El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
De alguna manera, durante la trifulca, mis ojos se encontraron con los del hombre más alto, y nos reconocimos. Era G. Steve Newlin, antiguo líder de la Hermandad del Sol, una organización militante antivampiros cuya rama de Dallas había mordido el polvo en cierta medida después de la visita que les hice. Seguro que les diría quién era yo, ya lo sabía, pero no podía permitirme perder de vista al tipo de la estaca. Estaba forcejeando sobre mis tacones, tratando de mantener el equilibrio, cuando el asesino tuvo un destello de astucia y pasó la estaca de su mano derecha a la izquierda, que estaba libre.
Con un último golpe a mi espalda, Steve Newlin corrió hacia la salida y pude ver como un grupo de criaturas salía en su persecución. Escuché muchos aullidos y chillidos agudos. Entonces, el del pelo negro echó hacia atrás el brazo derecho y me clavó la estaca en la cintura, por el lado derecho.
Le solté el brazo, para mirar lo que acababa de hacerme. Alcé la mirada para encontrar sus ojos y quedarme con ellos durante un largo instante, apenas captando nada más que el horror que reflejaba el mío propio. Entonces Betty Joe Pickard cargó su puño enguantado y le golpeó dos veces. El primer golpe le partió el cuello, y el segundo le destrozó el cráneo. Pude escuchar cómo se rompían los huesos.
Se precipitó sobre el suelo y, dado que mis piernas estaban entrelazadas a las suyas, yo fui detrás. Caí a peso, de espaldas.
Me quedé mirando al techo del bar, al ventilador que giraba, solemne, sobre mi cabeza. Me pregunté por qué estaría el ventilador encendido en pleno invierno. Vi un halcón volar por el techo, esquivando con suavidad las aspas del ventilador. Un lobo se puso a mi lado y me lamió la cara entre sollozos, pero se giró y se marchó. Tara estaba gritando. Yo no. Tenía mucho frío.
Con mi mano derecha, cubrí el punto por el que me había entrado la estaca. No quería verlo; me daba miedo mirar hacia abajo. Podía sentir cómo los alrededores de la herida cada vez estaban más húmedos.
– ¡Llamad al teléfono de emergencias! -gritó Tara, mientras aterrizaba de rodillas junto a mí. La barman y Betty Joe intercambiaron miradas por encima de mí. Lo comprendí.
– Tara -dije con un leve graznido-. Cielo, los cambiantes están mutando. Es luna llena. La policía no puede entrar aquí, y lo hará si alguien llama al teléfono de emergencias.
La parte del cambio de forma no pareció cuajar en la mente de Tara, que no sabía que tales cosas fueran posibles.
– Los vampiros no van a dejar que te mueras -dijo, confiada-. ¡Acabas de salvar a uno de ellos!
Yo no estaba tan segura de eso. Vi la cara de Franklin Mott sobre la de Tara. Estaba mirándome, y pude leer su expresión.
– Tara -susurré-. Tienes que salir de aquí. Esto se está poniendo feo, y si hay una mínima posibilidad de que venga la policía, tú no puedes quedarte.
Franklin Mott asintió en aprobación.
– No te pienso abandonar hasta que llegue la ayuda -dijo Tara con una voz llena de determinación. Bendita sea.
Estaba rodeada de vampiros. Uno de ellos era Eric. No fui capaz de descifrar su expresión.
– El rubio alto me ayudará -le dije a Tara con apenas un susurro por voz. Apunté a Eric con el dedo. No me atreví a mirarlo por temor a ver rechazo en sus ojos. Si no me ayudaba él, sospechaba que moriría ahí mismo, sobre ese suelo de madera pulida de un bar de vampiros en Jackson, Misisipi.
Mi hermano Jason se cabrearía de lo lindo.
Tara coincidió con Eric en Bon Temps, pero su presentación se produjo en una fiesta muy tensa. No pareció reconocer al rubio alto que conoció aquella noche, con sus gafas, su traje y su pelo repeinado hacia atrás y recogido en una trenza.
– Por favor, ayuda a Sookie -le dijo directamente, mientras Franklin Mott prácticamente tiraba de ella para ponerla de pie.
– Este joven estará encantado de ayudar a tu amiga -dijo Mott, y le dedicó a Eric una afilada mirada, expresando que más le valdría estar de acuerdo.
