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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– Tu madre tampoco tiene ni idea del lío en el que ha metido al pobre vigilante -dijo Yánkele-, porque ahora le piden explicaciones de por qué no se lo impidió. Menos mal que de eso se está ocupando el abuelo, y mejor ahorrárselo a ella, porque si se entera de eso…

Rajela siempre había dicho que, de todos sus hijos, Talia era una copia exacta de él. «Incluso el hoyo en el codo», solía repetir muy satisfecha. Pero por lo general hablaba de la fuerte complexión de ambos y de otros rasgos como los ojos castaños de mirada inocente, de su carácter sereno, de su amor por la tranquilidad y de su capacidad para conformarse con muy poco. Su amor tan primario por la tierra, un amor que había llevado a Talia a quedarse en el moshav como algo completamente natural, a casarse con un chico nacido en otro moshav y a construirse allí su casa, en las tierras reservadas a los miembros fijos. En todo esto pensaba Yánkele cuando empezó a contarle a Talia, eligiendo las palabras con sumo cuidado, lo que había sucedido en el juzgado, lo de las pancartas de su madre, sus interrupciones durante el juicio -no se atrevió a llamarlas gritos, como sí las llamaba para sus adentros- y la conversación con los periodistas. De lo que habían hablado en la furgoneta no dijo nada, ni tampoco de la escena de Nadav.

Ella lo estuvo escuchando con mucha atención, y cuando su padre terminó de hablar se limitó a decir:

– No sé si mamá lo va a poder resistir ni si tú vas a aguantar todo esto.

Yánkele sintió un impulso, que a duras penas pudo reprimir, de hablarle del muro de cemento gris que le parecía ver ante los ojos, de la idea que lo rondaba de que había llegado el momento de la ruptura, de cortar, de la separación. Pero el delicado rostro de ella, las mejillas rellenas y rosadas y aquellos ojos que lo miraban con tanta preocupación y pena, todo eso le recordó que a pesar de que su hija estaba casada y era madre, a pesar de que tenía ya una vida propia, siempre sería su niña y no su compañera de preocupaciones y desgracias. De ningún modo se lo podía permitir, se dijo a sí mismo en ese instante, no podía hacer confidentes a los demás de algo que todavía no le había dicho a Rajela. Pero el solo pensamiento de hablar de ello con Rajela le envolvió el corazón como una mano fría, y para espantar el horror que le producía, se limitó a decir:

– Yo, al juzgado, no vuelvo, y me parece que Nadav tampoco.

– ¿Y quién va a ir entonces? -preguntó Talia asustada-. ¿Quién va a ir con ella?

– Pues quien sea capaz de soportarlo, si es que hay alguien capaz de eso. Aunque quizá sea mejor así.

– ¿Sola? ¿Y vamos a dejarla sola en todo esto?

– ¿Quieres ir tú? -se oyó Yánkele decir a sí mismo, con impaciencia-. ¿Puedes tú ir, acaso?

Talia bajó la vista y, vacilando, negó con la cabeza.

– Y no es sólo por la niña -reconoció-. Yo, yo… ¿De qué va a servir conocer los detalles? Yo no tengo por qué enterarme. Eso es sólo para ella.

– Ni siquiera le servirías de ayuda -dijo Yánkele con amargura-. En esto está completamente sola. Es su forma de ser, no deja que nadie la ayude ni la acompañe si no piensa exactamente igual que ella. Nos ha expulsado de su vida.

6

El mayor Moshé Weizmann insistió en leer la carta en voz alta. El juez Neuberg, con las manos sirviéndole de apoyo en la cara, escuchaba aquellas palabras que ya conocía por la copia que a él también le había llegado a su buzón, en un sobre largo y blanco y sin el remitente anotado en el reverso. El mayor Weizmann sujetaba las tres cuartillas amarillentas con unas manos que no dejaron de temblarle hasta que apoyó los brazos en la mesa, momento en el que empezó a leer con voz inexpresiva y limpia de cualquier emoción las acusaciones que lanzaba por escrito Rajel Avni. Fue cuando llegó a la última página, al apartado en el que describía el método de trabajo de la comisión de investigación, cuando la emoción se apoderó de su, hasta entonces, impasible voz y empezó a sofocarse:

