Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– ¿Y nunca se le ocurrió que ese juego podía poner en peligro una vida humana?
– No -dijo el teniente coronel Malka-, la red parecía completamente segura, nunca lo pensé -su voz había ido muriendo y él había bajado los ojos.
– Puede decirse, pues, que usted no se opuso ni sintió ningún recelo hacia ese juego, sino que por el contrario alentaba a otros a jugar a él -propuso la defensa.
– Yo no alenté a nadie -protestó el comandante de la es- cuadrilla-. ¿Cómo que yo los alentaba?
La pregunta quedó planeando por el espacio de la sala hasta que el mayor Weizmann se inclinó hacia un lado y le susurró algo al oído al juez Neuberg, quien preguntó en voz alta:
– ¿Para qué?
A lo que el mayor contestó:
– No sé si se me volverá a presentar la ocasión, y tengo que saberlo. Además tiene que ver con la credibilidad del testigo, porque fuera de este tribunal no me está permitido hablar con él.
El juez se quedó pensativo durante un momento y después, encogiéndose de hombros, dijo:
– Si insiste, adelante.
Y entonces el mayor Weizmann le preguntó al testigo si había visto el borrador del informe de la comisión de investigación, después de lo cual se apresuró a fijar la vista en un punto alejado, por encima del hombro del teniente coronel Malka, para no ver la mirada del comandante de la escuadrilla, que había apoyado las manos en la mesa que tenía delante y miraba interrogativamente al juez Neuberg, hasta que éste asintió con la cabeza y le dijo:
– Simplemente responda a la pregunta -momento en el que aquél retiró las manos de la mesa, extendió los brazos a ambos lados de su cuerpo y clavó unos ojos ofendidos en el mayor.
– Quizá -dijo, después de una larga reflexión-, puede que lo viera, pero no me acuerdo, no estoy seguro.
– ¿Que no se acuerda usted? -recalcó el mayor Weizmann-. ¿Cómo puede olvidarse una cosa así?
– Puede que sí lo viera -explicó el testigo-, pero no recuerdo lo que decía.
– ¿No aparecerían allí, quizá, informes personales? -preguntó el mayor Weizmann, en un intencionado tono de indiferencia-. ¿Sería eso posible?
– No lo creo -se atrevió a decir el testigo sosteniéndole la mirada-. Me parece que no podía haberlos, pero… -se encogió de hombros, se ruborizó ligeramente y con una voz potente y clara gritó-: Sé muy bien que se trata de una calumnia, una de las muchas calumnias de la familia, que no quiere permitir que se lleve a cabo una verdadera investigación, sino que lo que desea es venganza, que los oficiales vayan a juicio.
El juez Neuberg respiró profundamente, porque en ese momento se habían levantado todas las mujeres y se habían puesto a gritar al testigo, al fiscal y a los jueces. Mientras gritaban -«Aquí se difama y se humilla a las familias que han perdido a sus hijos», clamaba una mujer de barbilla afilada y prominente, «Nosotros les entregamos lo que más amamos y ustedes nos escupen en la cara», vociferaba Rajel Avni-, agitaban unas pancartas con letras rojas y negras sobre papel blanco, en las que el juez pudo leer, tras una rápida mirada, frases como «Derraman nuestra sangre», «Nos llevan al matadero», «El fiscal es un embustero» y «Partida vendida de antemano». Vio que los reporteros que estaban sentados en la última fila se levantaban para poder ver las pancartas y que algunos tomaban apuntes con verdadera fruición. No merecía la pena llamar al orden. El juez Neuberg echó un vistazo al reloj, le preguntó con la vista al abogado defensor si había terminado con el testigo y anunció que se levantaba la sesión hasta el día siguiente.
De camino a la oficina los tres siguieron oyendo los gritos que no cesaban.
– Mejor será que, de momento, no salgamos del despacho -les dijo el juez a los adjuntos-. Vamos a pedir que nos traigan aquí algo de comer.
– Yo salgo un momento -dijo el teniente coronel Katz-, porque a Eli Malka lo conozco, estuvimos juntos en un curso de oficiales hace muchos años, y ahora de ninguna manera puedo actuar como si no hubiera pasado nada.
– Precisamente por eso será mejor que se quede -le ordenó el juez Neuberg-. Tiene usted prohibido hablar con él mientras dure este juicio, ya le he explicado antes que queda usted incapacitado para ejercer de juez si tiene cualquier contacto con él, se lo he explicado.
El teniente coronel Katz se quedó junto a la puerta con la mano sobre el picaporte.
