El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– Sook, éste es mi amigo, Franklin Mott.
– Encantada de conocerle -dije, extendiendo la mano, antes de darme cuenta de mi desliz. Los vampiros no estrechan las manos-. Ruego que me disculpes -dije rápidamente, y le dediqué un saludo con la cabeza-. ¿Vive aquí, en Jackson, señor Mott? -estaba decidida a no avergonzar a Tara.
– Por favor, llámame Franklin -dijo él. Tenía una voz encantadoramente suave, con un rastro de acento italiano. Cuando murió, probablemente tuviese cincuenta y muchos o sesenta. Su pelo y el bigote tenían un color blanco metálico y su cara era recia. Tenía aspecto vigoroso y muy masculino.
– Sí, pero soy propietario de un negocio que tiene una franquicia en Jackson, otra en Ruston y otra en Vicksburg. Conocí a Tara en la reunión de Ruston.
Poco a poco, fuimos progresando en el ritual social de sentarnos, explicar a los hombres cómo Tara y yo fuimos al instituto juntas y pedir las bebidas. Evidentemente, todos los vampiros pidieron sangre sintética, y Talbot, Tara, Alcide y yo nos decantamos por unos combinados. Decidí que otro cóctel de champán no me vendría mal. La camarera, una cambiante, se movía de una forma extraña, casi a hurtadillas, y no parecía estar de humor para hablar demasiado. La noche de luna llena se dejaba sentir de todas las maneras posibles.
Aquella noche había muchos menos parroquianos de naturaleza dual en el bar. Me alegré al comprobar que Debbie y su novio no estaban, y que sólo había un par de moteros licántropos. Había más vampiros y humanos. Me preguntaba cómo se las arreglarían los vampiros de Jackson para mantener ese bar en secreto. Entre los humanos que acudían con parejas sobrenaturales, seguro que más de uno o dos, estaban dispuestos a dejar escapar algo o hablar con sus amigos de la existencia del bar.
Se lo pregunté a Alcide, quien me respondió en voz baja:
– El bar está encantado. No podrías decirle a nadie cómo llegar hasta aquí aunque lo intentaras.
Tendría que experimentar con eso más tarde para ver si de verdad funcionaba. Me preguntaba quién habría lanzado el conjuro, o como se llamara. Si podía creer en vampiros, licántropos y cambiantes, no era muy descabellado hacerlo también en brujos.
Me encontraba entre Talbot y Alcide, así que, para mantener la conversación, le pregunté a Talbot acerca del secretismo. A Talbot no pareció molestarle charlar conmigo, y Alcide y Franklin Mott descubrieron que teman conocidos en común. Talbot se había puesto demasiada colonia, pero no se lo dije. Era un hombre enamorado y, además, adicto al sexo con vampiros…, estados que no siempre van de la mano. Era un hombre despiadado e inteligente, incapaz de comprender cómo su vida había dado un giro tan exótico. También era un formidable emisor, razón por la cual pude captar tantos detalles sobre su vida.
Repitió la historia de Alcide sobre el conjuro que afectaba al bar.
– Pero la forma de mantener en secreto lo que aquí ocurre es diferente -dijo Talbot, como si estuviese meditando entre ofrecerme una respuesta larga y una corta. Miré su encantadora y bella cara y hube de recordarme que sabía que Bill estaba siendo torturado y que no le importaba. Ojalá volviera a pensar en Bill para poder averiguar más; al menos sabría si Bill estaba vivo o muerto-. Bien, señorita Sookie, el secreto se mantiene mediante el terror y el castigo.
Talbot saboreó las palabras mientras las pronunciaba. Le encantaba haberse ganado el corazón de Russell Edgington, un ser capaz de matar sin pestañear y digno de ser temido.
– Cualquier vampiro o licántropo, de hecho cualquier ser sobrenatural, y no los has visto todos, créeme, que traiga a un humano es responsable del comportamiento de dicho humano. Por ejemplo, si esta noche quisieras hablar con la prensa sensacionalista nada más salir de aquí, sería deber de Alcide buscarte y matarte.
– Ya veo -y tanto que lo veía-. Y ¿qué pasaría si Alcide no lo lograra?
– Entonces su cabeza tendría precio, y el trabajo pasaría a alguno de los cazarrecompensas.
Cristo Santísimo, Pastor de Judea.
