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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– Aquí dice -dijo el mayor enardecido- que el coronel X dio orden a sus comandos de no responder a ninguna pregunta y que él mismo se acogió al derecho de permanecer en silencio.

– No vamos a ser nosotros quienes decidamos aquí si llamar o no a declarar al coronel X, porque ésa es una decisión que deben tomar la fiscalía y la defensa -advirtió el juez Neuberg-. Y les ruego que se moderen ustedes en sus observaciones acerca de estas cosas, porque después de todo nos encontramos reunidos aquí en contra de toda norma y sin la presencia de la parte contraria.

– De cualquier modo, el coronel X se ha marchado hace un par de días a los Estados Unidos para asistir a unos cursos de especialización y no vuelve hasta dentro de tres meses -dijo el fiscal, mientras se columpiaba en su asiento de un lado a otro-. Me han dicho que se había apuntado a ese curso hacía tiempo y… De todas formas, su testimonio no me parece crítico en lo que se refiere a nuestros dos acusados -después miró al juez Neuberg y dijo muy tranquilo-: Ni siquiera sabemos de dónde ha sacado ella nuestras direcciones particulares, y la verdad es que me siento muy incómodo por el hecho de que también obre en su poder mi número de teléfono, porque tengo la sensación de que están entrando en mi vida privada.

– De la señora Avni no tienes nada que temer -lo tranquilizó el juez Neuberg en un tono paternal-. No va a ejercer ninguna violencia contra ti.

– Eso todavía no lo sabemos, y si su señoría ha visto en la fotografía del periódico lo que ha puesto en la tumba de su hijo y cómo lo hizo, sí tenemos motivos para estar preocupados -concluyó el fiscal.

– Les he pedido en varias ocasiones que se esfuercen por hacer caso omiso de los medios de comunicación en lo referente a este asunto -dijo el juez Neuberg-. Lo he dicho bien claro, y tú -añadió volviendo la cabeza hacia el fiscal- ya eres un hombre experimentado en esto. Quien no pueda afrontar todas estas cuestiones o mantener la mente clara en todo lo que rodea a un juicio debe pedir que lo eximan de continuar en él -declaró-, fijando una mirada penetrante en el mayor Weizmann.

– Sí puedo, claro que puedo -se apresuró a asegurar el mayor-, no he dicho que no pueda, pero de todos modos la carta me ha conmocionado. Conocemos al comandante de la base y al de la escuadrilla, ¿no? -añadió dirigiéndole una mirada interrogativa al teniente coronel Katz, quien asintió con un gesto de la cabeza-. Y los dos, ¿cómo expresarlo?, son personas coherentes, rectas, y todo lo demás, eso es lo que más me ha sorprendido, pero lo superaré. Incluso puede que lo que ella dice no sea verdad.

– Entonces, ¿puede considerarse zanjada la cuestión? -preguntó el juez Neuberg, mientras miraba al fiscal, que en ese momento se dedicaba a romper en pedacitos muy pequeños aquellas cuartillas amarillentas, y después al mayor, que ante la expresión de abatimiento que mostraba y aquellas manos tan sudorosas, el juez decidió no mantener el apodo con el que hasta entonces lo había llamado para sus adentros: además observó que las hojas que antes había doblado en cuatro partes y de nuevo en cuatro partes las había extendido ahora y las alisaba con la mano para meterlas después, con sumo cuidado, en su cartera y humedecerse los resecos labios con la lengua-. Tenemos por delante un largo día -les advirtió el juez-, y con toda seguridad nos vamos a encontrar con otros dramas de los que ustedes deben hacer caso omiso.