– Oh, por supuesto. Soy un buen amigo de Alcide -dijo Eric, mintiendo sin pestañear.
Ocupó el sitio de Tara junto a mí y supe, cuando estuvo de rodillas, que sintió el olor de mi sangre. Se puso incluso más pálido y los huesos se antojaron más pronunciados bajo su piel. Los ojos le centellearon.
– No sabes lo difícil que es -me susurró- no echarme encima y lamerte.
– Si lo haces, todos lo harán también -dije-. Y no sólo lamerán. También morderán.
Había un pastor alemán observándome con unos luminosos ojos amarillos, justo más allá de mis pies.
– Es lo único que me detiene.
– ¿Quién eres tú? -preguntó Russell Edgington. Contemplaba a Eric al detalle. Estaba de pie, a mi otro lado, y se inclinó sobre ambos. Ya me había sentido bastante amenazada, podía jurarlo, pero no estaba en posición de hacer nada al respecto.
– Soy amigo de Alcide -repitió Eric-. Me invitó esta noche para conocer a su nueva novia. Me llamo Leif.
Russell miró hacia abajo a Eric, pues éste estaba arrodillado, y sus ojos marrón dorado se zambulleron en los azules de Eric.
– Alcide no tiene muchos amigos vampiros -dijo Russell.
– Soy uno de los pocos.
– Tenemos que sacar a esta señorita de aquí -sugirió Russell.
La algarabía que había a unos pocos metros aumentó su intensidad. Parecían haberse reunido un montón de animales alrededor de algo tirado en el suelo.
– ¡Sacad eso de aquí! -rugió el señor Hob-. ¡Por la puerta trasera! ¡Ya conocéis las reglas!
Dos de los vampiros levantaron el cadáver sobre el que se agolpaban licántropos y cambiantes, y lo sacaron por la puerta trasera seguidos de los animales. Mala suerte para el fanático del pelo negro.
Aquel mismo día, Alcide y yo nos habíamos deshecho de un cadáver. No se nos pasó por la cabeza llevarlo allí y dejarlo en el callejón. Por supuesto, éste estaba fresco.
– … quizá se haya astillado en el riñón -estaba diciendo Eric. Durante unos momentos había estado inconsciente o, al menos, en otro sitio.
Sudaba mucho y el dolor era insoportable. Sentí una punzada de pesadumbre cuando me di cuenta de que estaba dejando el vestido sudado. Pero, con toda probabilidad, el gran agujero sanguinolento ya había dado al traste con él.
– La llevaremos a mi casa -dijo Russell y, de no haber estado segura de encontrarme gravemente herida, me habría reído-. La limusina está de camino. Estoy seguro de que un rostro familiar hará que se sienta más cómoda, ¿no crees?
Creo que lo que Russell no quería era llevarme él y mancharse el traje. Y lo más probable era que Talbot no pudiese cargarme en brazos. Si bien el pequeño vampiro de pelo negro y rizado seguía ahí, con la sonrisa aún prendida en sus labios, creo que yo resultaría demasiado voluminosa para él…
Y perdí algo más de tiempo.
– Alcide se ha convertido en lobo y ha salido detrás del compañero del asesino -me estaba diciendo Eric, aunque no recuerdo haberlo preguntado. Empecé a decirle de quién se trataba, pero me di cuenta de que sería mejor no hacerlo.
– Leif-murmuré, tratando de recordar el nombre-. Leif, creo que se me ven las ligas. ¿Quiere eso decir…?
– ¿Sí, Sookie?
Y volví a desvanecerme. Luego fui consciente de que me estaba moviendo, y me di cuenta de que Eric me llevaba en brazos. Nada me había dolido tanto en mi vida, y no fue la primera vez que pensé que jamás había puesto un pie en un hospital hasta que conocí a Bill, y ahora parecía que me pasaba la mayor parte del tiempo siendo golpeada y recuperándome de las palizas. Aquello era muy significativo e importante.
Un lince salió del bar junto a nosotros. Miré hacia abajo a sus ojos dorados. Menuda noche se estaba poniendo en Jackson. Esperaba que toda la gente de bien hubiera tenido la idea de quedarse en casa durante la misma.
Y, de repente, estábamos en la limusina. Mi cabeza descansaba sobre el muslo de Eric, enfrente se sentaba Talbot, Russell y el pequeño vampiro del pelo rizado. Un bisonte cruzó al trote cuando nos detuvimos en un semáforo.