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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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Levantándose, Jean comenzó a andar inquieta por el cuarto.

– ¿Y bien? -preguntó por fin.

– Tendré que pensarlo -respondió Fen-. No se ofenda, Miss Whitelegge, pero es una pésima mentirosa. Aunque no hay que olvidar que este caso adolece de una ausencia total de la habilidad necesaria para desarmar el conjunto. Del principio al fin -la miró intensamente- ha sido un embrollo de primera magnitud, en el que la mano del autor resultaba dolorosamente obvia. Realmente me deprime. No ha sido una batalla de ingenio, sino un buen negocio, una ganga, y como toda ganga me irrita. Tal vez por eso me siento tan poco inclinado a desenmascarar al asesino: supongo que será un resabio atávico del código del honor. Es demasiado fácil vencer a una mentalidad de segundo orden.

Jean lo enfrentó, echando chispas por los ojos.

– ¿No se le ha ocurrido pensar -gritó- que quien lo hizo puede no importarle nada desarmar o armar, ni todos esos acertijos y criptogramas mentales que son tan de su agrado?

– Se me ha ocurrido -replicó Fen, fríamente-, y creo que esa fue la actitud del asesino, al principio. Lo sugieren no pocas evidencias de descuido deliberado. Sin embargo, cuando llegó el momento de cometer el hecho, en la undécima hora, esa persona se decidió por el criptograma ex-tempore, su solución resultó de una sencillez abrumadora -se puso de pie-. Gracias, Miss Whitelegge. A su pesar, me ha sido muy útil.

Jean pareció repentinamente impotente, azorada.

– Yo…, yo…

– No tengo el menor deseo de hacerme el tío fastidioso con usted -dijo Fen, en tono bondadoso-, y sin duda está dispuesta a asumir la responsabilidad de sus actos. Pero debo advertirle sinceramente que la comedia ha terminado. No sugiero que acuda a la policía; le doy plazo hasta el lunes por la mañana para acudir a mí -Jean no contestó-. Dios sabe, hija mía, que comprendo lo que está pasando. Piénselo bien y actúe con cuidado -se volvió, dispuesto a marcharse, y después, siguiendo un impulso, preguntó-: De paso, ¿puedo preguntarle qué estudia?

Jean lo miró sin comprender.

– Los clásicos: griego y latín.

Fen asintió.

– La dejo ahora. Piense en lo que le dije. Si no sigue mi consejo, entonces tenga cuidado; puede estar poniendo en peligro la vida de otra persona -volviéndole la espalda, se marchó.

Nigel comenzaba a sentir apetito. A cada momento su atención se apartaba de lo que sucedía en el escenario para regodearse en cambio con la perspectiva del almuerzo. Aquello había ido en aumento a partir del instante en que se le ocurrió que asistiendo a los ensayos estaba estropeando la agradable experiencia que podría ser el estreno, el lunes por la noche. Al parecer la providencia divina compartía su punto de vista, pues de pronto erigió una barrera entre él y Metromania, en la forma del telón de seguridad, pesado artefacto que alguien bajó bruscamente errando por escaso margen la cabeza del perfecto marido, Clive, que se apartó de un salto, ahogando un juramento. Nigel apenas tuvo tiempo de asimilar la información impresa en el telón, al efecto de que en caso de incendio la sala podía desocuparse en tres minutos, antes de que Robert, sentado unas filas más atrás, soltara un alarido de furia. Aquel ruido amenazador tuvo al parecer el efecto deseado, y el telón de seguridad volvió a subir, dejando a la vista un grupito azorado de actores que desde el escenario arrojaban miradas vagas hacia la galería de electricistas, sitio desde donde se manejaba el telón. La confusa discusión sobre responsabilidad desatada aún no había terminado cuando Fen volvió.

– Allons -dijo-. Ya no tenemos nada que hacer aquí -dejaron el ensayo sumido en un ligero caos.

Ya en la calle, avanzando a buen paso en dirección al Mace and Sceptre, Fen exhaló un profundo suspiro.

– He estado fanfarroneando -dijo- en forma muy poco digna de un caballero -e hizo a Nigel un somero relato de su entrevista con Jean. Nigel pareció desconcertado.

