Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– Pero así está establecido… eso es lo que se hace siempre -intentó defenderse el representante de la unidad para la memoria del soldado-. Ésa es una decisión tomada y decidida en consenso por el consejo en memoria del soldado, y todos, sus veintisiete miembros, son padres que han perdido a sus hijos.
– Pero nosotros pensamos de otra manera -dijo Julia Efrati-. Nosotros opinamos que se debe permitir que cada uno ponga una lápida personalizada. Antes ni siquiera se nos había ocurrido, pero ahora que de todas maneras hay que poner una lápida nueva, gracias a Rajela, lo hemos decidido así.
– ¿Y quiénes son ustedes? -preguntó el más joven.
– Nos llamamos Efrati y nuestro hijo Yuval, y hace ya casi diez años de eso, dentro de un mes va a hacer diez años.
– ¿Y el señor Efrati también piensa como usted?
– Él está de acuerdo conmigo -dijo Julia Efrati vacilante-. Nosotros también pensamos interponer una demanda si no nos permiten…
– ¡Pero esto no puede ser! -empezó a gritar el hombre que había perdido a su hijo-. ¿Cómo va a ser posible que cada uno haga lo que quiera? Se trata de un cementerio militar, y durante todos estos años… todo el pueblo… todos, el día del recuerdo… Es imposible que todo el mundo haga lo que quiera, no tienen ustedes ninguna posibilidad de salirse con la suya en el Tribunal Superior de Justicia. Ya se ha fallado alguna sentencia con respecto a este asunto y el juez dijo entonces que la cosa no se terminaría con los hermanos y las hermanas, porque hoy es una hermana y mañana será la tía que lo crió.
– ¿Eso es lo que dijo el juez? -dijo furiosa Julia Efrati-. ¿Así es como se habla de esto? ¿Bromeando a nuestra costa?
– También se podría poner algún versículo bíblico -se oyó decir Yánkele, a sabiendas de que era la pequeña joroba y la cara de sufrimiento de Julia Efrati lo que lo había empujado a hablar de repente de ese modo-, versículos bíblicos, sí, se podría. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Podría eso, acaso, parecer una incorrección? Recuerdo… que una vez, en el cementerio británico de Jerusalén, una madre había escrito en la lápida de su hijo «My boy». Ya entonces me pareció, y todavía me lo parece ahora, que eso lo decía todo. También ellos, los británicos, tienen una fórmula única para las lápidas de los militares, pero les permiten añadir unas palabras personales. Mientras que aquí, en ese consejo de los veintisiete padres voluntarios, y eso que todos han perdido un hijo, no hay nadie con quien hablar. Y es que casi todos son muy mayores, perdieron a sus hijos en la guerra de la Independencia, en el Sinaí, o en la guerra de los Seis Días, o en la de Yom Kippur, antes de… antes de todo eso… -extendió los brazos mientras decía «todo eso», y nadie le preguntó a qué se refería.
– Veo que aquí ya no tenemos nada más que hablar -dijo el representante de la unidad para la memoria del soldado-. Creíamos que… el duelo privado de cada uno quedaba suficientemente cubierto con la parte ajardinada que rodea la lápida, y con más motivo en el caso de ustedes que viven en un moshav, porque por ese lado no existe ningún problema, se puede hacer libremente, mientras que algo como lo que ustedes han hecho no se puede permitir. Además, nosotros -en ese momento frunció los labios y su voz adquirió un tono solemne- no queríamos mezclar en esto a la autoridad ni acudir a la policía… A pesar de haberse tratado de una especie de atentado, con bomba y todo…, aunque las circunstancias son tan especiales que entendemos el dolor… Pero esto no puede quedar así, que quede bien claro.
– ¿Y qué piensan hacer? -le espetó Rajela-. ¿Van ustedes a llevarse la escultura por la fuerza? Y si Julia graba la fecha del calendario internacional en la piedra nueva y el nombre de la hermana de Yuval, para que ponga «el hermano de Tamar», ¿también eso lo van ustedes a quitar? ¿Por la fuerza?
– Espero que no tengamos que llegar a eso -dijo el representante del consejo, y después se humedeció los labios con la punta de la lengua y estiró la boca hacia los lados, en una especie de sonrisa falta de alegría-. Espero que ustedes, por su parte, comprendan nuestro problema y que para el día del recuerdo de los caídos del Ejército del Aire lo hayan solucionado.
