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El caso de la mosca dorada

Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:

Una joven y temperamental actriz, a quien la totalidad de su compañía teatral detesta, muere asesinada en Oxford, en extrañas circunstancias, durante los ensayosde una nueva obra. Afortunadamente para la policía el crimen ocurre en la propia Facultad donde Gervase y Fen, hombre de letras y detective aficionado, imparte su enseñanza.
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
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– Bueno -siguió diciendo el inspector-, antes de irme echaré una ojeada al otro cuarto. Y si quieren saber mi opinión -agregó, siguiendo un impulso-, aun admitiendo la existencia de algunos puntos oscuros, para mí fue un suicidio. Ése -recalcó- es el punto de vista oficial -el comentario sonó a vaga insinuación del perjuicio que podían ocasionar las actividades extraoficiales. Por fin, con una última y afable inclinación de cabeza, se marchó seguido de Spencer y sus trastos.

Nigel se volvió hacia Helen. La joven estaba un poco pálida. Durante un instante se miraron en silencio; después Helen dijo:

– Querido -y acercó sus labios a los de él.

10

ESPERANZAS MARCHITAS

¿Qué pudo impulsarte en edad critica

A aplastar semejantes esperanzas florecientes

en un escenario?

¿Y valía la pena este asombroso desperdicio de fuerza

Para proclamar al mundo tu falta de cerebro?

Churchill.

Pasaron por lo menos diez minutos antes de que oyeran el golpecito en la ventana. Nigel fue hasta ella, la abrió y miró hacia abajo. Gervase Fen, profesor de Lengua y Literatura Inglesa de la Universidad de Oxford, estaba en la acera, contemplando con aire pesaroso la alcantarilla por donde se había ido para siempre el lápiz que acababa de arrojar contra la ventana. Cuando alzó la vista, empero, parecía estar como de costumbre, de humor excelente. Se había arrebujado en un impermeable gigantesco, y en la cabeza tenía un sombrero indescriptible.

– ¿Puedo subir? -gritó-. A Dios gracias pude eludir al inspector y a sus esbirros. Tengo que ver a Helen. A usted no lo necesito -añadió a guisa de reflexión tardía.

Nigel lo invitó a subir con un ademán, dio con la cabeza en el marco, y soltando una imprecación se apartó de la ventana. Fen trepó los escalones de cuatro en cuatro, y estaba en la habitación cuando Nigel se dio la vuelta.

– No cometa esos excesos -le dijo Nigel, a quien la exhibición atlética tomó desprevenido.

– Me he pasado la mañana -anunció Fen, sin preámbulos- siguiéndole los pasos al bueno del inspector, aplacando los temores despertados por él, suavizando los rencores que desató y en general recogiendo una cantidad de información intrascendente e inútil -se interrumpió, sometiéndose resignado a las exigencias de la cortesía, y sonriendo dijo a Helen-: Bien, bien, ¿qué tal, hija mía? No le doy mi pésame porque sé que es innecesario.

– Bendito sea, Gervase -respondió Helen, jovialmente.

– ¿Desde cuándo se conocen ustedes dos? -inquirió Nigel, entrando en sospechas-. Y… ¿quiere que los deje solos?

– Es un Wahlverwandtschaft, -dijo Fen-. ¿No es cierto, Helen?

– Oh, déjese de payasadas -lo interrumpió Nigel, con aspereza-, y díganos cómo amaneció el enfermo.

– Más o menos como anoche -Fen se desplomó pesadamente en una silla-. Aunque en honor a la verdad han aparecido dos o tres detalles nuevos. Es un asunto muy complicado: engranajes dentro de otros engranajes -inclinó la cabeza con aire misterioso.

– Supongo que comprenden -intervino Helen- que no sé una palabra sobre la forma en que mataron a mi hermana. ¿Qué les parece si uno de ustedes me cuenta los detalles?

La expresión de Fen se tornó grave de improviso.

– Habla tú, Nigel -dijo-. A lo mejor si te oigo veo todo un poco más claro.

