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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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Fen se irguió en toda su estatura y miró a Donald como un trasatlántico podría mirar a un triste remolcador.

– Es usted -dijo-, el cobarde más imbécil, cretino y estúpido que he tenido la desgracia de conocer. Y, lo que es peor, se vuelve más cobarde, imbécil, cretino y estúpido cada hora que pasa. A pesar mío debo reconocer sus méritos como organista y maestro de coro. De lo contrario, lo más probable es que el colegio no lo hubiera podido soportar tanto tiempo. Más de una vez tuve que hacer valer mi influencia para que no lo despidieran por haragán. Y ahora tiene la impertinencia de venir a poner en tela de juicio los derechos que me asisten para intervenir en el caso. Le advierto que si sigue con esta estúpida política de ocultamiento acabará en un calabozo, y lo tendrá bien merecido; y entonces sí que no moveré un dedo para sacarlo.

Donald estaba lívido.

– ¡Váyase al diablo! -gritó-. ¿Quién es usted para hablarme en ese tono? Oh Dios, bien que me alegraré de salir de este condenado agujero, con sus estúpidas tradiciones y sus intrigas y sus remilgos. Si piensa que sus amenazas me asustan, le prevengo que está muy equivocado -fulminando a Fen con la mirada, giró sobre los talones y se marchó.

Nigel que había llegado a tiempo de asistir a la culminación del inesperado y bochornoso incidente, silbó por lo bajo.

– ¡Bueno, bueno! -dijo-. ¡Injurias con propósito de venganza!

Fen sonrió alegremente.

– Lo siento, pero fue una escena calculada por mi parte, en pro de un objetivo completamente desapasionado. Tal vez no debería haberlo hecho -pareció vacilar-. Pero podía haber resultado -se rascó la nariz, pensativo.

Sheila soltó la carcajada.

– Cuando Donald se ofende, es cómico -dijo-. Dentro de media hora se le habrá pasado -bostezando, se desperezó.

– Y ahora -anunció Fen paseando una mirada ansiosa en torno- debo ver a Miss West, antes de que empiecen otra vez el ensayo -señaló su vaso vacío-. Nigel, sé bueno y tráeme un poco más de este brebaje inmundo -con aire resuelto avanzó en dirección a Rachel, que estaba conversando con Robert.

– Confío en que el ensayo no le resulte demasiado pesado -le dijo Robert, brillantes sus pupilas detrás del cristal de las gafas.

– Por el contrario, lo encuentro fascinante -respondió Fen- e inconcebible.

– ¿Inconcebible?

– En ésta, como en muy contadas obras de la literatura, hay cosas que uno sólo puede atribuir a inspiración divina. Normalmente es fácil seguir los procesos más bien complicados y mecánicos del pensamiento de un autor. Hablo de las cosas inesperadas, inconcebibles, las que no encajan dentro de ese proceso y que, sin embargo, son absolutamente correctas, a eso me refiero.

Robert río.

– ¡Tretas! Puras tretas, le aseguro. Pienso empezar pronto otra que confío salga un poco mejor…, o menos mal.

Fen asimiló en silencio la primicia.

– ¿Otra? -repitió luego.

En cuanto terminemos aquí. Y esta vez la presentaremos en Londres con bombos y platillos. Espero que también ésta vaya allí. Aunque eso puedo asegurarlo ahora que estamos un poco más adelantados. Ni siquiera con una experiencia de años como la mía se puede saber a ciencia cierta cómo saldrá en la práctica lo que uno está escribiendo -bajo la sobria indiferencia de su tono había una nota de fanatismo, que indujo a Fen a preguntar:

– ¿Y por qué escribe, principalmente?

El otro sonrió.

– Por dinero… y por vanidad; creo que esa es la razón de que la mayoría de los hombres, hasta los que alcanzaron la cima de la fama, hayan escrito. La Creación del Arte -logró trasmitir las mayúsculas- es un objetivo que rara vez entra en sus cálculos. Por necesidad. Los artistas más originales ignoran lo que es el arte, o la belleza. Invariablemente son críticos desastrosos; los escritores no tienen noción de música, ni los músicos de literatura, ni los pintores de música o literatura, de modo que lo que buscan no puede ser la belleza. Eso es presumiblemente una especie de contingencia incidental, como la perla en la ostra.

