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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Él se lo proporcionó.

– Como un respaldo para usted.

– Sí. Si trabajamos bien juntos, así será. Como ya le dije, nunca le mentiré.

– ¿Y mi parte se desarrollaría a su lado? ¿Es así como lo ve?

– Por el momento, sí. Pero eso puede cambiar. Actuaremos según las circunstancias.

Lynley permaneció callado, pero ella se dio cuenta de que estaba considerando su propuesta: confrontarla con la vida que estaba llevando actualmente, evaluar la forma en que cambiarían las cosas, y si ese cambio supondría alguna diferencia con respecto a lo que fuera que estuviese viviendo en este momento.

– Tengo que pensarlo -dijo finalmente.

– ¿Cuánto tiempo?

– ¿Tiene móvil?

– Por supuesto.

– Entonces déme el número. Le diré algo antes de que acabe el día.

La verdadera pregunta para él era qué significaba, no si lo haría. Había intentado dejar atrás el trabajo policial, pero éste le había buscado y encontrado, y probablemente seguiría encontrándole lo quisiera o no.

Una vez que Isabelle Ardery se marchó, Lynley se acercó a la ventana y la miró mientras regresaba a su coche. Era bastante alta -al menos metro ochenta, ya que él medía metro ochenta y cinco y la altura de sus ojos era prácticamente la misma-. Todo en ella gritaba «profesional», desde la ropa hecha a medida hasta los zapatos lustrados y el pelo liso color ámbar que caía y se ocultaba justo detrás de las orejas. Llevaba puestos pendientes de oro en forma, de botón, pero eran las únicas joyas que exhibía. Usaba reloj pero no anillos, y sus manos estaban bien cuidadas, con las uñas arregladas y cortadas y una piel que parecía muy suave. Era definitivamente una mezcla de masculino y femenino, como tenía que ser. Para triunfar en su mundo, ella se vería obligada continuamente a ser uno de los chicos, mientras, en el fondo, seguía siendo una de las chicas. No sería fácil.

Observó que abría el bolso al llegar al coche. Se le cayeron las llaves, las recogió y abrió la puerta. Hizo una pausa mientras buscaba algo en el bolso, pero aparentemente no pudo encontrarlo, porque lo lanzó dentro del coche. Un momento después, lo puso en marcha y se alejó.

Lynley permaneció mirando la calle durante un momento, después de que Isabelle se hubiese marchado. No había hecho aquello desde hacía mucho tiempo, ya que Helen había muerto en la calle y no había sido capaz de resignarse a mirar por temor a que la imaginación le llevase de nuevo a aquel momento. Pero ahora, al mirar por la ventana, comprobó que no era más que una calle, como cualquier otra en Belgravia. Grandes casas blancas señoriales, verjas de hierro fundido que brillaban bajo el sol, jardineras que derramaban hiedra y jazmín de estrella con un dulce perfume.

Se apartó de la ventana. Luego se dirigió a la escalera y comenzó a subirla, pero no regresó a la biblioteca, donde había estado leyendo el Financial Times. Fue hasta el dormitorio que estaba junto a la habitación que había compartido con su esposa y abrió la puerta por primera vez desde el febrero anterior, y entró.

La habitación no estaba terminada. Había una cuna que todavía estaba por montar, ya que sólo habían alcanzado a sacarla de la caja. Había seis rollos de papel apoyados contra los paneles de madera, que habían sido barnizados una vez, pero necesitaban otra capa. Una lámpara de techo nueva permanecía en su caja, y debajo de una de las ventanas había un cambiador de bebé, aunque aún carecía del acolchado adecuado. El acolchado estaba enrollado en una bolsa de Peter Jones, entre otras bolsas para compras que contenían almohadas, pañales, un sacaleches, biberones… Era realmente asombroso todas las cosas que se necesitaban para una criatura que en el momento de nacer apenas pesaría tres kilos y medio.

En la habitación faltaba el aire y hacía mucho calor, y Lynley fue hasta las ventanas y las abrió de par en par. Entró una pequeña brisa que mitigó la temperatura, y le extrañó que no hubiesen pensado en eso cuando eligieron esta habitación como cuarto para su hijo. En aquel momento era a finales de otoño, y ya comenzaba el invierno, de modo que el calor del verano había sido lo último que se les pasó por la cabeza. En cambio, ambos habían estado consumidos con el embarazo, en realidad, con lo que el embarazo conllevaba. Suponía que muchas parejas lo enfocaban de ese modo. Pasar por los aspectos complicados que llevaban al y a través del parto, y luego cambiar a la modalidad parental. Uno no podía ser padre o pensar como tal sin alguien de quien ser padre, concluyó.

