El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Estábamos de perfil al público. Tara me agarraba de la cintura mientras movíamos las caderas al unísono y acabamos con las manos sobre el suelo. La música se detuvo. Hubo un fugaz segundo de silencio y luego un estallido de aplausos y silbidos.
Los vampiros pensaban en la sangre que fluía por nuestras venas, estaba segura de ello por su mirada hambrienta, especialmente hacia las que recorrían el interior de nuestros muslos. Y pude escuchar cómo los licántropos se imaginaban el buen sabor que tendríamos. Así que me sentí bastante comestible, en más de un sentido, mientras regresaba a nuestra mesa. Tara y yo recibimos palmadas y cumplidos mientras caminábamos, y no fueron pocas las invitaciones que recibimos. Estuve a punto de aceptar la invitación a bailar de una vampira morena de pelo rizado que era más o menos de mi tamaño y más mona que una conejita. Pero me limité a sonreír y seguir mi camino.
Franklin Mott estaba encantado.
– Oh, habéis estado perfectas -dijo, mientras sujetaba la silla de Tara para que se sentase. Me di cuenta de que Alcide permanecía sentado, clavándome la mirada, obligando a Talbot a hacer lo propio con mi silla en un improvisado y torpe gesto de cortesía (recibió una caricia de Russell en el hombro por hacerlo).
– No puedo creer que no os expulsaran, chicas -dijo Talbot para enterrar el embarazoso momento. Jamás habría pensado que Alcide era de los que realizan gestos posesivos.
– No teníamos ni idea -protestó Tara entre risas-. Ni idea. No comprendíamos el porqué de tanto alboroto.
– ¿Qué mosca te ha picado? -le pregunté a Alcide en voz muy baja. Pero, escuchando atentamente, pude identificar la fuente de su insatisfacción. Lamentaba el hecho de reconocer ante mí que aún llevaba a Debbie en su corazón porque, de lo contrario, haría un decidido esfuerzo por compartir la cama conmigo esa noche. Se sentía a la par culpable y furioso por ello, dado que era luna llena. En cierto modo, era su mejor momento del mes. En cierto modo.
– No pareces estar buscando a tu novio con mucho ahínco -me soltó con frialdad, empleando un tono desagradable.
Era como si me hubiese echado un cubo de agua helada a la cara. Me sorprendió, y me dolió terriblemente. Las lágrimas se agolparon en mis ojos. A los demás miembros de la mesa también les resultó obvio que me había dicho algo que me había alterado.
Talbot, Russell y Franklin lanzaron a Alcide una serie de miradas que rayaban con la amenaza. La mirada de Talbot era un débil eco de la de su amante, así que era prescindible, pero, a fin de cuentas, Russell era el rey, y Franklin parecía ser un vampiro influyente. Alcide recordó dónde y con quién estaba.
– Perdona, Sookie, tan sólo me sentí celoso -dijo lo suficientemente alto como para que toda la mesa lo escuchase-. Ha sido muy interesante.
– ¿Interesante? -dije con toda la suavidad posible. Estaba bastante enfadada. Pasé los dedos por su pelo mientras me inclinaba hacia él-. ¿Sólo interesante? -nos dedicamos una mutua sonrisa bastante falsa, pero los demás se lo tragaron. Tenía muchas ganas de agarrarle de ese pelo negro y darle un buen tirón. Puede que no fuese un telépata como yo, pero pudo leer ese impulso alto y claro. Alcide tuvo que forzarse para no dar un respingo.
Tara volvió a intervenir para preguntarle a Alcide a qué se dedicaba (que Dios la bendiga), y así pasó de largo otro extraño momento. Retrasé mi silla un poco con respecto al círculo que rodeaba la mesa y dejé libre la mente. Alcide tenía razón sobre que era mejor que me pusiera manos a la obra a que me divirtiera; pero no vi la posibilidad de decir que no a Tara en algo que la hacía tan feliz.
En uno de los vaivenes de la pequeña pista de baile, tuve ocasión de ver a Eric, que estaba apoyado contra la pared que había más allá. Sus ojos estaban posados en mí, llenos de calor. Así que había alguien que no estaba cabreado conmigo, alguien que se había tomado nuestra pequeña exhibición tal como era su intención.