– ¿Hay cazarrecompensas? -Alcide podría haberme dicho muchas más cosas de las que me contó; aquél fue un desagradable hallazgo. La voz me salió un poco ronca.
– Claro. Los licántropos que van con la guisa de moteros son los de esta zona. De hecho, esta noche están haciendo preguntas por el bar porque… -su expresión se afiló y se tornó suspicaz-… el hombre que te estaba molestando… ¿Lo volviste a ver anoche, después de salir del bar?
– No -dije, contando técnicamente la verdad. No lo había vuelto a ver… anoche. Sabía qué opinión tenía Dios sobre las verdades técnicas, pero también imaginaba que Él esperaba que salvase mi propio pellejo-. Alcide y yo volvimos derechos a su apartamento. Yo estaba bastante molesta -bajé la mirada como una chica modesta poco acostumbrada a que le entren en un bar, lo cual también distaba unos pasos de la verdad. Aunque Sam mantenía ese tipo de incidentes bajo mínimos y era comúnmente sabido que yo era una loca y, por lo tanto, inestable, más de una vez tuve que hacer frente a un acoso algo violento, así como a algunas insinuaciones indiferentes de tíos que estaban demasiado borrachos para que les importaran mis condiciones mentales.
– Mostraste mucho valor cuando todo apuntaba a que habría una pelea -observó Talbot. Pensaba que mi valor de la noche anterior no pegaba mucho con la modestia de la que hacía gala en ese instante. Maldición, me había pasado en mi papel.
– Valor es el segundo nombre de Sookie -dijo Tara. Resultó una interrupción de lo más oportuna-. Cuando bailábamos juntas en el escenario, hace cosa de un millón de años, ¡ella era la que ponía el arrojo, no yo! Yo me meaba del miedo.
Gracias, Tara.
– ¿Bailabas? -preguntó Franklin Mott, atraído por la conversación.
– Oh, sí, y participamos en un concurso de talentos -le dijo Tara-. Lo que no sabíamos, hasta que nos graduamos y adquirimos algo de experiencia en el mundo, era que nuestra pequeña exhibición era, eh…
– Sugerente -dije, llamando a las cosas por su nombre-. Éramos las chicas más inocentes de nuestro pequeño instituto, y allí estábamos, con esa exhibición de baile que habíamos sacado directamente de la MTV.
– Nos llevó años darnos cuenta de por qué el rector sudaba tanto -dijo Tara, con una sonrisa tan granuja como encantadora-. De hecho, creo que ahora mismo voy a hablar con el disc-jockey -se levantó y se dirigió hacia el vampiro que tenía el puesto montado en un pequeño escenario. Se inclinó, escuchó con atención y asintió.
– Oh, no -iba a pasar una terrible vergüenza.
– ¿Qué? -Alcide parecía divertido.
– Va a hacer que lo repitamos otra vez.
Tara se abrió paso entre el gentío para volver hacia mí, radiante de alegría. Se me habían ocurrido dos docenas de razones para no hacer lo que ella quería, cuando me agarró de las manos y dio un tirón para que me levantara. Estaba claro que sólo saldría de ésa huyendo hacia delante. Tara tenía todas sus expectativas puestas en esa exhibición, y era mi amiga. La gente se apartó para dejar espacio cuando empezó a sonar Love Is a Battlefield, de Pat Benatar.
Lamentablemente, recordaba cada giro y cada meneo, cada golpe de cadera.
En nuestra inocencia, Tara y yo habíamos planificado nuestra exhibición prácticamente como una pareja de patinaje, por lo que estábamos en contacto (o casi) durante todo el proceso. ¿Se podía parecer más a un espectáculo lésbico de un bar de strippers? La verdad es que no. No es que haya estado en muchos locales de ese tipo o en cines porno, pero entiendo que el subidón colectivo de lujuria en el Josephine's aquella noche debió de ser muy similar. No me gustaba ser el centro de todo aquello, aunque reconozco que sentí cierto flujo de poder.
Bill le había enseñado a mi cuerpo lo que es el buen sexo, y estaba segura de que entonces bailaba como quien sabe disfrutar de él, igual que Tara. En cierto modo perverso, estábamos teniendo un momento «Soy mujer, oídme rugir». Y por Dios que, como decía el título de la canción, el amor era un campo de batalla. Benatar tenía razón al respecto.