Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– No es posible -le había dicho el mayor Weizmann al término de la sesión anterior- que sea usted capaz de mantener la objetividad después de lo que ahí se ha dicho, y no me refiero sólo a las palabras de ella y de las otras mujeres, sino también a las declaraciones que estamos escuchando.
– Pragmatismo -repetía el juez Neuberg día tras día-. Hay que cribar todas esas cosas y expulsarlas de la memoria.
Con «todas esas cosas» se refería el juez, por ejemplo, al ataque de llanto en el que había prorrumpido el responsable de la guardia y a su declaración, a lo largo de la cual se fue sabiendo que no se encontraba en la base en el momento del suceso porque se había escabullido durante dos horas para verse con su novia, y a la confesión que le había logrado sonsacar el letrado del teniente Noam Lior. El abogado del teniente Noam Lior había estado intentando demostrar desde el principio, en todos los careos que había dirigido, el consenso general que existía en lo referente al juego, un consenso y una inclinación voluntaria y natural a participar, que eximían de toda responsabilidad a su defendido. Y en su declaración, en efecto, el responsable de la guardia había reconocido también que, aunque se hubiera encontrado en la base en aquel momento, no habría hecho nada por impedir que alguien participara en el juego, ya que era cierto que se trataba de una tradición que divertía mucho a todos, tanto que, en ocasiones, hasta el comandante de la escuadrilla les había aplaudido, e incluso el comandante de la base estaba al tanto de aquel juego. Después de esa declaración hubo que recordar a las dos partes que el responsable de la guardia, por decisión de la fiscalía militar, no estaba siendo enjuiciado allí, a pesar de que esas mismas partes estuvieran convencidas de que lo correcto habría sido juzgarlo también a él. Lo más importante era exigirles que recordaran en todo momento que el procedimiento judicial es ante todo un asunto de lógica, «casi un juego de logística», había dicho el juez Neuberg con un deje de provocación al ver la boca tan abierta que se le había quedado al mayor Weizmann, y después añadió y recalcó, como se veía obligado a hacerlo todos los días, que el deber de la demostración recaía hasta el final del juicio en la acusación y que sólo si la acusación demostraba aparentemente la falta, el deber de la demostración subsidiaria recaería sobre el acusado que entonces se vería obligado a desmentir las pruebas.
Los primeros días habían sido más tranquilos. Durante las primeras sesiones declararon los reclutas de la instrucción al final de la cual tenía lugar el juego, y unos testigos, mecánicos especialistas, que explicaron los aspectos técnicos de la red. La función original de la red era, en efecto, la de frenar los aviones en caso de aterrizaje forzoso, y un ingeniero de la intendencia, del cuerpo de mantenimiento, expuso las virtudes de aquella solución mecánica tan sencilla y tan fiable para momentos de emergencia. Explicó al tribunal que la red es propulsada a una altura de siete metros exactamente, «a una velocidad increíble» en palabras suyas, que ese impulso, que dura unos segundos, resulta lo suficientemente potente como para frenar los aviones y que han perfeccionado su activación hasta reducirla a presionar un botón desde la torre de control, «una patente sencilla y genial que nuestro Ejército del Aire utiliza con pleno éxito y que se ha hecho famosa en el mundo entero», frase ésta con la que terminó su intervención. Durante la declaración del ingeniero el fiscal formuló la pregunta de qué responsabilidad podía recaer sobre alguien que fuera consciente de la potencia del impulso de la red. Si acaso no podía suponerse, pregunto el fiscal varias veces y de diferente manera, el peligro de muerte al que se sometían los que se colgaban de la red por orden del oficial de instrucción. El letrado del teniente Noam Lior se había levantado de un salto y había protestado y después repitió las palabras «voluntariamente» y «tradición» y recordó que el comandante de la base permitía tácitamente aquel juego que se había llevado a cabo durante años sin que nunca ocurriera una desgracia. Pero el fiscal había insistido en citar una sentencia del juez Barak en la que decía que «el alcance de los medios preventivos es consecuencia del posible peligro. Cuanto mayor es el peligro, mayores deben ser los medios preventivos». El juez Neuberg se inclinó hacia la mecanógrafa y le dictó la cita de la sentencia del juez Barak e incluso le ordenó añadir entre paréntesis las palabras «así fue descrito entonces»; el fiscal, en ese momento, volvió a hablar, esta vez con enardecimiento, y dijo que en el caso de un juego tan peligroso como éste, en el que se emplea material militar, resulta obvio que se tenían que haber tomado las máximas precauciones.
– Como personas responsables -dijo el fiscal mientras revolvía los papeles que tenía delante-, los acusados no tenían que haber colaborado en ninguna de las fases del suceso. Ninguna de las personas que estaban presentes dio la voz de alarma ni se opuso al juego, sino que los acusados, por el contrario, alentaron a los participantes: no se limitaron a colaborar con su presencia y su silencio, sino que tomaron parte activa en el juego y por iniciativa propia. Fueron ellos los que explicaron su funcionamiento y quienes propusieron a los dos «voluntarios», es decir, que hicieron un uso indebido de su autoridad como mandos y ni siquiera tomaron las mínimas medidas de precaución ya que no sujetaron las manos y los pies de Ofer Avni y de Galia Schlein con esposas, incluso puede que para que el peligro fuera mayor, para potenciar el riesgo y acrecentar la diversión -señaló venenosamente.
Pero el abogado de Noam Lior se levantó muy deprisa, agitando su toga, y protestó, entonces el juez Neuberg ordenó a la mecanógrafa que borrara la última observación mientras le dirigía una mirada de amonestación al fiscal. A pesar de lo cual, éste continuó hablando como si no se hubiera dado cuenta de la oposición que el juez había mostrado ante sus palabras, ni de su censura, y dijo que no sólo el teniente Noam Lior había dado la orden, sino que había que considerar que la había dado como comandante, que su autoridad era inapelable a los ojos de los soldados y que la responsabilidad que él tenía en lo referente a la integridad física de éstos se encuentra explícitamente expresada en la ley de enjuiciamiento militar, y que el teniente Yitzhak Alcalay, quien con sus propias manos había presionado el botón desde la torre de control, tampoco había puesto cuidado en que se sujetaran con esposas los pies y las manos de las víctimas.
Esta vez fue el abogado del teniente Alcalay el que protestó, pero como el fiscal advirtió que el juez desestimaba la protesta con un movimiento de cabeza, siguió aportando ejemplos del derecho civil en los que se basó para hablar de las circunstancias especiales que relacionan el «candidato a ser salvado» con el «candidato a salvar». Trajo a colación sentencias en las cuales se describían las circunstancias en las que existía una «proximidad», en el sentido jurídico de la palabra, entre esas dos personas, y después añadió muy exaltado que de ello se desprendía que cuanto mayor era el grado de implicación entre ellos, mayor era la inclinación del «candidato a salvar» a cumplir su deber de llevar a cabo esa salvación «que no constituía una obligación en sí, sino que venía dada por las circunstancias». Como consecuencia de la declaración del ingeniero, el fiscal sostuvo que «los acusados debían haber supuesto el daño que aquella situación podía provocar», y terminó diciendo que «para que se considere como un caso de negligencia basta con que se dé "una suposición razonable" de los resultados que una determinada acción va a conllevar».