantó con un gruñido ininteligible.
– No puedo decir que me haya sido de ayuda, pero felizmente eso no tiene importancia. Ya hay evidencias suficientes para colgar al culpable, cuya identidad acaso usted conozca. Le aseguro que si deseo catalogar y encasillar bien las cosas es por un motivo puramente personal, para mi propia satisfacción, aunque claro que no puedo esperar que usted se pliegue a mis deseos -Nicholas lanzó una mirada en dirección a Donald-. Está bien -añadió Fen, con ironía- le daré tiempo suficiente para que se ponga de acuerdo con Fellowes antes de interrogarlo. Los tontos resultan presa demasiado fácil si no se les da una pequeña ventaja -su mirada se tornó dura.
– …Und das hat mit ibrem Singer die Lorelei getan -concluyó el loro con un chillido de triunfo, y quedó silencioso.
Fen se volvió hacia Nicholas.
– Dígame -preguntó-, ¿qué opina sobre la ética del crimen?
Nicholas lo miró en silencio un instante.
– Pues verá -dijo al fin-. Creo que matar es una necesidad ineludible del mundo en que vivimos, este mundo abominable, sentimental, dominado por las multitudes, de prensa barata y mentalidades más baratas todavía, donde cualquier imbécil quiere hacerse oír, y donde se tolera a los locos, donde las ratas agonizan, y el intelecto es objeto de burlas, donde cualquier triste vendedor de baratijas sabe lo que quiere y lo que piensa. Nuestra moralidad y nuestra democracia nos han enseñado a soportar alegremente a los tontos, y el resultado es que ahora hay un excedente de tontos sueltos. Cada tonto que muere es en sí un adelanto, y al diablo con la humanidad y la virtud y la caridad y tolerancia cristianas.
Fen insistió.
– El típico fascista -dijo-. A usted el Julius Vander de The Professor le habrá encantado. Los hechos, al margen de su relativo salvajismo, pueden ser correctos; la conclusión, por fortuna, es falsa. Lo que usted necesita -añadió sin perder la calma- es un poco de educación elemental. Creo que le sería de mucha utilidad -sonrió dulcemente y se marchó.
Fen estudió a Sheila McGaw con curiosidad mientras depositaba el vaso sobre la mesa y tomaba asiento a su lado. A primera vista no se le daba un año menos de treinta. Su rostro pálido, anguloso mostraba algunas arrugas; tenía la voz enronquecida por el exceso de tabaco, y tosía con frecuencia. Sólo al rato de estar con ella se veía que en realidad era mucho más joven: apenas veintidós o veintitrés años. Ligeros ademanes, una especie de suavidad subyacente en las facciones, y pequeños amaneramientos al hablar y en los gestos traicionaban su verdadera edad. «Más vulnerable de lo que parece», pensó Fen, mirándola.
La muchacha le ofreció un cigarrillo diciendo:
– ¿Y bien? ¿Algo más sobre el crimen?
Fen asintió.
– En cierto modo. Lo que quería era confirmar eso del anillo.
– Ah, eso. Imagino que me coloca a la cabeza de los sospechosos. Junto con el hecho de haber tenido un móvil. Y de que no tengo coartada -despidió el humo por la nariz, afinada, de fosas prominentes, en dos chorros cónicos.
– ¿Cómo es eso de que no tiene coartada?
– Estuve en mi cuarto leyendo toda la noche. La policía hizo la brillante deducción de que pude haber salido y entrado sin que nadie me viera.
Fen suspiró.
– En ese caso hay una falta de coartadas casi absoluta. Móviles hay a granel, pero cortadas no, y además, según el inspector, estamos frente a un crimen imposible.
– ¿Quiere decir que fue un suicidio?
– Por supuesto que no, de eso estoy seguro. Es un ejemplo de ironía dramática demasiado perfecto para ser real.