De manera que Nigel repitió una vez más aquellos hechos asombrosos, engañadores, improbables. Ninguna luz se hizo por ello en su cerebro; y cuando terminó pidió a Fen aclaraciones y comentarios. El profesor comenzó por hacer una pausa, para encender un cigarrillo; sosteniéndolo entre los dedos manchados de nicotina, esbozó un ademán vago.

– Seguramente -dijo- sabrán que la bala salió del revólver que encontramos. Y que el anillo es de Miss Sheila McGaw, que tuvo el descuido de dejarlo olvidado en un camerino.

– Sí, sí -lo apremió Nigel-, ya sabemos eso.

– «Mr. Puff, puesto que lo sabe todo, ¿por qué Sir Walter sigue diciéndoselo?» -Fen no resistió a la tentación de hacer la cita-. Sin embargo, al grano -se reprendió duramente. Puede que en el día de hoy salgan a la luz dos o tres cosas más. Ustedes piden comentarios. Pues bien, en relación con el panorama de conjunto, les diré esto: supongan por turno que cada uno de los sospechosos cometió el crimen, y después piensen en cuál de los demás, habiendo visto a la persona en el acto de cometerlo, se sentiría inclinado a protegerlo… o protegerla.

– ¿Quiere decir que hay un cómplice? -aventuró Nigel.

– ¡No, por favor! Nada tan deprimente. Todo lo hizo una persona, sin ayuda. Pero hagan lo que les digo; piensen.

– Bueno -dijo Nigel, lentamente-, supongo que Rachel protegería a Robert, y viceversa; Jean protegería a Donald: no sé si aquí se aplicaría la inversa, pero me inclino a creer que él también la protegería a ella: Nicholas quizá podría proteger a cualquiera, nada más que por divertirse, pero el candidato más probable es Donald; y esa tal McGaw…; sobre ella no puedo opinar.

– ¡Ah! -Fen parecía sumamente complacido-. Y ahora al crimen en sí. Concéntrense en los siguientes puntos. Primero, la radio transmitió la obertura de Meistersinger, y después Heldenleben, rica mezcla teutónica; segundo, cuando nosotros entramos en la habitación había olor a pólvora. Tercero, nada de lo que contenía ese cuarto fue tocado en el cuarto de hora (por lo menos) que precedió a nuestra entrada. Si eso no les dice nada -concluyó, sabiendo de antemano que así sería-, entonces tengo frente a mí un par de obtusos.

Suprimiendo rápidamente varios impulsos indignos, Nigel se contentó con preguntar:

– ¿Es verdad eso de que sabe quién fue?

– Es verdad, lo sé -respondió Fen, en tono sombrío-. En una forma u otra he interrogado a todos los candidatos. Pero todavía queda mucho por confirmar, enderezar y reforzar. Fue un crimen mal hecho, un trabajo bastante precario -se volvió bruscamente hacia Helen-. ¿Cómo reaccionaría si dejase que la persona que mató a su hermana eludiera el castigo? Recuerde que es un problema real, no una hipótesis abstracta. Por lo que veo, la policía no anda bien encaminada. La senda que han tomado no los llevará a ninguna parte.

Helen meditó un instante. Después, francamente, dijo:

– Dependería de quién fuese. De ser Robert o…, sí, Rachel, o hasta Sheila o Jean, no creo que me importase. Pero si fuera Donald, o Nick…, sé que suena brutal, pero…, bueno, entonces sí me importaría.

Fen asintió con aire grave.

– Muy sensato -dijo-. Personalmente me inclinaría a dar al culpable una ínfima oportunidad, una sutil advertencia para que escape a tiempo, digamos. En este desierto de cupones de racionamiento y libretas de registro y tarjetas de identidad, si alguien logra escapar merece el premio de la libertad por la hazaña. Pero no sé si se dan cuenta de que eso sería perfectamente inmoral -añadió en tono burlón, implicando injustamente a Helen y a Nigel en la acusación-, y según la ley sería cómplice del criminal. Pero su hermana, Helen (perdóneme), parece haber sido una verdadera alhaja, en más de un sentido.

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