– Y bien -preguntó-, ¿qué hay con eso?

– Que mis conjeturas eran acertadas. Ya quedan muy pocos cabos sueltos. Eso sí, por mera rutina habrá que registrar la habitación de Fellowes, aunque tengo pocas esperanzas de encontrar algo.

– ¿Se refiere a eso que buscaba Yseut?

– Nigel -respondió Fen con sarcasmo pesado-, eres un alumno brillante. Todavía puede que hagamos un detective de ti.

– No tengo ningún deseo de ser detective.

– Confieso que, con un caso como éste, es una profesión singularmente desagradable. Contéstame con franqueza, Nigel. ¿Qué debo hacer? Mi instinto de buen ciudadano me induce a comunicar mis resultados a la policía, como he hecho en otras ocasiones. Pero aparte de eso, hay otras consideraciones: Robert es un autor teatral de talento; Rachel una excelente actriz; Nicholas, cuando se porta bien, tiene un cerebro de primera; Fellowes es un organista notable; Shei la McGaw una buena empresaria; y en el fondo Jean Whitelegge es una buena persona. Yseut no era nada de eso, y no me gustaría ver a ninguno de ellos atrapado en el engranaje sin alma del mecanismo judicial por su culpa, o por mi actuación. ¡Si al menos la policía tuviera un poco de sentido común! Atrapar y matar gente es su profesión, para ellos esas consideraciones no cuentan. Pero no, siguen empecinados en esa absurda teoría del suicidio, y lo único capaz de detenerlos será mi intervención.

– Depende -dijo Nigel, lentamente-. ¿Le parece probable que el asesino vuelva a salir a escena?

– ¿Que cometa otro crimen, quieres decir? Lo dudo, aunque hace un momento usé esa probabilidad como carnada.

– Entonces -sugirió Nigel, súbitamente inspirado-, creo que le convendría leer el Tasso de Goethe. Detalle más, detalle menos, es un estudio de hasta dónde puede llegar el temperamento artístico en defensa de la sociedad.

– Mi querido Nigel, plantea el problema, pero en ningún momento llega a solucionarlo, ni por aproximación. Tú me conoces, sabes que me inclino a adoptar la actitud prosaica en el sentido de que eso del temperamento artístico es una falacia. Tantos grandes artistas se han pasado sin él, o más bien tuvieron la astucia suficiente para satisfacer sus tendencias más allá del bien y el mal, sin despertar la ira de la sociedad. Con harta frecuencia el temperamento artístico no es más que una excusa para la falta de responsabilidad: vide la recientemente desaparecida Yseut. Una «falda» -añadió solemnemente-; en el sentido más amplio de la palabra.

– Mi querido Gervase, si por fuerza tiene que usar esos espantosos americanismos, por amor del cielo úselos correctamente. ¿Por qué no lee a Mencken? «Una falda» es un vulgarismo que se aplica a cualquier clase de mujer.

Fen pareció considerar ese pensamiento; pero cuando habló fue para decir:

– Creo que lo que sugerí a Helen sería lo mejor; una breve y sucinta advertencia para poner distancia de por medio. El problema estriba en que aquí, en Oxford, todos somos tan endiabladamente inteligentes -agregó irritado-. El hecho del crimen, que despierta un instinto inmediato de autoconservación en los no sofisticados, tiene que penetrar hasta nuestra alma animal a través de una gruesa barrera de sofismas; aparentemente en el caso entre manos todavía no lo ha logrado: simplemente rebotó y volvió a su lugar primitivo. Sin embargo, un crimen sigue siendo un crimen, a pesar de todo: no hay vuelta que darle. Orar y meditar parece ser el único recurso que me queda; ¡qué fastidio tener conciencia! ¡Y pensar que hace unos días pedía alguna muerte linda, limpia, sin complicaciones! ¿Sabes qué sostiene unido a este caso, Nigel? El sexo: la bestia suelta. He ahí la raíz y el origen de todo. Reducido a su esencia, es la copulación de los monos en el Corral de Wilkes.

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