– «Sé de fuente fidedigna, de la que no puedo dar su nombre» -decía allí-, «que la comisión de investigación interna del Ejército del Aire informó negativamente sobre algunos de los altos mandos del ejército, entre ellos sobre el comandante de la base y sobre el comandante de la escuadrilla, y que esa comisión entregó el informe al comandante de la base. Tengo en mi poder un testimonio vivo y fiable, que podré presentar en el momento en que lo considere oportuno y que probará que el comandante de la base, el coronel X, envió a la comisión una carta muy dura en la que atacaba a dicha comisión y le exigía eliminar los informes negativos personales contra los oficiales. El informe que se presentó a continuación, el mismo que ha llegado a manos de sus señorías, es un informe nuevo, suavizado y corregido con el fin de satisfacer las exigencias del comandante de la base, el teniente coronel X, informe en el que la comisión deja a un lado sus intenciones de llevar a juicio a los altos mandos, que, por otro lado, sí aparecía claramente expresado en el primer informe. El informe original, la primera versión, fue además, según parece, destruida».

– Está bien claro -dijo el teniente coronel Katz-, que lo que hicieron fue retocarlo, como se suele hacer -y ante la mirada de asombro del juez Neuberg se apresuró a aclarar-. A retocarlo significa que después de que la comisión de investigación interna ha redactado su informe la primera vez, se le muestra a los implicados. Es un procedimiento conocido y comúnmente aceptado, porque se trata de un informe provisional, una especie de borrador que se enseña para escuchar observaciones, de manera que quien lo lee puede decirle a quien lo ha escrito algo parecido a «creo que usted está equivocado» o hacerle cualquier otro tipo de comentario. En muchas ocasiones he tenido que expresar mi opinión en la última fase de redacción de un informe oficial.

El juez Neuberg apartó las manos de sus mejillas, se enderezó en el asiento y observó:

– Si ése es el procedimiento, se trata de un procedimiento decididamente poco profesional del que no debemos sentirnos orgullosos, a pesar de que no sea de nuestra incumbencia en este momento.

– Pero aquí pone -dijo temblando el mayor Weizmann, como si no hubiera oído ni una sola de las palabras del juez-, aquí pone que la primera versión del informe, el que contenía los comentarios personales, ha desaparecido, y que no queda rastro de él. Y una cosa así… Ella no habría escrito algo así, con todos estos detalles y nombres, si no fuera cierto.

– Conocemos muy bien la manera en que se llevan a la práctica todas estas cosas -dijo el teniente coronel Katz, con el tono tranquilizador de alguien experimentado en la materia-. Sabemos que existe una fuerte presión para que el informe sea entregado con la mayor presteza, que se trabaja a contrarreloj, conocemos muy bien el terreno.

– No tiene nada que ver con conocer muy bien el terreno -explotó furioso el mayor Weizmann-. Ocultar un borrador, o lo que se ha dado en llamar borrador, y eliminar de él los comentarios personales, no se hace por la presión de la prisa sino por otro tipo de presiones.

– Hay que recordar que todas esas palabras carecen de pruebas -recordó el fiscal, que también sostenía en la mano una copia de la carta-, y no debemos olvidar que cualquiera puede decir cualquier cosa.

– Señores, señores -dijo el juez Neuberg en tono autoritario-, todas estas cosas no guardan ninguna relación con el proceso que a nosotros nos ocupa. De cualquier modo hemos tomado la decisión de no dar por válidas las conclusiones de la comisión de investigación y si el mayor Weizmann no me hubiera pedido con tanta insistencia que tratáramos ahora la influencia que pueda tener esto -y entonces señaló la carta-, no habríamos profundizado en ello de esta manera ni le habríamos dedicado tanto tiempo. No es que las cosas que ahí se dicen no sean importantes para el mundo -añadió intimidado repentinamente por la penetrante mirada del mayor-, son cosas absolutamente decisivas, en gran medida quizá incluso mucho más importantes que nuestro proceso, pero debemos recordar ante qué nos encontramos y no nos podemos permitir apartarnos ni un milímetro del camino. Una cuestión como ésa -inclinó la cabeza en dirección a la carta- deberíamos ignorarla, y únicamente ha sido por la enérgica reacción del mayor Weizmann, que de cualquier modo ya ha leído la carta, por lo que he accedido a tratar el asunto, y también ha sido por él por lo que lo he autorizado sin contar con la otra parte, cosa que como es bien sabido no suele hacerse.

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