La muchacha asintió; después dijo:
– Si la policía cree que es un suicidio, ¿le perece correcto desmentirla? Suicidio o asesinato, igualmente fue una bendición.
– Por lo que veo esa joven no hizo otra cosa que sembrar odio a su alrededor -murmuró Fen-. A veces me pregunto si, en lo que a ella se refiere, todos ustedes no habrán perdido su sentido de la proporción.
– Si hubiera trabajado un par de años con ella no diría eso.
– Volviendo al anillo. ¿Alguna vez le hicieron una observación particular al respecto?
– Creo que de los del teatro ninguno dejó de fijarse en él y de hacer algún comentario.
Fen gruñó, lanzó a su vaso una mirada de asco y apuró la mitad del contenido de un trago con la misma expresión que debió de haber tenido el Hermano Bárbaro cuando, a petición de Francisco engulló el estiércol de asno. En el Aston Arms no servían whisky.
– Pero, entre esos comentarios, ¿no hubo alguno más reciente? -insistió-. Digamos ¿la semana pasada?
– El miércoles, después del ensayo, tocamos ese tema, y prácticamente todos entraron en la conversación. Después fui a uno de los camerinos a lavarme las manos porque las tenía sucias de pintura, me quité el anillo y lo dejé en el lavabo. Cuando volví a buscarlo media hora después había desaparecido.
– ¿De quién era ese camerino?
– Bueno, en general los cambiamos bastante. Creo que la semana que viene lo ocupará Rachel. Es el primero, saliendo del escenario.
– Y ¿quiénes estaban presentes el miércoles, cuando hablaron del anillo?
– Casi todos, creo, incluso algunos técnicos.
– Incluso… -Fen pronunció un nombre que hizo que Sheila se enderezara bruscamente y lo mirase un momento antes de contestar.
– Pues…, sí -dijo, incrédula-, pero…
– No me interprete mal -dijo Fen-. Sería una gran imprudencia que sacara conclusiones antes de tiempo -guardó silencio unos minutos reflexionando; luego dijo-: ¿Le importó que Warner viniera a dirigir la obra pasando, como quien dice, por encima de su autoridad?
Sheila se encogió de hombros y tuvo un acceso de tos repentino.
– Maldita tos -dijo, secándose los ojos con un pañuelo-. Perdón. ¿Qué decía? Ah, sí, si me importó que Robert dirigiera la pieza. Bueno, supongo que si hubiera podido dirigirla eso habría significado una buena publicidad. Pero él es infinitamente mejor que yo, y por otra parte era lógico que quisiese dirigir su propia obra. No, no me importó. De haber querido, podía impedir que la presentara aquí, pero no quise.
– Entonces ¿lo admira?
Sheila se echó a reír.
– No creo que «admirar» sea la palabra. ¿Acaso uno se atreve a «admirar» a Shakespeare?
Fen enarcó las cejas.
– ¿Es para tanto? Claro -añadió apresuradamente- que soy mal juez de la literatura contemporánea, pero me inclino a compartir su opinión. Sí, creo que sí. ¿Y Metromania es…?
– Lo mejor que ha hecho.
Donald Fellowes se detuvo junto a ellos, aferrado a un vaso, y apostrofó a Fen.
– Dice Nicholas -empezó- que ahora sospechan de mí.
– Fellowes -le respondió Fen en tono bonachón- es un perfecto imbécil. ¿Cómo no comprende que la verdad sale a relucir, tarde o temprano? ¿Qué objeto hay entonces en retener una información? Hace un papel tan triste al empecinarse en tomar esa actitud cuando todos saben exactamente qué esconde.
– Bueno, siga -rezongó Donald-. Dígame qué escondo.
– Vea, amigo -replicó Fen con aspereza-, no estoy aquí para hacer lo que le parece. Se lo diré en su momento. Mientras tanto…
– Mientras tanto -lo interrumpió Donald, violentamente- ¿qué demonios tiene que ver con todo esto, se puede saber? Usted no es la policía.