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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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Si algo recuerdo de esa experiencia, es el brillo de la luz.

Alcé una mano para protegerme los ojos, pero era un espectáculo tan glorioso que no fui capaz de apartar la vista. El fuego aumentaba de altura y anchura cada vez que yo respiraba. A medida que crecía, sus colores se intensificaban: oro, plata y cobre se fundían con escarlata, zafiro y esmeralda ominosos, hasta virar a negro.

Las llamas eran oscuras, despiadadas y voraces. Me acurruqué en vano contra la pared de piedra, y vi que zarcillos rojo sangre avanzaban hacia mí. Una chispa solitaria se alzó en el aire y flotó hacia el suelo, una ceniza negra como el azabache cuando se posó sobre mi pierna y me arrancó un chillido de miedo y sorpresa.

Pero no podía apartar la vista, porque sabía que las llamas contenían visiones y destino. Al mismo tiempo que retrocedía, me acercaba más al fuego, y cuando escudriñé su núcleo Vi:

En miniatura, miles y miles de hombres, miles y miles de mujeres, nacidos mil años antes y mil años después, y en todos los años intermedios: moros y judíos, cristianos, paganos y ateos, leprosos y sanos, esclavos, siervos, mercaderes, señores y damas; todos atrapados en la cárcel de las llamas y aullando de dolor. Muchos gritaban a la Diosa, con todos Sus nombres; otros, que no eran de la Raza, gritaban a sus dioses, o a la humanidad, suplicando el final de tamaña crueldad. Todos se abrasaban por los siglos de los siglos.

Grité el nombre secreto de la Diosa, desesperada.

Y Ella contestó con una repentina oleada de calor que confortó mi corazón, una oleada de vida pura.

Al punto me encontré en la cueva de nuevo, a una distancia respetable del fuego, que ya no parecía tan amenazador ni brillante. Pero aún no podía levantarme, porque Justin estaba encima de mí, con su cuerpo apretado contra el mío, sus labios se movían sobre mi mejilla, mi cuello, y su mano izquierda se adueñaba de mis pechos. Su mano derecha se movía con delicadeza, pero también con firmeza, entre mis muslos para separarlos.

Luego se apoyó sobre un brazo para alzar el torso. Él también había salvado las fronteras del mundo real para estar conmigo. Sus ojos eran del verde grisáceo nublado de un mar revuelto por la tempestad, sus pupilas grandes e infinitamente negras.

Aquella noche se me antojó un salvaje, con el cabello revuelto y desgreñado, el cuerpo desnudo brillante de ungüento y con polvo adherido. Los músculos de sus brazos, de su pecho, me parecían mucho más hermosos que la talla o la escultura de un artista. Anonadada, alcé mi mano hacia ellos, y reí en voz baja cuando temblaron bajo mi caricia. Pasé los dedos por ellos, desde el hombro hasta el abdomen pasando por el pecho. Después me detuve en el nido oscuro y aterciopelado de su vello púbico, del cual emergía su miembro viril, erecto y tumefacto.

Lo toqué vacilante, movida por una curiosidad inocente, y un repentino y violento anhelo de ser empalada por él. Bajo los dos, habló una suave voz silenciosa.

Ahora no es el momento…

Antes de que pudiera decir nada, Justin apartó mi mano de su pecho y guió su miembro viril entre mis piernas, después arqueó la espalda y se alojó en mi interior con un gemido.

Fue una sensación de fugaz dolor mezclada con un intenso placer. Una segunda embestida, y yo también gemí con un anhelo desesperado.

Pero no de Justin. De Justin no. Ahora no es el momento…

Una fuerza imposible se apoderó de mí. Le aparté, con tanta facilidad como a una mosca, y me incorporé.

Se desplomó sobre una cadera, jadeante, y en aquel instante vi las emociones desfilar por su rostro: la lujuria, el dolor y finalmente el pesar de comprender que nunca hallaría en mí a su adorada Bernice.

