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Piedra por piedra

Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:

Una madre hace saltar por los aires la tumba de su propio hijo. Éste murió durante el servicio militar, víctima de una macabra broma. En la tumba se habían esculpido las usuales palabras anónimas que se emplean en estos casos: «Caído en acto de servicio». Pero la madre no lo acepta. En la tumba de su hijo tiene que ser grabada, bien visible para todos, la verdad: «Asesinado por sus superiores».
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
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– ¡A él! -gritó-. ¡A él es a quien hay que juzgar, él es el responsable, y no sólo él! ¡A él es a quien hace ya mucho que debían haberle hecho unas cuantas preguntas, hace ya tiempo, desde el principio, y no sólo a él sino a los que están por encima de él!

El juez Neuberg miró a la mecanógrafa, que había dejado las manos apoyadas a ambos lados del teclado y no escribía. A los jueces adjuntos se limitó a decirles:

– Esperemos tranquilamente hasta que se le pase. Se callará enseguida.

Pero ella no se calló. Repitió las palabras de antes y, con un dedo acusador, señaló al fiscaclass="underline"

– Usted es el culpable con todos estos líos de alegaciones que se trae entre manos, y sólo para encubrirse los unos a los otros y para taparlo todo -le gritó, mientras él mantenía perdida la mirada en un punto fijo, como si no oyera ni una sola palabra, y luego, como ella no cesaba de gritar, se puso a mirar los papeles que tenía delante en un claro gesto de desprecio.

Finalmente, el juez se dirigió a ella y le dijo:

– Señora Avni, señora Avni -momento en el que ella se calló y volvió a tomar asiento.

Ya al principio de la declaración del teniente coronel Malka se abrió un profundo abismo, espantoso por su inmediatez, en el corazón del juez Neuberg. Precisamente ahí sentado, en el estrado de los jueces, en el lugar en el que más seguro se sentía, tanto que ni siquiera el hambre lo atacaba, y a plena luz del día, sentía de repente, al oír las palabras del testigo, un inmenso pavor que se materializó en una pregunta que se formuló a sí mismo: «¿En qué nos hemos convertido?». Y es que de repente se le había aparecido ante sus ojos su padre, con los manguitos negros que le protegían la camisa blanca de las manchas de tinta del sello, con aquella expresión tan seria que tenía tras la enorme ventanilla del ambulatorio desde donde escuchaba con suma atención a las personas que solicitaban un volante. Cuánto veneno había en su voz cuando llamaba «enchufistas» a los que se colaban sin esperar turno con una nota manuscrita por el director del distrito. De pronto le retumbaban en los oídos, ahí sentado en el estrado, los ecos de las normas del reglamento del movimiento juveniclass="underline" «Un explorador nunca debe desanimarse ni despreciar al adversario», recordó ahora, después de tantos años, y todas esas palabras que en su momento le habían parecido tan tontas y ridículas, ahora le hicieron hervir la sangre. Una especie de oleada agria, que le subía de lo más profundo de las entrañas, lo inundó al recordar los juicios que había organizado el comité de disciplina del movimiento excursionista, alguno de los cuales lo había presidido él mismo y en los que se trataba con la mayor seriedad acerca de si estaba o no estaba permitido llevar calcetines de nilón o pantalones de color negro. A los veinte años se había reído mucho de esos juicios, pero ahora le producían náuseas. Ante sus ojos desfilaron las escenas y los sonidos de un estilo de vida, claramente israelí, en el que siempre se había sentido un extraño en inferioridad de condiciones, pero contra el que jamás había protestado porque, en lugar de quejarse, se había llenado la boca de comida. De manera que siempre se habían reído de su gordura, en la escuela, en el movimiento juvenil, en el ejército, y también en la facultad de derecho, mientras que él, por una especie de camaradería mal entendida, había contribuido, con su media sonrisa de vasallo, a sostener a todos esos grupos de machistas. Ahora notaba que todos esos recuerdos fragmentados guardaban una estrecha relación con el juicio que allí se estaba desarrollando, aunque se negaba a explicarse, incluso a sí mismo, la naturaleza exacta de esa relación. Se enjugó la frente al ver detrás del teniente coronel Malka la fotografía de una base militar grande y minuciosamente ordenada, con las mesas puestas, sobre las que descansaban unas botellas de champán. «No hay comida mejor que la del Ejército del Aire», le habían dicho sus compañeros, que envidiaban su pertenencia a ese ejército. «Nosotros», le había dicho una vez alguien que servía en el cuerpo de artillería, «encima de tener guardias nocturnas, comemos arena, y vosotros, de fiesta todo el día». En ese momento, sintió un profundo temor, al encontrarse sus ojos con los de Rajel Avni, porque le pareció que se había vuelto transparente y que ella le leía el pensamiento. Esta mujer tiene toda la razón, atronó una voz en su interior, y en el rostro de ella le pareció ver algo que lo llamaba para que se pusiera de su lado y la apoyara en su lucha. Entonces, como si bajara una enorme persiana de hierro, borró de su mente todas aquellas escenas, junto con el «¿En qué nos hemos convertido?», y regresó en cuerpo y alma al juicio y a seguir con redoblada atención las palabras del teniente coronel Malka.

