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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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«Se supone que cuando muere el dueño de un reloj, éste se para.»

«Supersticiones.» Thecla me sacaba el libro de las manos para tenerlo en las suyas, que eran de dedos largos y muy frías. «Cuando el dueño muere, nadie pone más agua en el reloj. Muere, y las enfermeras miran el cuadrante y anotan el momento. Más tarde lo encuentran parado, y el momento es el mismo.»

Yo le contestaba: «Dices que se para antes que el dueño; entonces, el hecho de que el universo se esté parando no significa que el Increado esté muerto; sólo significa que nunca existió».

«Es que está enfermo. Mira a tu alrededor. Fíjate en este lugar, y en las torres que tienes encima. ¿Sabes que nunca lo has hecho, Severian?»

«Siempre se le puede decir a otro que vuelva a llenar el mecanismo», sugería yo, y luego, comprendiendo lo que había dicho, me ruborizaba.

Thecla se reía: «No te había visto así desde la primera vez que me quité el vestido para ti. Te llevé las manos a mis pechos y te pusiste rojo como una fresa. ¿Recuerdas? ¿Decirle a alguien que lo llene? ¿Qué se ha hecho del joven ateo?»

Yo le apoyaba la mano en el muslo: «Está confundido, como aquella vez, por la presencia de la divinidad».

«Entonces ¿no crees en mí? Pienso que tienes razón. Parece que soy el sueño de todo joven torturador: una prisionera hermosa, todavía intacta, que te llama para aplacar tu lujuria.»

Intentando ser galante, yo decía: «Sueños como tú están más allá de mi poder».

«Es evidente que no, pues estoy en tu poder en este mismo momento.»

Había algo con nosotros en la celda. Examiné la puerta atrancada y la lámpara de reflector plateado de Thecla, y luego todos los rincones. La celda se fue oscureciendo, y Thecla e incluso yo nos desvanecimos con la luz, pero no la cosa que se había entrometido en mi recuerdo.

—¿Quién eres y qué quieres de nosotros? —pregunté.

—Sabes muy bien quiénes somos, y nosotros sabemos quién eres tú. —La voz era serena y, pienso, tal vez la más autoritaria que haya oído en mi vida. Ni el mismo Autarca hablaba así.

—Y bien, ¿quién soy?

—Severian de Nessus, el lictor de Thrax.

—Soy Severian de Nessus —dije—. Pero ya no soy lictor de Thrax.

—De eso tendrías que convencernos.

Hubo un nuevo silencio, y al cabo de un tiempo entendí que mi interrogador, antes que hacerme preguntas, me obligaría, si yo deseaba recuperar la libertad, a explicarme ante él. Yo tenía muchas ganas de echarle las manos encima —no podía estar a más de unos codos de distancia—, pero sabía que muy probablemente estaba armado con las garras de acero que me habían mostrado los guardianes de la senda. También tenía ganas, y eso desde hacía un buen rato, de sacar la Garra de su bolsa de cuero, aunque nada habría sido más tonto.

—El arconte de Thrax —dije— quería que matara a cierta mujer. En vez de eso yo la liberé, y tuve que huir de la ciudad.

—Sorteando los puestos de guardia por arte de magia.

Yo siempre había estado convencido de que los hombres que se proclamaban hacedores de prodigios eran impostores; ahora, algo en la voz de mi interrogador sugería que aun mientras intentaban engañar a otros, esos hombres podían engañarse a sí mismos. Había una nota burlona, pero el objeto de la burla era yo, no la magia.

—Es posible —dije—. ¿Qué sabéis de mis poderes? —Que no bastan para liberarte de este lugar.

—No he intentado liberarme, y sin embargo ya estuve en libertad.

Eso lo perturbó.

—No estuviste en libertad. ¡Trajiste simplemente el espíritu de esa mujer!

Solté el aliento, procurando que el suspiro fuese inaudible. En la antecámara de la Casa Absoluta, una vez que Thecla había desplazado mi personalidad por un rato, una niña me había confundido con una mujer alta. Ahora, al parecer, la Thecla recordada había estado hablando por mi boca.

