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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– Y también por la copia que yo mismo he recibido y por la que su señoría ha recibido -le hizo observar el fiscal.

– No creo que tengamos que volver a oírlo todo otra vez -dijo el juez Neuberg-. Leerlo en voz alta, en mi opinión, está… de más.

– Pero a mí no me ha llegado ninguna copia -se quejó el teniente coronel Katz-. La señora Avni a mí no me ha enviado la carta, y no alcanzo a comprender por qué -la frente se le llenó de arrugas al adoptar una expresión de profunda concentración, aunque de repente se le iluminó el rostro y dijo-: Puede que me la enviara a la dirección antigua, es muy posible, porque tan sólo hace una semana que me he mudado de piso, así es que me llegará tarde.

El mayor Weizmann, ignorando la significativa mirada del juez Neuberg, dijo visiblemente alterado:

– No puedo hacer caso omiso del final de esta carta. Al principio no entendía de quién provenía ni sobre qué trataba, porque venía sin remite. Probablemente de haberlo traído no la habría abierto. Pero la abrí, empecé a leer, y después -le dirigió al juez Neuberg una mirada llena de culpa-, qué decirles, sé que no debía haber seguido leyendo, pero fui incapaz de no hacerlo -le explicó ahora al fiscal-. Tenía que leérsela a ustedes… tenía que hacerlo…

Se quedó observando la estrecha sala -de nuevo se encontraban reunidos los dos jueces adjuntos y el juez Neuberg antes de la sesión de la mañana en la oficina del vicepresidente, en la segunda planta, y a causa del fiscal, que, en esta ocasión, se había unido a ellos por orden del juez Neuberg, se encontraban un poco apretados. Solamente el juez Neuberg, al otro lado del escritorio, estaba sentado a sus anchas y podía apoyar los codos delante-, y después volvió a leer despacio y con tono conmovido lo que la madre había escrito en la última página:

– «Otra vez van a juzgar a oficiales de baja graduación, mientras que los altos mandos no van a pagar las consecuencias. Desde el principio he sabido que ése sería el rumbo que tomarían las cosas. Yo amo el Tsahal, el Ejército de Defensa de Israel, y amo este país. Mis hijos se han alistado y en casa también han sido educados en esa dirección. Todo lo que hoy sucede se debe a la mentira que existe en nuestro país. Si continúan permitiendo estos juegos y sucediendo este tipo de accidentes en el Tsahal, los soldados seguirán regresando en ataúdes. Este juicio sólo se está llevando a cabo para satisfacer las necesidades del ejército y de los políticos de este país. Su deseo es dar la impresión de que todo el sistema se apoya en las pruebas y adecuarlo a los resultados que ellos esperan al final del juicio. No permiten que ningún civil entre en el terreno acotado del ejército para recabar pruebas reales, a pesar de que ningún cuerpo es lo suficientemente íntegro como para investigarse a sí mismo. Mientras no los cambiemos, todo esto va a continuar y nosotros seguiremos recibiendo a nuestros hijos metidos en ataúdes. Lo que yo pretendo es terminar con esto. Lo que yo deseo es acabar con los accidentes en el Tsahal. No hay ni uno solo de nosotros que no se repita cada día que ojalá hubiéramos muerto nosotros en lugar de nuestro hijo. Quien ha perdido a un hijo ya no vale nada. Pero saber que la muerte la produjo un accidente resulta insoportable y tan absurdo que cuesta sobrellevarlo, porque el accidente hubiera podido evitarse. Como consecuencia de esa muerte el sistema militar no se autoanaliza ni extrae conclusiones. Primero nos matan a los hijos y después nos matan a nosotros. El Ejército del Aire mató a Ofer y nosotros nos hemos convertido en una molestia para las autoridades militares. La lucha que estoy librando le produce verdaderas náuseas al ejército. En lugar de dejarnos sobrellevar nuestro duelo, el Tsahal consigue enfadarnos. Pero no vamos a ceder, seguiremos luchando y aconsejaremos a las familias que contraten los servicios de investigadores privados en los casos de accidente, para saber cómo cayeron sus hijos realmente.»

Para romper el pesado silencio y disipar la angustia el juez Neuberg se apresuró a hablar:

– Esta carta nunca tenía que haber llegado a ustedes y no debían haberla leído -sentenció-. Me alegra saber que existe entre nosotros la suficiente confianza como para que el mayor Weizmann haya decidido pedirme consejo al respecto, y también me alegra que tú, Yarón, hayas hecho lo mismo -en el rostro del fiscal apareció una leve sonrisa de alegría por esa alusión al hecho de que se conocían personalmente, algo completamente fuera de toda norma, una sonrisa que enseguida desapareció-, pero la consideración de este asunto, con todo lo duro e importante que resulte fuera de la sala del tribunal, debe ser valorada por nosotros de la misma forma que valoramos un artículo del periódico o las quejas informales que oímos todos los días, sesión tras sesión. Esto no tiene nada que ver con nuestro tema. Ya llevamos en este juzgado unas cuantas semanas con el fin de decidir la culpabilidad o la inocencia de los dos acusados y no para analizar los métodos de trabajo de las comisiones de investigación o la ética del Ejército del Aire. Para esos temas habría que constituir una comisión externa que comprobara la situación. Con todo lo difícil que pueda resultar y aun teniendo en cuenta los sentimientos, ustedes tienen que obviar las cosas que aquí escribe la señora Avni, aunque todas sean ciertas y estén basadas en hechos reales, cosa que por otro lado tampoco sabemos, pero aunque lo supiéramos, no tienen nada que ver con el juicio que ahora nos ocupa.

– Yo mismo he sido comandante de una escuadrilla -insistió el mayor Weizmann apartándose el tupé rubio de la sudorosa frente-, y he formado parte de comisiones de investigación internas, así es que ¿cómo voy a obviar estas espantosas palabras y pasar tranquilamente al orden del día? Sé muy bien que lo que la señora Avni dice puede ser verdad, es que lo sé. He estado en una comisión de investigación interna y recuerdo bien las presiones. Por un asunto como éste mi ascenso se ha visto retrasado, por no haber estado dispuesto a ceder. Recuerdo perfectamente que me dijeron: «Usted no tiene ninguna competencia en los asuntos personales, eso déjeselo al procurador general en jefe, porque ése es su papel, y céntrese en las comprobaciones técnicas». Lo que ella dice aquí es muy posible que sea cierto. Resulta completamente plausible que haya existido una primera versión que contuviera comentarios personales contra el comandante de la base y contra otras personas y que, después de ser revisada, de los gritos del comandante de la base y de los del jefe de la oficina del más alto mando del Ejército del Aire, modificaran esa versión eliminando las valoraciones negativas personales. Sé perfectamente que puede haber sido así, y eso es precisamente lo que, a lo largo de los últimos años, ha hecho que tengamos tan mala fama, y también es eso por lo que ahora siento la necesidad de hablar y de preguntarle al comandante de la base acerca de todas estas cosas.

– Las ordenanzas del Ejército del Aire -dijo el coronel Katz- dicen explícitamente que la comisión de investigación interna debe examinar a la comandancia en el terreno personal. Si en este caso lo han hecho de manera diferente, no está bien sino que realmente es, como ya lo ha expresado antes el juez Neuberg, poco profesional.

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