La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
La siguiente media hora la pasó hojeando el libro de poesía y preguntándose cómo había sido posible que León llegara a publicar un libro tan mediocre. Era evidente que no era muy consciente de sus propias limitaciones. En eso, por lo menos, era igual que los demás hombres que Vitória conocía. Siempre se sorprendía de que todos se vanagloriaran incluso de la más ridícula de sus habilidades, mientras que las mujeres infravaloraban sus capacidades.
Vitória se cansó finalmente de holgazanear en la cama. Tenía demasiada energía para permanecer inactiva. Impaciente, cruzó la habitación y abrió las cortinas y la ventana. En el exterior hacía un calor y una humedad sofocantes. El aire pegajoso formaba una película sobre la piel, y Vitória empezó a sudar bajo su fino camisón. Para su encuentro con León debería ponerse su vestido más ligero, que por desgracia no era el más bonito. Y debería recogerse el pelo lo más estirado posible para que la humedad no se lo rizara y la hiciera aparecer como una esclava sin peinar.
Cuando vio acercarse al senhor Manuel en coche de caballos, Vitória cerró enseguida la ventana y las cortinas. Observó cómo dona Alma salía animada de la casa, subía al coche y se alejaba. Cuando se perdió de vista, Vitória tocó impaciente la campanilla. Seguía hambrienta. Y le daba igual lo que María do Céu o Maura pensaran de ella.
Hacia la una Vitória empezó a ponerse muy nerviosa. Se echó polvos de talco de la cabeza a los pies para no deshacerse en sudor con el calor del mediodía. ¿Quizás no hubiera sido tan afortunada la idea de León de encontrarse a esa hora? Luego se vistió. Lamentó que María do Céu no pudiera ayudarla a vestirse, pues después de todo el proceso ya le corrían pequeños chorros de sudor por el costado. ¡Qué clima tan inhumano!
Poco antes de las dos Vitória salió de su habitación. En el vestíbulo se encontró a María do Céu.
– Sinhá, ¡qué bien que se encuentre mejor!
A Vitória no se le escapó la suave ironía en su voz.
– ¡Oh, sí!, en cuanto dona Alma ha abandonado la casa se ha producido una mejoría milagrosa. Y ahora tengo la necesidad imperiosa de mover las piernas. Dentro de una hora, como mucho, estaré de vuelta. Pero que esto quede entre nosotras, ¿de acuerdo?
– Naturalmente. Tome -dijo la muchacha cuando Vitória se disponía a salir-, se olvida la sombrilla.
Por la calle no se veía un alma. Sólo en la pequeña plaza que había delante del palacete volvió a haber signos de vida.
Una vieja bahiana con un miriñaque blanco y un turbante igualmente blanco ofrecía su dulce mercancía a la sombra de un árbol, a pesar de que a esa hora nadie iba a comprar nada. Dos niños negros corrían detrás de un perro jadeante que llevaba la lengua fuera y un collar que valía más que la ropa de sus dos perseguidores. Probablemente los dos jóvenes esclavos hubieran aprovechado la siesta de su amo para escapar con el perro y jugar con él. Un hombre cruzaba la plaza con el pelo empapado de sudor y aspecto de desmayarse de un momento a otro. Quizás se tratara de un hombre de negocios al que un asunto urgente había obligado a exponerse al sofocante calor.
No se veía a León por ninguna parte. Vitória se dirigió al Palacete da Graça, se detuvo en la entrada y estudió detenidamente un cartel que estaba colgado. En aquel momento no había nada que le interesara menos que aquel llamamiento a la caridad navideña. Pero ¿qué debía hacer para que su espera pareciera obedecer a un motivo concreto? Cuando ya se sabía el texto de memoria, empezó a enfurecerse. ¿Cómo podía citarla León en un sitio para luego no aparecer? ¡Qué frescura! Le esperaría dos minutos más, luego se marcharía. Como no llevaba reloj, no sabía cuánto tiempo llevaba esperando. Pero el tiempo se le hacía eterno.