– ¿Desea usted abandonar todo este asunto? -le preguntó el juez Neuberg pacientemente-. ¿Le resulta a usted demasiado duro porque se identifica con su amigo?
El teniente coronel Katz permaneció unos segundos más junto a la puerta, y después volvió a sentarse al lado del escritorio claro, frente al juez Neuberg.
– No quiero abandonar el caso -dijo con pena-, porque yo nunca dejo las cosas a medias, pero me siento muy mal, espantosamente mal. ¿Cómo has podido? -estalló furioso contra el mayor Weizmann-. ¿Cómo has podido ser capaz de algo así?
– Me he visto obligado. No he tenido elección -dijo el mayor-. Tengo que saberlo, tengo que entender qué es lo que pasó. Necesito saber qué hace la comisión, hasta dónde son capaces de llegar… ¿Qué va a ser de nosotros?
El juez Neuberg se quedó esperando un buen rato en completo silencio antes de decir:
– O pido un café o pido una comida para todos, ¿de acuerdo? -y como no le respondían, atrajo hacia sí el teléfono y marcó el número de la oficial de la sala.
7
– ¿También tú crees que estoy loca? -le preguntó Rajela a Boris, sin volver la cara hacia él-. Porque si tú crees que estoy loca, me gustaría saberlo.
– ¿Quién sabe quién es loco? -reflexionó Boris en voz alta-. Si loco es alguien diferente de todos o alguien que no sabe leer la realidad, pues no lo sé. No creo que estés loca, pero también la pregunta qué es la realidad, también es una buena pregunta. Hay una realidad que se ve y hay otra realidad que no se ve. Hay una realidad que alguien cree que es realidad, y luego hay otras personas. Es difícil de decir, pero para mí no estás loca, para mí más bien… más bien… eres más… eres una persona trágica -se quedó observándola mientras ella se rodeaba las rodillas con los brazos.
Estaban sentados en el escalón de la caseta del vigilante, un escalón de cemento gris, húmedo y humilde, uno al lado del otro, ella mirando al frente y él mirándola a ella. A él le pareció que habían pasado muchos años desde la última vez que alguien se había interesado de verdad por él y le había hablado de sí mismo seriamente, como lo estaba haciendo ahora Rajela al exponerle los acontecimientos de los últimos días y semanas, al hablarle de su marido, de sus hijos y de su «absoluta soledad frente al mundo». Boris experimentaba ahora un sentimiento cercano a la felicidad, quizá no la verdadera felicidad, pero sí un momento de plenitud lleno de alegría, y tenía la certeza de estar viviendo algo maravilloso. El hecho de sentirse un extranjero, un desarraigado, su reservada negativa a pertenecer a cualquier grupo o a mejorar su calidad de vida y el extraño placer que hallaba en su vida monacal -así habían expresado sus colegas de la revista su saber conformarse con tan poco- habían sido los motivos por los que, desde que llegó a Israel, hacía ya más de tres años, no había hablado seriamente con nadie, y menos, por supuesto, con un israelí auténtico que hubiera nacido en el país y que viera en esa tierra su única casa. Pero ese sentimiento no había brotado de pronto ni había llegado por sí solo. Al verla esa noche, a la puerta de la garita, le había subido desde el vientre una oleada de nervios que le había inundado el rostro, y una amarga y quejosa vocecilla le había susurrado en su interior refiriéndose a Rajela: «Durante tantos y tantos días ni siquiera me consideraste merecedor de una mirada tuya y ahora, que finalmente te has dignado, de manera completamente arbitraria, a hablarme, ¿ahora tengo que emocionarme por eso?». Esa voz, que le hacía reproches y que se sorprendía por el hecho de que, de repente, después de creer durante tantos años que en este mundo no se podía esperar nada de nadie, venía ahora a avergonzarlo, porque le parecía que esa especie de queja quizá se le estuviera reflejando en el rostro y que la mujer que ahora lo miraba se estaría dando cuenta de ello. Mientras preparaba el café -el infiernillo eléctrico se calentaba muy despacio y en especial esta vez le pareció que el agua tardaba horas en hervir- se repitió a sí mismo sin descanso que no debía esperar nada de aquello y que tenía que conformarse con eso: una conversación auténtica, inteligente y sincera con una mujer completamente desconocida, una nativa de aquella tierra, la patria que no estaba dispuesta a acogerlo a no ser que renunciara, de forma incondicional, a ser lo que realmente era y no viniera con exigencia alguna.