El teniente coronel Malka dijo que no había estado presente en el momento del suceso -así era como llamaba él a aquella desgracia, de manera que la mujer menuda, de rostro arrugado y de espaldas cargadas que estaba sentada al lado de la señora Avni, se levantó de un salto, miró a su alrededor con sorpresa y gritó: «¿Suceso? ¿Cómo puede llamar suceso a nuestra desgracia?»-, sino que se encontraba en el comedor, aunque reconoció que en principio sabía lo que había pasado.

– ¿En principio? ¿Qué significa eso de «en principio»? -le preguntó el juez Neuberg, además de interesarse por la cuestión de si el testigo había sabido desde el principio exactamente cuándo se iba a jugar a aquel juego.

– La hora exacta no -se retorció incómodo ante la mirada del juez.

– ¿Y el día? -quiso averiguar el magistrado-. ¿Sabía usted que ese día tenían la intención de llevarlo a cabo? ¿Lo sabía usted?

El testigo reconoció que sí lo sabía y después reconoció también que en ocasiones había presenciado el juego, y en un tono de súplica añadió:

– Nosotros no creíamos que pudiera pasar nada, nos parecía que se trataba simplemente de un momento agradable, nada peligroso, se había hecho muchísimas veces y nunca había sucedido nada. Era algo muy bueno para la consolidación del grupo, formaba parte de la diversión de un día de fiesta.

El juez Neuberg miró a hurtadillas a la señora Avni, pero ella permanecía impasible, con las manos en el regazo, el cuerpo flojo y su mirada verde petrificada sobre el rostro del comandante de la escuadrilla.

El teniente coronel Malka no pudo explicar por qué no les habían atado las manos y los pies, pero dijo que le parecía que aquélla había sido la primera vez que los soldados que desplegaron la red no habían sujetado con esposas a la red a los que iban a participar en el juego.

– Creo que no pensaron en el riesgo, estoy convencido de que ni por un momento se pasó por la cabeza de los oficiales responsables que aquel juego pudiera conllevar algún peligro para la vida humana -insistió con vehemencia.

– ¿Había participado usted en alguna ocasión de forma activa en ese juego? -le preguntó la defensa.

– Jamás -declaró el testigo alzando la cabeza.

– ¿Y nunca fue usted colgado de la red?

Una expresión de asombro se extendió por el rostro del teniente coronel Malka.

– ¿Yo? Pero… ¿Cómo que yo? Los oficiales de alto rango, lo mismo, en realidad, que los de menor graduación, deben guardar las formas, nosotros no podemos divertirnos mezclados con nuestros reclutas -protestó.

– ¿Pero usted ha presenciado ese juego?

– Una o dos veces -dijo el testigo visiblemente incómodo.

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