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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Vitória asintió.

– Pero yo me enteré. No por Pedro, sino por Aaron, que no ha parado de lamentarse porque no podría verla.

– ¿Así que nuestro encuentro en el teatro no fue casual?

– En absoluto. -León sonrió dejando ver sus inmaculados dientes-. Pero conseguí sorprenderla, ¿verdad?

– En efecto. Lo más logrado fue la elección de su acompañante. Hizo que su representación pareciera más creíble.

– ¿Cordélia? Es sólo una especie de ayudante. Ella…

– Disculpe -le interrumpió Vitória-. No me interesan los detalles de su “colaboración”.

– Sinhazinha, ¿noto un cierto tono de celos en sus palabras?

– En modo alguno. Creo que usted confunde celos con decencia.

León resopló.

– ¡Ja, ésta sí que es buena! Vita, me gustaría que fuese tan amable de no representar ahora el papel de educada y estricta mojigata del campo. La conozco.

– ¿En serio? No puedo imaginar que alguien que tiene tan poco sentido poético tenga más intuición en su trato con las personas.

Estuvo mal por parte de Vitória, y lo sabía. Él no le había dado ningún motivo serio para hablar así, sólo estaba bromeando con ella. Y ella le contestaba así. Se avergonzó de sí misma.

– ¡Ah, lo ha leído! Nada más lejos de mi intención que aburrirla con mis poemas de aficionado, se lo aseguro. Los paralelismos entre uno de los poemas y nuestro encuentro son tan notables que era inevitable que lo viera en el libro.

– Tus ojos son mi cielo.

– Exacto. Es un poema muy triste. Sería una lástima que viera nuestra amistad de esa forma.

– ¿Cree que somos amigos?

– Por supuesto. Pedro es mi amigo y, por tanto, usted también.

– ¿Por qué no consigo liberarme de la sensación de que está continuamente burlándose de mí?

– Yo creo lo contrario. Es evidente que usted disfruta molestándome.

León sacó un pequeño reloj del bolsillo del pantalón.

– Le propongo una cosa. Llevamos media hora de paseo y deberíamos volver pronto para que su ausencia no llame la atención. ¿Qué le parece si aprovechamos por lo menos la vuelta para hablar razonablemente?

Vitoria frunció la boca enojada.

– Lo intento desde hace tiempo. Es usted el que no sabe cómo se deletrea la palabra razón.

Le miró con gesto testarudo, él le devolvió la mirada con gesto arrogante. De pronto, una de las ruedas del carruaje se metió en un bache del empedrado de la calle. El coche dio un salto que hizo que Vitoria y León casi se levantaran de sus sitios.

– ¡Cuidado! -se le escapó a Vitoria. Miró a León, luego los dos soltaron una liberadora carcajada.

Pasaron el resto del paseo contándose todo tipo de cosas el uno del otro. Vitoria le habló a León de su vida diaria en Boavista, de Luiza y de su padre, de la “resurrección” de Eufrasia y del aburrido y largo castigo sin salir de casa. Le confesó que había ido a escondidas a la conferencia que él había dado en Conservatoria y le transmitió su preocupación por Félix.

– ¿Recuerda al joven? Era el mudo.

– Sí, era casi un niño.

– Cierto. -A Vitória no le gustaba hablar de ello. Se propuso no profundizar más en el tema-. Hablemos mejor de otra cosa. Hábleme de usted, de su trabajo, sus amigos.

– ¿Le cuento lo peor que me ha pasado en estos meses? -Vitória asintió y él continuó-: Fui a visitar a una encantadora muchacha que vivía en una casa muy lejana en un valle muy lejano. La bella joven había aceptado mi visita, pero cuando estuve ante su puerta, me rechazó.

Vitória le miró compungida.

– Yo estaba… indispuesta. Lamento que hiciera ese largo viaje para nada. Pero dejémoslo ya. Cuénteme lo mejor que le ha ocurrido en todo el año.

– Fue un día de septiembre. Cuando iba a visitar a un amigo y una descarada mozuela de indescriptible belleza me dio con la puerta en las narices. En aquel momento me enamoré perdidamente de esa criatura divina.

Vitória tragó saliva. ¿Era una declaración de amor? ¿O le estaba tomando el pelo de nuevo?

– ¿Y esa “criatura divina” corresponde a sus sentimientos?

– ¡Si yo lo supiera! La preciosa joven es un poco arisca, y aunque se muriera de amor por mí, lo que nunca me atrevería a esperar, me lo demostraría antes despreciando mi persona que con palabras de aprecio.

