El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– ¿Le serviría de algo -preguntó Fen- que invitase a mi amigo…? -y nombró a un actor tan célebre que Helen abrió los ojos desmesuradamente-. Si mal no recuerdo, anda buscando pareja para su nueva producción, y puedo hacer que sólo tenga ojos para usted. Además tengo cierto dominio sobre él. Fuimos compañeros de colegio, y él hacía travesuras vergonzosas.
– ¿Podría invitarlo? -dijo Helen, esforzándose por guardar calma-. Estaré aterrada, pero tarde o temprano hay que pasar por esos trances.
– Lo haré comparecer -afirmó Fen, solemnemente-, so pena de hacer revelaciones terribles. Y ahora, dígame, ¿está Jean Whitelegge en el teatro?
– Ya tendría que haber llegado, aunque sé que avisó que hoy vendría tarde. Probablemente está en el cuarto del apuntador; bajando esa escalera que hay a la izquierda de la entrada de artistas -Helen lanzó una mirada al escenario-. ¡Dios, mi entrada! -se marchó a escape por donde había venido, para reaparecer momentos después en el escenario, diciendo-: No puedo encontrarlo en ninguna parte. Busqué por todos lados, debajo de…, debajo de… -hizo chasquear los dedos en dirección a la concha del apuntador-. ¿Y bien? -preguntó, pero la ayuda no vino.
Robert bajó irritado por la pasarela.
– ¿No hay nadie que apunte? -dijo-. ¡Jane! ¡Jane, querida!
Un ruido sordo, un revoloteo de papeles brotó de la concha del apuntador, hacia donde convergían las miradas reprobatorias de todos los del escenario.
– Debajo del suelo, en el techo…
– Sí, querida -dijo Robert-. Sigue el libreto, por favor. De lo contrario perdemos tanto tiempo…
Jane hizo una aparición fugaz.
– Lo siento, querido -se disculpó-, pero en esta escena apunta Michael, porque tengo que cuidar del altavoz -siguió el rumor de una discusión áspera entre bastidores.
Bueno, uno u otro lo mismo da -dijo por fin Robert-, con tal que haya alguien. Vamos, adelante. Desde donde paramos -el ensayo se reanudó.
Fen se puso de pie, trabajosamente.
– Voy a buscar a esa damita Jean Whitelegge -anunció en tono feroz.
– ¿Lo acompaño? -ofreció Nigel.
– No, gracias, Nigel. Será un abordaje delicado y confidencial. Totalmente opuesto a tu temperamento abierto, franco y atlético -Nigel lo despidió con una mirada furibunda.
Fen terminó por localizar a Jean sola en uno de los camerinos, leyendo una copia de Metromania sin prestarle mucha atención. Mientras se daba a conocer, Fen notó que la joven era presa de viva aflicción. La examinó con la curiosidad y detenimiento que merecía el eslabón final de la cadena de motivos y pasiones que había conducido al asesinato de Yseut, encontrándola vulgar, aunque no del todo carente de atractivos; tranquila, pero de ningún modo débil de carácter; competente y, sospechó, un poco fanática por el arte. De su pelo castaño, tomado en rizos suaves detrás de las orejas, la luz de la mañana arrancaba reflejos pálidos; tenía la boca pintada con esmero, y llevaba un sencillo vestido azul hecho para satisfacer las necesidades de quien sabe que su figura no necesita disfraces. Fen se tomó un momento para admirar la elegancia natural, fresca, de la joven, y para desear mentalmente que pudiera encarrilar su vida en algo más útil que las tareas mecánicas en un teatro.
– Deberá perdonar que la moleste -dijo-, especialmente teniendo en cuenta que, según creo, el inspector estuvo acosándola esta mañana -cautelosamente asumió una pose de superioridad intelectual-. Pero, entre nosotros, no creo que ese hombre vea mucho más allá de sus narices. Además estas cosas despiertan en mí una curiosidad insaciable. Como con Webster, la muerte se posesiona de mí -hizo la alusión deliberadamente, y esperó con interés la reacción que pudiera provocar.
Jean sonrió.
– El cráneo bajo la piel -dijo-. Yo también soy un poco morbosa -de pronto su voz trasuntó recelo-. Pregunte lo que quiera.
