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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– Lo lamento, pero me es completamente imposible -y después abrió la puerta con la intención de sentarse en el lugar del conductor. Fue entonces cuando ella lo agarró del brazo sujetándolo por la manga. Ese contacto físico había bastado para desmoronarlo por completo, de manera que en aquel instante se había quedado completamente paralizado. A pesar de que se le ocurrió que lo mejor sería llamar de inmediato a un policía militar para que la echara de allí, no fue capaz, como en otras ocasiones, de protegerse con la coraza de la indiferencia, porque una oleada de compasión y de temor lo inundaba debilitándole la voluntad y el cuerpo, y una especie de humanidad, por la que en aquel mismo momento sintió un gran desprecio, lo empujó a comportarse con flexibilidad.

– Señoría -suplicó ella-, permítame solamente que le explique lo que sucedió entre la primera investigación y la segunda, y cómo hicieron desaparecer al soldado que había estado con ellos, que sin estar todavía licenciado, lo licenciaron, y hasta lo enviaron a Nepal para que no pudiera aclarar por qué en esa ocasión no les ataron las manos ni los pies, y debe saber su señoría que el comandante de la base, un testigo vital en este juicio, se tiene que ir, precisamente ahora, a un curso de especialización a los Estados Unidos; mire, señoría, mire lo que están haciendo, es imposible cerrar los ojos a todas estas cosas. Usted no puede colaborar con ellos.

Realmente le resultaba difícil soportar aquel tono de súplica, pero la compasión se convirtió enseguida en furia, aunque no se había dejado dominar por las dudas en ningún momento. Dio gracias a Dios porque se le hubiera ocurrido abordarlo a él y no al guapo, o al teniente coronel Katz, aunque se imaginaba que también a ellos les llegaría el turno. El juez se soltó de la mano de ella retirándole con fuerza los dedos, que le estaban haciendo daño en el brazo, y no dejó de recordarse a sí mismo, instante tras instante, que él no hacía más que cumplir con su deber lo más correctamente posible y que ya había mostrado para con ella suficiente buena voluntad, por las especiales circunstancias de aquel caso, mientras que ella no se lo agradecía en absoluto. También a ella se lo dijo en voz alta:

– Señora, siento de verdad no poder ayudarla, pero se está dirigiendo usted a la persona menos indicada. La batalla que usted está librando en pos de la justicia no tiene nada que ver con los tribunales -ella, entonces, dejó escapar un gemido amargo y horripilante que pareció una carcajada, y el juez, en un tono tranquilizador y sereno que intentaba acallar la tormenta espiritual en la que se hallaba sumido, sobre todo por ser consciente de que estaba traicionando su cargo, y no sólo durante un instante, le dijo-: Señora, usted es una persona inteligente que sabe que no existe relación alguna entre un juicio determinado y la justicia como tal, porque quien busque la verdadera justicia en los tribunales la está buscando en el lugar equivocado. La función de los tribunales, como habrá podido ver usted desde el principio, consiste en guardar y cumplir la ley. Exclusivamente la ley, y nada más.

– Señoría -dijo entonces ella asomándose a la ventanilla del coche-, con toda seguridad habrá leído usted los escritos de Kafka.

Y él, aunque pensaba no contestar, le dijo de pronto, en contra de su voluntad, con una frialdad que no conseguía ocultar su ira:

– Lo que usted debería hacer es pensar en profundidad en lo que es responsabilidad, en el concepto «responsabilidad», y en la responsabilidad de los que cometen una acción, la responsabilidad directa y simple de quien hace algo en este mundo, aunque sea bajo la influencia de unas normas establecidas.

En ese momento se asustó de sí mismo, puso en marcha el motor y vio en la cara de la mujer la expresión de la duda de si quedarse o no delante del coche para impedir, con su cuerpo, que se marchara. Pero, por lo visto, comprendió que no adelantaría nada con ello, se apartó a un lado y se dirigió por el camino enlosado hacia la garita de los vigilantes que había en la entrada, entre el camino y el portón de salida. De la garita -una casita de piedra por la que tenían que pasar las visitas para depositar sus documentos de identidad a cambio de un papelito rosa desgastado en el que aparecía un número borroso- salían los alaridos de júbilo de una cantante de voz ronca que cantaba Freedom! Freedom!, y otras dos voces que la acompañaban desde dentro. El policía de regimiento se cuadró al ver aproximarse el coche, pero el juez Neuberg tuvo que tocar el claxon varias veces para conseguir que le abrieran el portón del aparcamiento.

