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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– Bueno, señorita, ese asunto no nos incumbe -dijo, para en seguida añadir, contra toda lógica-, aunque naturalmente tendremos que hacerle una o dos preguntas al respecto. En primer lugar ¿tiene inconveniente en que el sargento Spencer, aquí presente, le tome las impresiones digitales?

– ¿También por rutina, inspector? -preguntó Helen, con un mohín travieso.

El inspector trató de esbozar una sonrisa formal.

– En efecto, señorita -dijo.

Spencer, que al entrar había arrojado una mirada de desesperación a la formidable batería de cosméticos alineados en el tocador, comenzó por disculparse.

– Lo siento, señorita, pero le voy a dejar los dedos hechos un asco.

– Está bien, sargento -lo tranquilizó Helen-. Como actriz que soy, estoy habituada a que me pintarrajeen con cosas horribles -el resto del procedimiento se cumplió en silencio.

– Y ahora -dijo al fin el inspector- habrá que echar un vistazo al cuarto de su hermana.

– Sí, pasen. Es la segunda puerta a la izquierda. Siempre guardaba todo sin llave, de modo que no creo que tengan dificultad. ¿Voy yo también? -hizo ademán de levantarse.

– Este…, no, gracias. A decir verdad, Spencer estuvo anoche por aquí, y cerró la habitación con llave hasta que pudiéramos examinarla a fondo. ¿Supongo que no habrá tratado de entrar en el dormitorio de su hermana anoche o esta mañana?

– No, inspector, no traté de entrar. No es probable que encuentren mis impresiones en el picaporte.

– , sí, claro. Spencer, vaya a echar un vistazo. Ya sabe qué buscar, ¿no? -añadió en tono siniestro.

Spencer, que no tenía la menor idea, sonrió de oreja a oreja y se marchó. Como de pasada, el inspector preguntó:

– ¿De manera que su hermana pensaba modificar su testamento?

Nigel miró rápidamente a Helen, que, sin embargo, respondió con absoluta tranquilidad.

– Eso me dijo la otra noche en la reunión. Pensaba ir a ver a su abogado hoy. Creo que en ese momento Nick Barclay andaba escuchando lo que no debía, para no perder la costumbre. Supongo que se enteraron por él -el aspecto compungido del inspector la instó a añadir apresuradamente-: Aunque por supuesto igual se lo habría dicho.

– En las circunstancias actuales, señorita, eso da que pensar.

– De acuerdo.

Nigel, recordando su voto de silencio, lanzó a Helen una salva de aplausos telepáticos por la calma con que había respondido. El inspector, algo confundido, probó por otro lado.

– ¿Sabe quién iba a ser el nuevo legatario?

– Debo confesar mi ignorancia en ese sentido. Excepto yo, Yseut no tiene parientes cercanos, y muy pocos amigos. Lo que siempre me asombró es por qué razón no modificó su testamento antes, teniendo en cuenta el escaso cariño fraternal que nos urna. Aunque a mí, personalmente, eso no me afectaba; no tengo ningún deseo de poseer más dinero que el que gano con mi trabajo, y de cualquier forma nada me inducía a suponer que iba a morir antes que yo. Supongo que me comunicó sus intenciones con el único propósito de mortificarme, pero la flecha no dio en el blanco, por las razones que acabo de explicar.

– Lo del testamento habrá que verificarlo, por supuesto. Pero ¿me equivoco, Miss Haskell, al afirmar que ahora es una mu…, una dama relativamente rica?

– Eso creo.

– Ajá. ¿Sabe cómo se llama el abogado de su hermana?

– Ni remotamente. Nunca hablábamos de dinero. Ella jamás me ofreció nada, ni yo se lo pedí.

– ¿No le llamó la atención -siguió preguntando el inspector- que su hermana llevara una vida…, digamos tan poco acorde con sus medios? ¿Que no alquilara un apartamento aquí, por ejemplo, o viviera en un hotel?

– Hasta en el caso de Yseut habría sido un descaro, estando yo cerca -replicó Helen, secamente-. Como es lógico, aquí se rodeó de todas las comodidades, pero imagino que disfrutaba acumulando dinero, porque de lo contrario no veo la razón de que dedicara la mayor parte de su tiempo a exprimir concienzudamente a pobres muchachos cuyas rentas no llegaban ni a la vigésima parte de la suya.