De nuevo había pasado una mala noche. Quizá por el atracón que se había dado durante la pausa del mediodía del día anterior, a lo que habría que sumar el asalto a la nevera a medianoche, al ver que no podía conciliar el sueño. Si le hubieran preguntado a él, el juez Neuberg habría explicado con toda sencillez que, a pesar de que realmente lo sentía muchísimo por ella, no dudaba ni por un momento de que él llevaba el juicio de manera correcta. A pesar de ello, se le había aparecido el rostro de aquella madre ante el suyo justo en el momento en el que se dirigía a la nevera, aquel rostro que se marchitaba día a día, y también las caras de las mujeres que la acompañaban. Además, se había tomado la molestia de comentarle ayer a su mujer, mientras veían una película documental sobre la vida de Menahem Begin, que creía estar llevando bien el caso. Aunque él no era Begin ni había hecho nada controvertido ni reprobable por lo que pudiera sentirse culpable. Al fin y al cabo él no era más que un juez cuya misión consistía en dictaminar si los acusados realmente eran culpables o inocentes, así es que no tenía por qué torturarse. Y su mujer -a la que él no le había contado, de hecho no se lo había contado a nadie, que la señora Avni lo había parado el día anterior junto al coche, y tampoco que había intentado hablar con él en la oficina en más de una ocasión- le dijo que en los periódicos venían las horribles cosas que la señora Avni hacía y decía, calumnias sobre el desarrollo del juicio y palabras espantosamente críticas contra el ejército, y le hizo saber que no entendía cómo él era capaz de resistir todo aquello. Y, sin embargo, él lo resistía, así se lo explicó a ella, porque tenía la seguridad de estar cumpliendo correctamente con su deber, y también le dijo a su mujer que no existía relación alguna entre los ataques de hambre que lo asaltaban y las presiones que la señora Avni o los medios de comunicación ejercían sobre todos los que tenían alguna relación con el juicio. Después de todo, le dijo mientras veían las noticias de la televisión en las que informaban ampliamente sobre el juicio («¿Apago?», le había preguntado su mujer, como siempre, a lo que él respondió que no con un gesto de la mano y el versículo bíblico «Yo vivo en medio de mis gentes». «Sub judice es un asunto para un juicio con jurado, pero no existe ninguna posibilidad de que no vaya a oír hablar de eso, si no es en las noticias será el vecino quien me lo comente, y si no es el vecino será en el ultramarinos. Ningún reportero televisivo de temas jurídicos me va a hacer cambiar de parecer, porque en el cerebro de cualquier juez profesional existe un canal especial para todas esas cosas»), él ya tenía la suficiente experiencia como para distinguir entre los hechos, los testimonios y las pruebas, por un lado, y la opinión del público por el otro. Su mujer se empeñó en que podía haber influencias ocultas, igual que existe la publicidad subliminal, con la que se logra manejar al consumidor por medio de todo tipo de artimañas. Pero el juez Neuberg negó tajantemente la posible influencia en él de cualquier propaganda e insistió en que sabía diferenciar muy bien entre lo que es la manipulación y lo que son los hechos, que podía estar tranquila y confiar en su discernimiento y su experiencia.

Acerca de los dos intentos de la señora Avni de hablar con él sí informaron los reporteros de televisión, que la habían filmado a la puerta de su oficina cuando él, inclinado hacia ella, le explicaba que no, que no se encontraba facultado para escucharla. Sobre la tercera vez, si embargo, nadie sabía nada en absoluto. Las dos primeras veces había reprimido su ira -aquella mujer provocaba en él un gran enojo, por sus insistentes intentos de apartarlo de su camino y porque lo obligaba a tratarla con una frialdad que resultaba muy cruel- y había intentado imprimir a su voz toda la compasión que había podido reunir, mientras le comunicaba, muy sosegadamente y con educación, que no podía, que tenía que actuar según el procedimiento legal, que aquello era un tribunal y que ella sabía muy bien que no podían hablar. Pero ayer lo había estado esperando al acecho junto a su coche. El juez Neuberg la vio a la turbia luz del atardecer, que envolvía en un halo sus despeinados rizos, y buscó en su rostro alguna señal de confusión o de vergüenza. Pero ella sostuvo la mirada, aquella mirada de unos ojos secos y rojos, sin mostrar turbación alguna. Según parecía, lo había estado siguiendo y se había quedado esperando a que saliera solo de la oficina, donde momentos antes él se había permitido fumar un cigarrillo con toda tranquilidad, el último, en un raro momento de soledad. Había bajado las escaleras despacio, como si temiera tropezar o esperara que ella lo asaltara -eso lo comprendió después-, y cuando llegó al aparcamiento se dirigió hacia el coche con paso rápido, porque el patio que había antes del aparcamiento, al contrario del oscuro corredor, se encontraba iluminado, aunque con una luz mortecina. Y ahí estaba ella, junto al coche, mientras él meneaba la cabeza como si fuera a regañar a un niño tozudo, aunque se limitó a decir:

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