– Aquí no hay nada que solucionar -dijo Rajela-. Yo he querido erigir un memorial de piedra, como en la Biblia, para perpetuar su recuerdo, y así es como se va a quedar, mientras que Julia, por su lado, ha decidido hoy su propia fórmula, y ya veremos qué pasa, ya lo veremos.
El único que acompañó a los dos hombres hasta la puerta fue Mishka, mientras Yánkele los seguía con la mirada para ver que aquél estrechaba con ambas manos la del padre que había perdido a su hijo y que ahora, con una expresión más afable, bajaba la cabeza y soltaba:
– ¡Espero de verdad que esto tenga una solución!
– Hoy he estado allí -dijo Talia de pronto, dejando al bebé en el cochecito en un rincón de la sala.
Rajela la miró con una expresión interrogativa.
– He ido a visitar la sepultura y he visto la estatua.
– No es la primera vez que la ves -observó Yánkele, que no podía soportar el silencio de Rajela.
– Pero en el estudio, nunca afuera. Es tan bonita -dijo Talia, y se mordió los labios-. Realmente es preciosa, mamá. Como… así… tan transparente.
– Pero no van a permitir que se quede donde está, ya los habéis oído -dijo Rajela.
– Quizá pueda colocarse en otro lugar -propuso Talia, mientras movía el cochecito para acunar al bebé.
– Es una idea magnífica -dijo Mishka, con un destello de esperanza iluminándole el rostro.
Yánkele miró a Rajela y vio que ésta palidecía.
– ¿Cómo que en otro lugar? -preguntó en un tono frío-. ¿En algún parque que inauguremos? ¿Y volvemos a poner la fórmula de ellos en la lápida de cuarenta y un centímetros por sesenta, con su «caído» y todo?
Talia se inclinó sobre el carrito.
– Ni siquiera la has mirado, mamá, ven a verla, mira lo gordita que se ha puesto.
Yánkele fue hasta el cochecito y con mucho cuidado sacó a la niña, aspiró su aroma y, con ella en brazos, fue hasta donde estaba Rajela. Ni un solo destello de ternura asomó a sus ojos mientras la miraba. A pesar de ello extendió las manos, la tomó en brazos y se la acercó a la mejilla, comentó que se notaba que había crecido mucho, pero la volvió a dejar en el cochecito y dijo:
– Ven, Julia, vamos a llamar al abogado y después iremos a buscar la piedra que a ti te guste.
– ¿Y si luego él dice que… y si no… si no nos dan permiso? -preguntó Julia muy asustada.
– Lo haremos de todos modos. Nadie nos va a decir lo que se puede y lo que no se puede hacer. Lo haremos con nuestras propias manos. Exactamente como tú quieres que se haga.
Yánkele siguió la espalda de Rajela con la mirada, una espalda que se veía mucho más recta desde esa mañana, como si la nueva lucha en el juzgado le hubiera devuelto las fuerzas que le habían faltado durante los últimos meses. Esperó hasta que oyó que se cerraba la puerta de atrás de la casa y, sólo entonces, se volvió hacia su hija.
– He recibido una tarjeta postal de Yaeli -dijo Talia-, escribe desde no sé qué lugar perdido, tanto que ni siquiera me acuerdo del nombre; dice que llamará hoy o mañana.
– Será por lo del juicio -dijo Yánkele.
– Sí, es por el juicio. No me habéis contado nada de lo que ha pasado, y Nadavi se ha encerrado en su cuarto -dijo Talia bajando la vista.
– Me llevo a la pequeña para que tome un poco el aire -dijo Mishka con delicadeza, y salió empujando el cochecito.
– ¡Con lo que a ella le gustaban los bebés! -murmuró Talia mientras se secaba los ojos con la mano-. Y ahora no puedo hablar con ella de nada, absolutamente de nada. Ni de la niña ni de ningún otro tema. Quien no está con ella en esto no existe, o como dice el abuelo, vale lo que un muerto. ¿Qué es lo que va a pasar, papá? ¿Qué va a resultar de todo esto? Lo que no se puede hacer es dejar la horrible inscripción que ella ha puesto ahí y que la tengamos que ver cada vez que visitemos la sepultura.