Eric tenía bastante buen aspecto con su traje y sus gafas. De alguna manera, decidí, las gafas le restaban aire amenazador, lo cual me ayudó a meterme en faena. El que hubiese menos licántropos y humanos me facilitó escuchar a cada uno, rastrear cada hilo de pensamiento hasta su propietario. Cerré los ojos para concentrarme más, y, casi de inmediato, capté un retazo de monólogo que me dejó atónita.
«Martirio», pensaba el hombre. Sabía que era un hombre y que sus pensamientos procedían de un punto que se encontraba detrás de mí, la zona que había justo al pasar la barra. Mi cabeza empezó a girar, pero me detuve. Mirar no ayudaría, a pesar de ser un impulso casi irresistible. En vez de ello, miré hacia abajo para que los movimientos de los demás parroquianos no me distrajeran.
La gente, cuando piensa, no elabora frases completas. Lo que hago al tratar de desentrañar sus pensamientos es traducirlos.
«Cuando muera, mi nombre será reconocido», pensó. «Casi ha llegado. Dios, haz que no duela. Al menos está aquí, conmigo… Espero que la estaca esté suficientemente afilada.»
Oh, maldita sea. Lo siguiente que recuerdo es que me levanté, alejándome de la mesa.
Caminé lentamente, bloqueando el sonido de la música y las voces para escuchar claramente lo que se decía en silencio. Era como andar debajo del agua. En la barra, apurando de golpe un vaso de sangre sintética, había una mujer de peinado muy llamativo. Llevaba un vestido ajustado con falda suelta que revoloteaba alrededor de ella. Sus brazos musculosos y anchos hombros desentonaban con la vestimenta; pero jamás se lo diría a la cara, ni ninguna persona en su sano juicio. Debía de ser Betty Joe Pickard, lugarteniente de Russell Edgington. También llevaba un guantes y zapatos de tacón blancos. Sólo le faltaba un sombrero con medio velo, pensé. Estaba dispuesta a apostar que Betty Joe había sido una gran fan de Mamie Eisenhower.
Y, detrás de esa formidable vampira, también encarados hacia la barra, se encontraban dos humanos. Uno era alto y me resultaba extrañamente familiar. Tenía el pelo largo y castaño, surcado de canas, y lo llevaba bien peinado. Parecía el típico corte masculino, uno de esos que permitía al pelo crecer como quisiera. No pegaba con su traje. Su compañero, más bajo, tenía un pelo fosco, alborotado y negro, salpicado de gris. El segundo hombre lucía una chaqueta deportiva que bien podía haber salido de unas rebajas de JC Penney.
Y, dentro de esa chaqueta barata, en un bolsillo especialmente confeccionado, llevaba una estaca.
Dudé ante el horror. Si lo detenía, revelaría mi talento oculto, y eso significaría desvelar mi identidad. Las consecuencias de dicha revelación dependerían de lo que Russell Edgington supiera de mí; al parecer sabía que la novia de Bill era una camarera del Merlotte's, en Bon Temps, pero no el nombre. Por esa razón no había dudado en presentarme como Sookie Stackhouse. Si Russell sabía que la novia de Bill era telépata, y descubría que yo lo era, ¿quién sabe lo que podría pasar a continuación?
Bueno, la verdad es que podía imaginármelo.
Mientras dudaba, avergonzada y asustada, alguien tomó la decisión por mí. El hombre del pelo negro se metió la mano en la chaqueta mientras el fanatismo de su mente alcanzaba un pico. Sacó una larga pieza de fresno afilado y luego se desató la locura.
– ¡Estaca! -grité, y me lancé hacia el brazo del fanático, agarrándolo con las dos manos. Los vampiros y sus humanos se arremolinaron en busca de la amenaza, mientras los cambiantes y los licántropos se dispersaban oportunamente hacia las paredes del local para dejar el terreno libre a los vampiros. El hombre alto me golpeó con sus grandes manos en la cabeza y los hombros mientras su compañero se retorcía el brazo, tratando de librarse de mis puños. Se movió bruscamente de un lado a otro para deshacerse de mí.