Ahora, en su camino desde la oficina hasta la sala número 2, el juez notó que el mayor, que iba inmediatamente detrás de él, se sobrecogía al ver el grupo de mujeres que ocupaba la segunda fila. El juez Neuberg ya sabía que llevaban las pancartas escondidas y que las desplegarían cuando les pareciera oportuno a lo largo de la sesión. Supuso también la naturaleza de las palabras que les dirían ese día a los reporteros y a los periodistas que llenaban la sala. Cada día que pasaba, la sala se llenaba más y más, y cada día aparecían sentadas junto a aquella mujer más y más mujeres, que aunque no vestían de negro a él sí se lo parecía y hasta se imaginaba que llevaban la cabeza cubierta con unos pañuelos oscuros. Como había ocurrido durante la última sesión, al dirigir ahora la mirada hacia la segunda fila y contar cinco mujeres, creyó que se iban a alzar, una tras otra, como unas manchas negras cubiertas con sus pañuelos, y que se iban a poner a gritar todas a una como si hubieran salido de un drama de la antigüedad. Y para intensificar la impresión de aquella imagen -que, sin embargo, se deshizo en su imaginación en unos cuantos segundos-, fuera un cuervo emitió unos cuantos graznidos, potentes y agudos, como si hubiera entrado en la sala. «Para que exista orden interno, antes tiene que haber un orden externo», había dicho el juez en la secretaría, y todos los días le recordaba a la oficial de la sala que el lugar debía mantenerse limpio, examinaba la transparencia de los cristales, exigió que se reparara el aparato del aire acondicionado, que trajeran más bancos a la sala y que se engrasaran los goznes de las puertas que rechinaran.

No les había contado a los demás nada acerca de la versión especial de la carta que él había recibido de la señora Avni, una carta de cuatro páginas; en la última, en la añadida, le prometía que no lo dejaría en paz, que lo perseguiría en sus sueños, que no abandonaría la lucha, y le suplicaba que tuviera en cuenta la fuerte presión social que existía en el país, porque cualquiera que hubiera estado en el ejército, en unos campamentos juveniles o incluso simplemente en una pandilla de niños de barrio sabía muy bien a qué está dispuesta la gente de aquí con tal de ser aceptados por los demás, sobre todo cuando todavía la personalidad no está formada, como en el caso de los dos acusados que ni siquiera habían cumplido los veinte. «¿Cómo es posible -le había escrito ella- pretender que ellos son los únicos responsables de una desgracia como ésta, mientras que los mandos, que ya son adultos, incluso padres de familia, lo habían incitado y empujado a participar con el solo propósito de que pudiera fardar delante de los demás?»

A lo largo de las sesiones que habían tenido lugar desde el comienzo del juicio, se habían ido sucediendo un sinfín de escenas desagradables que demostraban la veracidad de las palabras de aquella mujer y que si él lo hubiera permitido lo habrían perseguido día y noche, sólo que procuraba no pensar en ellas como algo relacionado con el juicio, sino como algo que, como mucho, tenía que ver con su condición de ciudadano de ese país. A pesar de ello, aunque no permitía que hicieran mella en él, se sentía más hambriento que nunca. Su manera de comer tenía un claro componente de auto- destrucción casi suicida, según lo que le había dicho aquel doctor y según lo que, de igual modo, opinaba su mujer, que había dejado de protestar por las enormes cantidades que él se servía en el plato para pasar a mirarlo con verdadero rencor, como si estuviera maquinando abandonarla. Pero en la discusión acerca de su alimentación, que se había convertido en una especie de señal manifiesta de la angustia en la que se hallaba sumido, también intentaba no pensar.

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