La lujuria se apoderó de él una vez más, y extendió la mano hacia mí. La aparté y dije con la mayor dulzura posible:

– No. Tú no eres el Elegido.

– Pero has de hacerlo -suplicó como un niño-. Es el camino de la iniciación.

– Para mí no.

Me levanté y descubrí que la fuerza había regresado a mis miembros, y que todo el aturdimiento y la incomodidad habían desaparecido. En cuanto al pobre Justin, no volvió a protestar, sino que se dejó caer en el suelo con los ojos clavados en el techo.

Corrí con pies ligeros hasta la boca de la cueva, sin temor al fuego, sino disfrutando de su calor. Apoyé una mano contra la pared de piedra y oteé el exterior. La lluvia había cesado, y el velo de nubes se había descorrido para revelar unas estrellas tan brillantes que sus rayos casi tocaban la tierra. La luna era gigantesca y opalescente, veteada de rosa y azul, tan radiante que pude ver cada gota de humedad, temblorosa y radiante, que colgaba de las hojas del bosque.

La Diosa estaba conmigo una vez más.

Reí en voz baja y distinguí a lo lejos una pequeña esfera blanca de luz que se desplazaba entre los árboles. Crecía a medida que se acercaba, y cuando se plantó ante mí, era más alta y ancha que yo.

Era la luz que había visto esperándome más allá del círculo de la luna anterior. Me arrodillé, con la esperanza de recibir una visión de la Diosa. Pero lo que emergió de la luz fue un anciano, de barba gris y rizos que le llegaban hasta la cintura. El judío que me había salvado, encorvado y vestido como en vida, con la kipah escondida bajo el sombrero, el distintivo de fieltro amarillo cosido a su oscura blusa de mercader. Sus ojos oscuros albergaban un amor tan infinito que las lágrimas anegaron los míos.

– Jacob -le saludé, asombrada de saber su nombre, pero comprendiendo que siempre lo había sabido, como siempre le había conocido y amado como profesor y guía.

– Mi señora -dijo, para mi sorpresa. Cogió mis manos entre las suyas, me puso en pie, se arrodilló y besó mis nudillos como un caballero cuando jura lealtad a su reina.

– No -dije, estupefacta-. Jacob, no has de arrodillarte ante mí.

Como si obedeciera una orden, se levantó y señaló la gran esfera blanca, que continuaba en su sitio.

Mi mirada siguió su dirección. Vi otra figura que tomaba forma en el interior de la esfera. Otro hombre, cuyo cabello era del color del cobre pulido, y de facciones delicadas y hermosas. Iba vestido con las sedas y los terciopelos de los nobles, y una enorme espada colgaba de su cinto.

Yo le conocía y al mismo tiempo no le conocía, así que me volví hacia Jacob.

– ¿Quién es? -pregunté.

– Edouard. Uno entre muchos -contestó Jacob-. Nos recordarás poco a poco.

La figura encerrada en el globo luminoso se transformó en la de un clérigo. Después, en la de un tercer hombre, y luego un cuarto. A continuación, empezó a cambiar con tal celeridad que me aturdió, hasta que apareció un anciano caudillo, sobre cuya cabeza descansaba una tosca corona de oro.

– ¿Y ese? -pregunté.

– Un ser legendario -contestó Jacob-. Su nombre significaba Oso.

Y después, otro anciano, de bigote y barba blancos recortados, vestido con la sencilla cota de malla de un caballero del siglo pasado. Sobre el pecho llevaba una holgada blusa blanca, adornada con una cruz rojo sangre. Su cara era larga y severa, las cejas pobladas, de un negro feroz. Vi que las llamas consumían barba, cejas y pelo.

– Jacques -susurré cuando el rostro besado por el fuego del chevalier se transformó en el de mi querido judío-. Jacob… -Miré al espíritu y contuve las lágrimas-. Jacob, ¿cuántas veces has de sufrir martirio por mí?

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