– ¡Vamos, vamos, Miss Haskell, no sería para tanto! -le reprochó el inspector. Pero formuló el comentario con aire distraído; evidentemente tenía la cabeza en otra parte. Al rato extrajo de un sobre el anillo que habían encontrado en el cadáver de Yseut y se lo mostró a Helen, diciendo-: ¿Pertenecía esto a su hermana?

– ¿Esto? No, por Dios. Es de… ¿Qué tiene que ver con la muerte de Yseut?

– ¿De quién es?

Helen respondió, evidentemente a su pesar.

– Si no hay más remedio, le diré que es de Sheila McGaw, nuestra directora. Siempre ha sido fuente inagotable de bromas entre nosotros porque es un objeto grotesco y antiestético. Pero…

El inspector asintió con vigorosos cabezazos.

– Se lo pregunté con el único efecto de verificar lo que ya sabíamos. Miss McGaw admitió ser la dueña del anillo. Dice que lo dejó hace dos días en uno de los camerinos. Parece ser -añadió cansadamente, como si le costara creer lo que decía- que cualquiera, del teatro o de fuera, pudo entrar y llevárselo.

– Supongo que sí -admitió Helen-. Como sabrán, en la entrada de artistas no hay portero.

– En efecto. Y si Miss McGaw no miente -añadió el inspector a guisa de exégesis, esta vez dirigiéndose a Nigel-, significa que estamos exactamente en el punto de partida.

– ¡Por amor del cielo! -exclamó Helen-. ¿Quieren decirme qué tiene que ver el anillo con la muerte de Yseut?

– Su hermana lo tenía puesto en un dedo, señorita. Y la evidencia sugiere que quizá se lo colocaron después de muerta.

– ¡Oh! -Helen quedó silenciosa.

– Y ahora, Miss Haskell, ¿podría decirme en qué ocupó su tiempo anoche, entre las seis y las nueve?

– ¿Qué hice? Pues verá, no mucho. Salí de aquí para el teatro a eso de las seis y media, me maquillé, salí a escena al comienzo de la obra (eso sería a las ocho menos cuarto), habré terminado a los diez minutos, volví a mi camerino y leí hasta que llegó el momento de mi segunda entrada, a las nueve menos cuarto, aproximadamente…

– Un momento, Miss Haskell. ¿Debo entender entonces que entre las siete y cincuenta y cinco y las ocho y cuarenta y cinco no estuvo en el escenario?

Por primera vez Helen pareció asustada. Nigel tuvo la sensación de que el estómago se le hundía; todo, factores psicológicos, circunstanciales, evidenciales, indicaban que Helen no había cometido el crimen -hasta en sus sueños más salvajes habría rechazado la posibilidad por inconcebible- y, sin embargo, no pudo reprimir la extraña desconfianza.

– No -dijo Helen.

– Y su camerino ¿lo comparte con alguien?

– Normalmente, sí; pero no esta semana; mi compañera no actúa en esta obra. ¿Está dando a entender que pude abandonar el teatro sin que nadie me viera? Supongo que sí. Todo lo que le puedo decir es que no lo hice -pareció recobrar parte de su confianza-. Créame que solamente por un motivo de tanto peso como un asesinato uno se quitaría el maquillaje para volvérselo a poner a la media hora.

Fue entonces cuando Spencer reapareció, pero con escasa información; no había encontrado ningún papel, salvo dos o tres cartas personales sin importancia y una libreta de direcciones que incluía entre otras la del abogado de Yseut (y que el inspector se guardó en un bolsillo).

– Aparte de eso -dijo el sargento- no hay más que toda esa artillería que usan las mujeres, con perdón de la señorita -Helen lo obsequió con una sonrisa que contenía apreciación de la broma y coquetería femenina en dosis exactas.

El inspector abandonó su asiento.

– Bueno, Miss Haskell, creo que es todo por el momento -dijo-. Muchísimas gracias. Y…, no sé si querrá ver a su hermana… -Helen meneó la cabeza-. Ah, bueno, creo que hace bien dadas las circunstancias. Sin embargo, le pedirán que la identifique en la indagatoria. Creo que será el martes que viene; antes imposible porque da la casualidad que tanto el coroner como su relevo están ausentes -sonrió dulcemente ante aquellas felices pruebas de ineptitud por parte de las altas esferas. Después, volviéndose hacia Nigel, añadió en voz baja-: A título informativo, señor, le diré que la bala que mató a la muchacha salió del revólver que encontramos -Nigel trató de aparentar suficiente interés por tan inútil dato; si a Yseut la habían asesinado, el crimen seguía pareciendo imposible, fuera cual fuese el arma empleada.

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