– Milord.

Lynley se volvió. Charlie Denton estaba en la puerta. Sabía que a Lynley no le gustaba el empleo de su título, pero nunca habían acordado qué era lo que se suponía que Denton debía decir o hacer para llamar su atención aparte de utilizar el título de alguna manera, mascullado si era necesario o pronunciado en medio de un acceso de tos.

– ¿Sí? ¿Qué ocurre, Charlie? ¿Te vas, entonces?

Charlie meneó la cabeza.

– Ya he ido.

– ¿Y?

– Uno nunca sabe con estas cosas. Pensé que con la manera de vestir sería suficiente, pero no hubo palabras de aprobación de parte del director.

– ¿No las hubo? Maldita sea.

– Hmmm. Escuché, sin embargo, que alguien murmuraba: «tiene el tipo», pero eso fue todo. Sólo queda esperar.

– Como siempre -dijo Lynley-. ¿Cuánto tiempo tendrás que esperar?

– ¿A que me llamen? No mucho. Son anuncios, ya sabe. Son exigentes, pero no tanto.

Parecía resignado. Así era el mundo de la actuación. Abrirse paso era un microcosmos de vida en sí mismo. Deseo y transigencia. Colocarse uno mismo en una posición azarosa y sentir la bofetada del rechazo más a menudo que el abrazo del éxito. Pero este último no acaecía si no se corrían riesgos.

– Entre tanto, Charlie, mientras esperas a que te den el papel de Hamlet…

– ¿Señor? -dijo Denton.

– Necesitamos recoger esta habitación. Si preparas una jarra de Pimm's y la traes aquí, deberíamos ser capaces de acabar el trabajo antes de que termine el día.

Capítulo 7

Meredith finalmente siguió la pista de Gordon Jossie hasta Fritham. Había supuesto que aún estaría trabajando en ese edificio, en Boldre Gardens, donde Gina Dickens le había conocido, pero cuando llegó allí era obvio por el estado del tejado que ya hacía tiempo que se había marchado a otro trabajo. La paja estaba perfectamente colocada y la pieza que hacía las veces de firma de Gordon estaba en su sitio en el caballete: un elegante pavo real cuya larga cola protegía la esquina más vulnerable del caballete y caía en forma de paja esculpida un par metros desde el tejado.

Meredith masculló su decepción con un insulto -en voz apenas audible para que Cammie no pudiese oírla- y le dijo a su hija:

– Vamos hasta el estanque de los patos, ¿quieres?, parece ser que allí hay un puente verde muy bonito que lo cruza. Podremos caminar por él.

El estanque de los patos y el puente las mantuvo allí una hora, pero resultó ser un tiempo bien aprovechado. Después del paseo se detuvieron en el quiosco de refrescos y, mientras compraba un helado para Cammie y una botella de agua para ella, Meredith averiguó dónde podía encontrar a Gordon Jossie sin necesidad de llamarle por teléfono y, de ese modo, darle tiempo para que se preparase antes de verla.

Gordon estaba trabajando en el pub que había cerca de Eyeworth Pond. Se enteró de estos detalles por la chica que atendía la caja, quien aparentemente disponía de la información porque había tenidos los ojos puestos en el aprendiz de Gordon durante todo el tiempo que los dos hombres habían trabajado en Boldre Gardens. Ella, al parecer, había conseguido empezar a hacerse querer por el muchacho, a pesar de -o quizá debido a- que sus piernas estaban tan arqueadas que tenían la forma del hueso de la suerte de un pavo. Allí era donde Meredith podía encontrar a los tíos que cubrían de paja los tejados, dijo la joven, cerca de Eyeworth Pond. Entornó los ojos y le preguntó a cuál de los dos hombres buscaba. Meredith se sintió tentada de decirle que reservase la ansiedad para algo que mereciera realmente la pena. Un hombre en cualquier estado, de cualquier edad, y en cualquier forma era la última cosa que ella deseaba añadir a su vida. Pero le contestó que estaba tratando de encontrar a Gordon Jossie, así que la joven le indicó la ubicación exacta de Eyeworth Pond, justo al este de Fritham. Y, de todos modos, el pub se encontraba más cerca de Fritham que del estanque, añadió.

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