– Quizás se deba a que la muchacha no está segura de la sinceridad de sus sentimientos y no quiere albergar falsas esperanzas.

– Es posible. Pero bastaría que me mirara a los ojos para que supiera que estoy loco por ella.

Vitória miró a León, pero enseguida retiró la mirada. No le gustaba el giro que estaba tomando la conversación. No podía desprenderse de la sensación de que León sólo se reía de ella.

Hicieron en silencio el camino de vuelta. Esta vez el mar quedaba a su derecha. A su izquierda pudieron ver la iglesia de Nossa Senhora da Gloria, algo después pasaron por el imponente complejo del Arsenal da Guerra. El tráfico era cada vez más intenso, y gracias a la disminución de la velocidad Vitória pudo mantener su sombrilla más derecha. La llevaba tan baja que ningún peatón podía verle la cara. En realidad, no conocía a mucha gente en Río y la posibilidad de que alguno de sus conocidos estuviera a esa hora en la calle era muy reducida. Cruzaron por el centro de la ciudad. A la izquierda vieron el Paço Imperial, la residencia del emperador en la ciudad; una manzana más allá estaba la bella iglesia Nossa Senhora da Lapa dos Mercadores. En la bahía de Guanabara, ante la Ilha Fiscal había numerosos veleros, paquetes y barcos pesqueros que anunciaban que el puerto estaba algo más al norte.

Una vez que cruzaron el centro de la ciudad les volvió a inundar el olor del puerto. Si no fuera por la pestilencia quizás habrían disfrutado de la belleza del paisaje. La bahía de Guanabara, el gigantesco puerto natural que está prácticamente rodeado de tierra, estaba salpicada de barcos anclados en ella que eran la prueba de la inmensa importancia de la ciudad. Río de Janeiro era el puerto más importante de Sudamérica y la mayor metrópoli del continente.

Ya estaban cerca de Sao Cristóvao. León sacó su reloj.

– Las tres. Seguro que ya la echan de menos.

Vitória encogió los hombros.

– Da igual. Diré que he estado en la biblioteca.,

– ¿Cuándo la veré de nuevo? -preguntó León.

– El año que viene mi cumpleaños cae en el sábado de carnaval. Y como Pedro y Joana darán a conocer su compromiso entonces, tendremos tres motivos de celebración. Daremos una gran fiesta de disfraces en Boavista. Me gustaría mucho que viniera.

– ¿De verdad?

– Sí, de verdad.

– ¿Seguro que me invita?

– No, eso no. La invitación oficial se la hará llegar Pedro. Lo entiende, ¿no?

León no contestó. Sólo sonrió a Vitória con una mirada extrañamente triste. Luego se inclinó sobre ella como si quisiera susurrarle algo al oído. Ella acercó también su cabeza para oírle mejor.

– Mi bella, cobarde, orgullosa, lista Vita. Iré como su esclavo. Tenga la seguridad.

Sus labios rozaron su cuello como por casualidad.

Horas más tarde, cuando Vita estaba ya de vuelta en su casa, le ardía tanto el beso de León en la piel que creía que todos iban a percibir la señal de su cuello. Pero aquello no era nada comparado con el ardiente fuego que había en su corazón.

Capítulo nueve

¡Cómo pasaba el tiempo! Si Vitória pensó en un primer momento que los tres meses que faltaban hasta la gran fiesta sería un periodo insoportablemente largo, ahora se daba cuenta de lo rápido que había transcurrido. La familia pasó los días de Navidad en armonía; en Nochevieja fueron juntos a Valença para contemplar los fuegos artificiales y asistir al baile del Hotel Lisboa, donde pasaron la noche. En enero renunciaron a su habitual viaje a Petrópolis para dedicarse a preparar la gran fiesta. Vitória disfrutó mucho de aquellos días. En el valle apenas quedaban algunos de sus amigos o conocidos, casi todos estaban de vacaciones en las montañas. Como en esa época también ella tenía menos trabajo, le quedaba mucho tiempo libre para montar a caballo o ir a nadar. Dona Alma y Luiza se aliaron para disuadirla de pasar tantas horas al aire libre -«te vas a poner tan morena como una mulata»-, pero a Vitória no le importaban ni sus recomendaciones ni su delicada piel. Lo único que aceptó fue llevar sombreros de ala ancha que protegían su rostro y vestidos de manga larga. Además, siempre que podía se mantenía a la sombra y para sus paseos elegía las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde. Así, a comienzos de febrero, después de haber disfrutado ya de cuatro largas semanas de buen tiempo de verano, sólo tenía un ligero color. Suficiente para tener un aspecto fresco y sano sin perder delicadeza.

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