– En primer lugar, ¿tomó el revólver de las habitaciones del capitán Graham?
Fen creyó ver un relámpago de alivio en los ojos de la joven.
– Sí -reconoció-. Volví con la intención de pedírselo prestado, y al ver que se había acostado…, bueno, se me ocurrió tomarlo directamente. Pensaba avisarle, por supuesto, pero estos días he estado tan ocupada que por una razón u otra siempre lo iba dejando para después.
– ¿Y lo tomó, supongo, para utilizarlo en Metromania?
Jean asintió con énfasis.
– En efecto. En el último acto hay un revólver. Teníamos algunos, claro, pero fueron a parar a la ayuda bélica, y nos dijeron que podíamos pedir uno prestado a la policía.
– ¿Por qué no lo hicieron?
– Bueno, suena ridículo, pero no sé si sabrá que habíamos pedido uno antes, y…, bueno, se perdió.
– ¿Se perdió?
Jean esbozó un ademán de impaciencia.
– Desapareció este fin de semana. Es una tendencia muy común en las compañías de repertorio. Si alguien no las pide prestadas, las cosas quedan escondidas debajo de algún trasto y después no hay forma de encontrarlas. De cualquier forma el resultado es que la policía no nos mira con buenos ojos, y no me atreví a repetir el pedido. En realidad -añadió en un estallido de franqueza- temí que Peter Graham no quisiera prestarme el revólver, por eso lo tomé sin pedírselo.
Fen pareció estar haciendo un rápido cálculo mental sobre la ética de aquel proceder.
– Prefirió correr el riesgo, ¿no? -dijo mansamente.
– Bueno, Robert lo quería para el jueves por la mañana (eso me había dicho en la fiesta), y se me ocurrió que podríamos usarlo provisionalmente.
– Y después, por supuesto, desapareció. ¿Dónde lo dejó?
– En el cuartito del apuntador.
– ¿Y quién tiene acceso a ese cuarto?
– Todos. El jueves, por la tarde, sencillamente desapareció.
– Y con el revólver, sospecho, algo más -Fen nombró ese algo, arrebatando a la joven una mirada de incredulidad.
– Sí -dijo ella-, ¿cómo lo sabe? -un intenso pánico le enturbió las pupilas.
– ¿Por qué no? Era lo más conveniente. ¿Imagino que no tomaría las balas? No las necesitaría -la muchacha negó con la cabeza.
– ¿Estaban allí cuando sacó el revólver? -insistió Fen.
– Esto…, en realidad no recuerdo.
– Entonces ¿cree que pudieron sustraerlas durante la fiesta?
– Supongo que sí.
Fen asintió, al parecer satisfecho.
– Ya me parecía -dijo-. Y, por supuesto, el comentario casual del capitán Graham es lo único que sugiere que en efecto estaban en el cajón -hizo una pausa-. Y ahora, ¿querría decirme la verdad sobre lo que hizo anoche, a diferencia de lo que le dijo a la policía?
La muchacha palideció.
– A la policía le dije la verdad. No maté a Yseut. Estuve toda la noche en el colegio, en mi cuarto.
– No le creo -dijo Fen.
En los ojos de Jean brillaron dos lágrimas.
– Por favor, Mr. Fen. Es la verdad. No maté a Yseut.
Fen pareció molesto.
– No dije exactamente que lo hubiera hecho. De cualquier forma estoy bastante al tanto de la verdad que se oculta detrás de este asunto, de manera que sus afirmaciones, ciertas o falsas, no tienen mayor importancia. Pero sucede que me agrada poner cada cosa en su sitio.
– ¿Sabe quién fue? -Jean lo miró fijamente, y hubo un temblor en su voz.
Fen asintió en silencio, esperando la súplica inevitable.
– ¿Y es necesario que se lo diga a la policía? Quiero decir…
Fen suspiró.
– Que me cuelguen -repuso- si no son la gente más caritativa, o bien la más inmoral que he conocido en mi vida. Todos, absolutamente todos, quieren echarle tierra al asunto y darían cualquier cosa con tal de que no se hablara más de él. Es descorazonador.