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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– No sé, pero me siento un poco culpable -dijo- por haber dado tanta trascendencia a lo que ocurrió entre vosotros. Fue una especie de locura.

– Mucho temo que por mi parte no haya hecho nada para aliviar la situación. Y aparentemente el detalle de que viniera a mi habitación no fue mal visto; es más, la policía llegó a insistir en que había pasado la noche con ella.

– Si hubiera estado en mis cabales…

– Oh, qué importa eso ahora, querida. Ya pasó.

Rachel adoptó una expresión grave.

– Pasó…, sí. ¿Tienen alguna idea de quién fue?

– Por lo que pude ver, muy poca. Tal vez Fen sepa algo, pero como hace tanto aspaviento es difícil asegurarlo. De cualquier forma olvídalo, por favor. Aunque mucho temo que la policía te haga una visita hoy.

– ¿Cómo? ¿Hay algo…?

– No, por Dios, no tengo nada que ocultar. Diles la verdad.

– En lo que a mí respecta la verdad es…, bueno, querido, la verdad es que no fui a North Oxford anoche; te mentí. Después de la discusión que tuvimos…, yo…, este…, confieso que no podía más, eso es todo. Tenía que ir a algún sitio donde pudiera estar sola.

– Por mi culpa.

– No, querido, tú no tuviste la culpa. Pero eso no tiene nada que ver con lo sentía. Fui…, fui al cine y vi una película espantosa.

– ¿Y bien?

– ¿No comprendes? Significa que no tengo coartada. Dirán que…

– Escucha, querida, no supondrás que van a arrestar a todos los habitantes de Oxford que carecen de coartada. Diles dónde fuiste y nada más. Recuerda -añadió Robert resueltamente- que si se proponen molestarte tendrán que vérselas con los mejores abogados de Londres.

Rachel parecía tan preocupada que él, abandonando su silla, se acercó a besarla suavemente en los labios.

– Por favor, mi vida- le dijo-, tranquilízate. Personalmente no pienso ocultar el hecho de que me parecerá excelente si el asesino escapa impune -volvió a su asiento-. Menos mal que Metromania anda bien; y en el futuro andará mejor todavía, aunque está mal que yo lo diga. ¿Sabes que ya estoy pensando en la próxima? Esta vez el personaje central será masculino. De la talla de Shotover, o de Giles Overreach; aunque, repito, está mal que yo lo diga.

– Supongo -dijo Rachel- que eso significa que piensas volver a encerrarte como una ostra no bien terminemos con ésta. Oh, Robert, eres atroz.

Robert se echó a reír.

– Ya lo se. Y no creas que me disgusta -la miró con expresión burlona-. No sé si a los demás les pasará lo mismo, pero llega un momento en que mi propia mente me aburre sobre manera. Escribir una obra nueva es como tener un hijo, o ir a nadar; el placer viene después.

Nigel matizó su solitario desayuno repasando mentalmente los hechos en lo que se le antojó una forma sana y objetiva. Sin embargo, ambas cualidades resultaron impotentes en lo que a traer un rayo de luz a su cerebro se refería. Lo que más lo intrigaba era el asunto del anillo: ¿qué razón podía haber tenido el criminal para ponérselo en el dedo a Yseut después de muerta? Recorrió varias posibilidades más o menos lógicas, pero tuvo que desecharlas no bien cruzaron el umbral de su mente. ¿Habría dicho la verdad Robert al afirmar que no estuvo con Yseut la noche del miércoles? Nigel creía que no, pero ¿cómo comprobarlo? ¿Qué significaba el detalle de la radio? ¿Y el hecho de que a Yseut la hubieran matado en las habitaciones de Donald? ¿Qué había ido a buscar Yseut allí? ¿Sería Jean quien había sustraído el revólver, y, de ser así, probaba eso que era la asesina? Nigel comprendió que ese catecismo interior, débil reminiscencia de los diálogos entre alma y cuerpo tan populares en los siglos diecisiete y dieciocho, no lo llevaría a ninguna parte, y lo abandonó a fin de reflexionar sobre el valor que podía tener el profesado método intuitivo de Fen. Concentrándose en la intuición, dejó que impresiones inconexas le invadieran la mente sin orden ni secuencia, para terminar más confundido que antes. Por un momento, es verdad, estuvo seguro de haber dado con un elemento obvio que era el único capaz de formar un todo con las piezas dispersas; pero evidentemente el proceso intuitivo había traspuesto los límites de su yo consciente, y le fue imposible alcanzarlo. Con un suspiro de cansancio, se dio por vencido.