Cuando le parecía que ya habían pasado los dos minutos, Vitória volvió por el mismo camino por el que había llegado hasta allí. La bahiana dormitaba en su puesto y no vio a Vitória, pero los dos niños la miraron con curiosidad. Una sinhazinha que salía a pasear con cuarenta grados a la sombra no era algo que se viera todos los días. Pero todavía se sorprendieron más cuando Vitória aceleró el paso. De pronto le entró mucha prisa. Había perdido medio día de su estancia en Río para que la dejaran plantada. Quería seguir aprovechando su visita a la ciudad, no podía perder más tiempo.
En la Rúa Bonita se le acercó un coche descubierto a toda velocidad. El cochero conducía con tan poco cuidado que casi roza a Vitória, que iba por la acera. Ésta casi suelta una maldición. Pero cuando vio quién iba en el carruaje, se quedó muda. León también la vio. Le gritó algo al cochero y éste detuvo el coche con gran estruendo en el centro de la calle. Vitória se acercó un poco. Llevaba la sombrilla bien pegada a la cabeza. Con un poco de suerte no la reconocería nadie.
– Vita, suba. -León le ofreció su mano y la ayudó a subir al coche-. Disculpe mi retraso.
Estaba deslumbrante. Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca con los botones de arriba desabrochados, con lo que se veía el comienzo de su musculoso pecho. Su piel bronceada mostraba un brillo mate. Probablemente fuera la única persona en Río de Janeiro que a esa hora no estaba bañada en sudor. Sin corbata, sombrero ni chaqueta, parecía un senhor que hubiera estado hasta entonces sentado en la veranda de su casa y no un hombre que había interrumpido su trabajo en la redacción del periódico o dondequiera que fuera.
– Le propongo que demos un paseo en coche por el borde del agua. El aire de la marcha y la brisa del mar la refrescarán.
– ¿Saluda siempre a sus conocidos con una observación tan poco cortés sobre su aspecto? ¡Si hubiera estado puntual en el palacete no tendría que soportar ahora la visión de una mujer totalmente derretida!
– Confiaba en que sería yo quien le hiciera derretirse.
– Mientras yo le dejo frío, a la vista está.
León echó la cabeza para atrás y se rió.
– Eso no le gustaría, ¿no? Está acostumbrada a que todos los hombres pierdan la cabeza. Pero no tema, Vita. Conmigo también lo ha conseguido.
Ella no dijo nada. Estaba sentada junto a León y disfrutaba del aire de la marcha, que aunque era caliente, había secado enseguida su vestido, su piel y su pelo. Pasaron por el puerto, y también aquí estaba todo muy tranquilo a aquella hora. Algunos trabajadores y estibadores estaban sentados en el suelo a la sombra de la mercancía que debían cargar en los paquetes, los barcos de vapor que tardaban tan sólo veintiocho días en cruzar el Atlántico. El aire olía a podrido, a agua salobre y pescado en mal estado.
Cuando llegaron a la playa de Flamingo volvió a oler de nuevo a sal, arena y verano. Tras la bahía de Botafogo vieron asomar las dos elevaciones del Pan de Azúcar. Vitória contempló la vista embelesada. León la miraba de reojo.
– Una vista magnífica, ¿no?
– Sí. -Vitória se volvió hacia él-. Dígame, León, ¿por qué ha organizado este encuentro con tanto misterio?
– Pensé que usted lo preferiría así.
– Este secretismo le da a todo ello un tono de cita amorosa.
– ¿Y no lo es?
Vitória oía latir su corazón. Pero intentó mantener la calma.
– Podría haber seguido el camino habitual y pedirle a dona Alma que le dejara visitarme o realizar una excursión conjunta.
– ¿Para que se negara y volviera a encerrarla?
¡Lo sabía! ¡Sabía que la habían sometido al ridículo castigo de no salir de casa!
– ¡Oh, yo…!
– No necesita explicarme nada. Sé lo que ha pasado y me imagino cómo ha sido. Supongo que por eso no ha podido avisarme de su visita.