Hubo una pausa brevísima. Luego Fen asintió con vigor.

– Espero el lunes impaciente -dijo-. ¿Qué tal se arreglan sin Yseut?

Robert pareció incómodo.

– Por cruel que parezca nos arreglamos perfectamente sin ella. Esa costumbre que tenía de hacer críticas tontas, pero persistentes, estaba resultando pesada. Personalmente no me molesta que critiquen mis obras, siempre y cuando sean críticas inteligentes. Pero Yseut, la pobrecita, ignoraba hasta los conceptos más elementales del teatro, y trataba de subsanar esa ignorancia oponiéndose a todo lo que iba en contra de los prejuicios de su mentalidad comercial. Y, como si fuera poco, expresaba sus opiniones en público y en términos por demás ofensivos. Créame que comenzaba a ser problema serio.

– Concedido -admitió Rachel-, pero creo que todos están exagerando su valor como molestia, especialmente ahora que está muerta. A fin de cuentas, no era más que una de las tantas personas latosas con que la Providencia ha creído prudente castigar a la humanidad.

– De acuerdo -dijo Fen-. Este dichoso asunto nos ha tenido a mal traer -suspiró-. A todos les faltó tiempo para correr a decirle a la policía hasta qué punto la detestaban (supongo que para alejar las sospechas de ellos, exagerando la nota), y el resultado fue ocultar matices de opinión más sutiles e importantes.

– ¿Acostumbran los detectives -preguntó Robert, mansamente- a discutir así el crimen con los sospechosos, con tanta imparcialidad y franqueza?

– Un sine qua non -respondió Fen-. Se supone que durante la conversación traicionarán sus sentimientos recónditos. Pero ¿acaso se considera entre los sospechosos?

– Bueno -dijo Robert, en tono displicente-, supongo que nada me impedía salir corriendo del lavabo, matar a Yseut y después volver a esconderme para reaparecer en el momento apropiado.

– Lamento decirle que por razones analizadas a fondo no podría haber hecho nada de eso. De esa acusación puede considerarse a salvo.

– No diré que eso me tranquiliza porque sinceramente nunca la tuve por posibilidad seria. Pero siempre conviene aclarar las cosas -Robert parecía estar archivando el asunto en algún rincón perdido de su mente.

– ¿Y yo? -intervino Rachel-. ¿También estoy bajo sospecha?

– Depende -repuso Fen, afablemente-. ¿Qué hacía en el momento del crimen? -la apostrofó con severidad.

– Estaba en el cine, meditando sobre los defectos del sexo fuerte.

– ¡Cómo! -se sorprendió Fen-. Tenía entendido que unos amigos de North Oxford le brindaban una coartada impecable.

– Yo tengo la culpa -terció Robert-. Mi mente literaria y la alta opinión que tengo de mi persona me impiden ver que eso era un mero pretexto para huir de mí.

– El inspector comenzó a sospechar cuando lo supo -siguió diciendo Rachel-. Para colmo de males no puedo recordar qué cine era (simplemente entré en el primero que me salió al paso) y tampoco la película que daban. Lo cierto es que no le presté ninguna atención, creo que ni siquiera podría decir de qué trataba. Por lo visto el inspector es de esas personas que van a ver una película determinada, llegan puntualmente al comienzo y se entregan a ella en cuerpo y alma hasta el final.

Fen asintió.

– Personalmente -comentó distraído- siempre que voy al cine es para dormir; encuentro soporífica la atmósfera de las salas -miró alrededor aparentemente buscando la admiración y el aplauso de los presentes para aquella excentricidad. Luego una sombra cruzó sus facciones, y añadió-: Pero yo que usted no trataría con tanta ligereza esa falta de coartada. Sabemos que todo es muy lógico y humano, pero eso no quita para que siga sin poder justificar sus movimientos a la hora del crimen.

Merezco la reprimenda -admitió Rachel, seriamente-. Por supuesto que tiene razón. Pero ¿está absolutamente probado que Yseut no se suicidó? Sé que suena poco probable, pero…

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