Lo primero, en cualquier caso, era ir a ver a Helen. El ensayo no comenzaba hasta las once y seguramente ella todavía estaba en casa. Tomando su impermeable partió bajo la lluvia en dirección a Beaumont Street.

Cuando se aproximaba el número 265 distinguió dos siluetas familiares que venían en dirección contraria. Disipadas las brumas de la distancia, resultaron ser las del inspector Cordery y el sargento Spencer, evidentemente en cumplimiento de la misma misión que lo traía a él. En efecto, se encontraron en la puerta.

El inspector estaba de humor excelente. Saludó a Nigel con la suficiencia benévola de San Pedro cuando admite a uno de los evangelistas menores a la bienaventuranza eterna.

– Hola, Mr. Blake, qué pequeño es el mundo, ¿eh? -comentó sonriente-. Apuesto a que viene a ver a Miss Haskell, como nosotros.

– Sí, pero si molesto… -murmuró Nigel, poco dispuesto a abandonar la precedencia que, a su juicio, una corta cabeza le había dado sobre la policía.

– No, señor, puede subir con nosotros si quiere. Eso sí, voy pedirle que nos deje conducir el interrogatorio y que mientras estemos aquí no interrumpa.

Brindando solemne aprobación al convenio, Nigel los acompañó arriba, turnándose con el inspector en la vanguardia por la angosta escalera.

Helen estaba en su cuarto, escribiendo unas cartas. Era una habitación amplia, llena de luz y aire, cuidadosamente limpia y ordenada, y aun cuando la mayor parte de los muebles y adornos no le pertenecían, Helen había conseguido, como suelen la mayoría de las mujeres, imprimirles el sello de su propia individualidad sin dar la sensación de haber buscado el efecto. Aparte de eso, notó Nigel, también estaba el aspecto genérico: era incuestionablemente un cuarto de mujer, como lo gritaba -pensó Nigel sucumbiendo al hábito masculino del análisis- la cantidad de objetos pequeños que contenía. Inconfundiblemente femenina -y recordó la descripción que Chaucer hizo de Cressida.

Al sexo femenino, que nunca criatura alguna

Pero todos sus rasgos respondían tan bien

Estuvo más lejos del aspecto varonil.

El mismo regocijo que Chaucer había hallado en la femineidad trascendental, excelsa de Cressida, halló él en la de Helen. Vio la carita grave, infantil, la seda suave y ondulada de su pelo, y se sintió perdido. Del fondo de su garganta brotaron ruidos de salutación, a los que ella respondió solemnemente.

Hasta el inspector, notó Nigel con un orgullo que no tenía razón de ser, quedó encantado con ella. Su actitud se tornó todo lo tranquilizadora que permitía su fisonomía de pájaro. A Nigel le sorprendió ver la encantadora gentileza y naturalidad con que expresó sus condolencias, y el modo en que se disculpó por molestarla tan temprano.

– Como supuse que querría ir al ensayo -dijo-, creí preferible terminar de una vez con este engorroso asunto. Pura rutina, ¿comprende?

Asintiendo, Helen les ofreció asiento.

– Temo parecerle un poco dura de corazón, inspector -dijo-. Pero Yseut y yo nunca nos llevamos bien (en realidad jamás nos comprendimos), y después de todo no era más que mi hermanastra. Así que si bien su muerte me ha causado, como es natural, profunda impresión, no puedo fingir que la considero una pérdida muy personal.

Tras considerar aquello un momento, el inspector pareció captar el punto de vista y hallarlo comprensible; probablemente todavía estaba bajo la influencia de los cuentos de hadas leídos en la infancia, donde las hermanastras son invariablemente seres malvados, que quitan placer a la lectura.

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