—Pues entonces está claro que soy un nigromante —exclamé—, capaz de invocar los espíritus de los muertos. Porque esa mujer está muerta.

—Nos dijiste que la habías dejado escapar.

—Era otra mujer, que sólo remotamente se parecía a aquélla. ¿Qué le habéis hecho a mi hijo?

—El no te llama padre. Vive de fantasías —dije.

No hubo respuesta. Al cabo de un rato me levanté y de nuevo pasé las manos por las paredes de mi prisión subterránea; eran de tierra, como antes. No había visto ninguna luz ni oído ningún ruido, pero me pareció que habría sido posible cubrir la trampa con alguna estructura portátil que excluyera la luz; y si estaba construido con habilidad, el escotillón podía levantarse silenciosamente. Subí el primer peldaño de la escalera, que crujió bajo mi peso.

Subí un peldaño más, y otro, y cada vez hubo un nuevo crujido. Intenté subir el cuarto peldaño, y sentí el cuero cabelludo y los hombros perforados como por puntas de dagas. Un hilo de sangre de la oreja derecha me resbaló por el cuello.

Retrocedí al tercer peldaño y tanteé por encima de mi cabeza. Lo que al entrar en la cámara subterránea me había parecido una estera raída era en verdad una docena o más de astillas de bambú, incrustadas de algún modo en las paredes del pozo con las puntas hacia abajo. Había bajado con facilidad porque mi peso las había doblado; ahora me impedían el ascenso como las púas de un arpón impiden que el pez se desprenda. Aferré una e intenté quebrarla pero, aunque lo habría conseguido con las dos manos, con una sola resultaba imposible. Disponiendo de luz y de tiempo habría podido abrirme paso; podía procurarme luz, quizá, pero no me atreví a arriesgarme. Salté de nuevo al suelo.

Otra vuelta por la habitación no me dijo más de lo que sabía; y sin embargo parecía inconcebible que mi interrogador hubiera trepado la escalerilla sin hacer ruido, aunque quizá poseía algún conocimiento especial que le permitía pasar entre los bambúes. Anduve por el suelo a gatas, y no me enteré de nada nuevo.

Traté de mover la escalera, pero estaba fija; de modo que empezando por el rincón más cercano al pozo, salté para tocar la pared en el punto más alto posible, y luego di medio paso al costado y volví a saltar. Cuando llegué a un punto más o menos opuesto al lugar donde había estado sentado, lo encontré: un agujero rectangular de alrededor de un codo de altura y dos de ancho, con el borde inferior ligeramente por encima de mi cabeza. Mi interrogador podía haberse descolgado de él en silencio, tal vez valiéndose de una soga, y vuelto a subir del mismo modo; pero era más probable que simplemente hubiese metido la cabeza y los hombros, para que la voz sonara como si realmente estuviera conmigo en el lugar. Me aferré lo mejor que pude al borde del agujero, di un salto y me encaramé.

XXI — El duelo de magia

La cámara contigua se parecía mucho a la que había sido mi prisión, aunque tenía techo más alto. Estaba, por supuesto, totalmente oscura; pero ahora que confiaba en que ya no me observaban, saqué la Garra de la bolsa y a su luz, que aunque no brillante era suficiente, miré alrededor.

En vez de escalera, una puerta angosta daba acceso a lo que presumí era una tercera estancia subterránea. Volviendo a ocultar la Garra, entré en ella, pero me encontré en un túnel no más ancho que el vano de la puerta, que dio vueltas y más vueltas antes de que yo hubiera recorrido seis zancadas. Al principio supuse que era un pasaje deflector, que impedía que la luz delatara la abertura en la pared de la cámara donde me habían confinado. Pero no habrían hecho falta más de tres curvas. Las paredes parecían combarse y dividirse; sin embargo, la oscuridad seguía siendo impenetrable. Saqué la Garra una vez más.

Tal vez a causa del espacio reducido en que yo estaba, la habitación pareció algo más luminosa; pero no había nada que ver que no me hubieran dicho ya mis manos. Estaba solo, en un laberinto de paredes de barro y techo de varas toscas (que mi cabeza casi tocaba); las ceñidas curvas derrotaban rápidamente la luz.

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