El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Permanecieron en silencio un ralo. Después Nigel dijo:
– ¿Y qué hay del anillo, Gervase? ¿De la mosca dorada?
– Mosca dorada es, en verdad -respondió Fen-. Eso, reconozco, es lo que más me intriga. Y ahora -consultó su reloj-, Helen, tenemos que ponernos en camino, de lo contrario llegaremos tarde al ensaye». Como bien dijo Mr. Herbert Morrison, con palabras que lo hicieron inmortal, debemos salir a su encuentro. Debemos… ¡Oh, por las barbas del profeta! ¡Cómo no me di cuenta…! -se interrumpió, con la mirada fija en el vacío-. ¡Señor, Señor, qué estúpido! Y sí…, claro, encaja perfectamente. Es típico. Quiera Dios que Gideon Fell jamás se entere de mi torpeza. Se pondría inaguantable.
Nigel le devolvió una mirada fría.
– Basta de tonterías -dijo-. Sabe perfectamente bien que no entendemos nada de toda esa pantomima. Usted es el único que las entiende. Y ahora vamos, son las once menos cinco. Tendremos que ir corriendo.
No sin cierta dificultad consiguieron sacar a Fen de la habitación.
Camino del teatro el profesor soltó un rosario de lamentaciones, indicio de que poco a poco iba recobrando la normalidad. Se quejó imparcial y extensamente del tiempo, de la evolución de la guerra, de la comida y de la Universidad en general. Respecto de este último tema, llevó su particularización al grado infamante. Cuando llegaron al teatro Helen y Nigel jadeaban por el esfuerzo que habían tenido que hacer para no quedarse rezagados y seguir los largos pasos de Fen.
La reacción de la compañía en conjunto ante la noticia de la muerte de Yseut parecía saludable; en el ambiente flotaba cierta sensación de alivio, y al parecer la probabilidad de que entre ellos anduviera suelto un asesino no inquietaba a nadie. A decir verdad, el sentir general era que lo ocurrido difícilmente podía entrar en la categoría de crimen, perteneciendo más bien a esa clase de actos dolorosos, pero necesarios, tales como ahogar gatitos sobrantes, acabar de un tiro piadoso con los sufrimientos de un perro viejo, o quizá la sanitaria exterminación de piojos e insectos similares. El ensayo comenzó y avanzó sin tropiezos. Nigel se sentó a verlo en la platea, en tanto Fen deambulaba por los alrededores atravesándose en el camino de todos, demostrando un interés exagerado en lo que veía y formulando preguntas a cual más tonta.
Poco después de las doce Robert hizo un descanso, y la mayoría de los actores cruzaron al Aston Arms, entre ellos Fen y Nigel acompañados por Helen. El Aston Arms no es una de esas típicas tabernas de paso que atraen al viajero ron su alegre decoración moderna. Exudaba una atmósfera del pasado tan punzante que entre sus paredes la sombra de parroquianos muertos y enterrados hacía tiempo intimidaba y hostigaba espiritualmente a los parroquianos vivos. Cualquier sugestión de reforma o modernización chocaba contra la férrea resistencia de la administración, personificada por un viejo corpulento que a juzgar por las apariencias se estaba desintegrando a un ritmo alarmante en los elementos químicos que lo componían. Un complicado ritual, del que la menor desviación se consideraba anatema, presidía el pedido y consumo de bebidas; dentro se mantenía una jerarquía social estricta; a los visitantes irregulares se los recibía con mala cara, y los clientes habituales, especialmente aquellos que pertenecían a la profesión teatral, eran tratados con desprecio moderado, pero penetrante. El único rasgo saliente de la pequeña y más bien destartalada taberna era un enorme loro desplumado que, habiendo contraído a edad temprana el hábito de picotearse las plumas, ofrecía ahora a la concurrencia el impúdico espectáculo de un cuerpo gris y descarnado en el que solamente las plumas de la cresta y de la cola fuera de su alcance, se habían salvado. Regalado al propietario del Aston Arms por cierto profesor alemán en un ataque de gratitud lacrimosa, sabía recitar un poema entero de Heine, proeza a la que, sin embargo, había que instarlo repitiendo cuidadosamente dos líneas del principio de L'Après-midi d'un Faune de Mallarmè, que sin duda hacía vibrar en su cerebro la cuerda de sugestión apropiada. Esta aptitud despertaba las más hondas sospechas en la soldadesca que solía visitar el Aston Arms, sospechas que únicamente igualaban las que les inspiraban aquellos de sus paisanos capaces de hazañas iguales o mayores en el sentido; el dueño lo empleaba para advertir a los clientes de la inminencia de la hora del cierre, y los tonos broncos de Ich weiss nicht, was soll es bedeuten, dass ich so traurig bin precedían normalmente a métodos de evacuación más contundentes.
La entrada de Fen en el pequeño recinto amenazó desbordarlo; hasta la sibila que atendía el mostrador pareció intimidada por su exuberante presencia. Fen hizo el pedido en forma profana e iconoclástica.
– Cuando era celador -contó- solía tener grandes dificultades…, con las tabernas, quiero decir. Invariablemente encontraba in fraganti a mis alumnos más brillantes y nada me habría gustado más que sentarme con ellos a hablar de literatura. Entonces iba solamente cuando no podía evitarlo, entraba con expresión solemne y me hacía el distraído. Cuando le tocaba el turno a otro celador, averiguaba su itinerario y llamaba a mis mejores amigos para ponerlos sobre aviso. Lástima que era un procedimiento completamente ilegal -suspiró.
– ¡Buen pillo habrá sido! -comentó Nigel, granjeándose el mudo reproche del profesor.
Sheila McGaw y Nicholas estaban en un rincón, el segundo empeñado en rizarle la cresta al loro.
– Si trata de morderte -dijo Sheila, comedida-, no retires la mano; eso le enardece -Nicholas pasó momentos de verdadera agonía, después retiró el dedo y se lo quedó contemplando contrito.
– Eso -dijo secamente- es una falacia.
Fen fue hasta ellos.
– Ah, Barclay -dijo-. Me gustaría intercambiar unas palabras con usted, si es posible -sonrió cordialmente a Sheila, que acto seguido se encaminó al mostrador, donde estaban Robert y Rachel. En el silencio incómodo que siguió se oyó la voz de Donald Fellowes, discutiendo una técnica orquestal en otra parte del recinto.
– ¡Qué lástima! -se quejó Fen-. Se ha hecho el silencio de golpe. Y no quiero que nuestra conversación sea tan pública -apostrofando al loro en francés consiguió hacerlo atacar el Die Lorelei; como resultado la conversación subió inmediatamente de tono. Por encima del murmullo general, Fen preguntó-: ¿Fue a verlo el inspector esa mañana?
– No -respondió Nicholas-, por suerte. Seguramente quedó satisfecho con mi declaración de anoche. ¿Cómo marchan las cosas?
Fen lo miró con curiosidad un momento.
– Tan bien como era de esperar -contestó-. Dígame una cosa, ¿está absolutamente seguro de que usted ni Donald abandonaron ese cuarto anoche?
– … Die schönste Jungfran sitzet dort obren wunderbar -decía el loro en tono sentido; hizo una pausa y soltó un jadeo estentóreo antes de pasar a la estrofa siguiente.
Nicholas abrió los brazos en ademán de derrota.
– Maestro -dijo-, me ha descubierto. ¿Cómo lo adivinó?
– Lo adiviné -Fen no quiso dar explicaciones-. Supongo que fue Donald el que salió…, después de correr las cortinas.
Nicholas no ocultó un sobresalto.
– Y eso ¿cómo lo supo?
– Una simple conjetura. Creo que cuando se acercó a la ventana vio a alguien conocido fuera y salió a hablar con él. Hay algunos detalles para los que no cabe otra explicación.
– Pues sí, tiene razón. El y la otra persona estuvieron conversando en la curva del corredor que da al patio. No creo que ese tonto de obrero lo haya notado. De todas maneras Donald volvió a los dos minutos. No hay ninguna razón para suponer que uno de ellos tuvo algo que ver con el crimen.
– ¿Entonces sabe quién era esa otra persona? -preguntó Fen, suavemente.