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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Realmente no lo sé. Por lo que oí en Thrax, los insectos no son ni con mucho tan malos como en lugares más bajos, y no es probable que nos encontremos con vampiros… Una vez, a un amigo mío lo mordió un vampiro, y no es muy agradable. Pero los que sí viven allí son los grandes monos, y habrá pumas y otras cosas.

—Y lobos.

—Y lobos, claro. Sólo que lobos hay también en partes más altas. Tan altas como donde estaba tu casa, y más aún.

Apenas mencioné su antiguo hogar me arrepentí, porque con la palabra desapareció algo de la alegría de vivir que había empezado a volverle a la cara. Por un rato pareció perderse en algún pensamiento. Luego dijo:

—Cuando esos hombres… —Los zoántropos.

Asintió: —Cuando los zoántropos atacaron a mamá, ¿viniste lo más rápido que podías?

—Sí —dije—. Fui lo más rápido que pude. —Era verdad, al menos en cierto sentido, pero de todos modos me dolió decirlo.

—Bien —dijo él. Yo le había desplegado una manta, y ahora se echó sobre ella. Se la doblé por encima—. Las estrellas se han vuelto más brillantes, ¿no es así? Cuando el sol se va brillan más.

Me eché al lado de él mirando hacia arriba.

—En realidad no se va. Eso es lo que nos parece, porque Urth vuelve la cara. Si tú no me miras, yo no dejo de estar por más que no me veas.

—Si el sol sigue estando, ¿por qué las estrellas brillan más?

La voz del niño me decía que estaba contento por ser capaz de argumentar, y yo también estaba contento; de repente comprendí por qué el maestro Palaemon había disfrutado conversando conmigo cuando yo era niño.

—La llama de una vela —dije— es casi invisible a plena luz del sol, y del mismo modo parece que se apagaran las estrellas, que en realidad también son soles. Por cuadros pintados en la antigüedad, cuando nuestro sol era más brillante, parece ser que las estrellas no se veían hasta el crepúsculo. Las viejas leyendas (en la alforja tengo un libro que cuenta muchas) están llenas de seres mágicos que se desvanecen muy despacio y de la misma forma vuelven a aparecer. No hay duda de que esas historias se basan en cómo se veían entonces las estrellas.

El niño alzó un dedo: —Allí está la hidra.

—Pienso que tienes razón —dije—. ¿Conoces alguna otra?

Me mostró la cruz y el gran toro, y yo señalé mi anfisbena, y varias más.

—Y allí está el lobo, arriba del unicornio. También hay un lobito, pero no puedo encontrarlo.

Lo descubrimos juntos, cerca del horizonte. —Son como nosotros, ¿no? El lobo grande y el lobo chico. Nosotros somos Severian grande y Severian chico.

Estuve de acuerdo, y él contempló largo rato las estrellas, masticando el trozo de carne seca que le había dado. Luego dijo: —¿Dónde está el libro con historias?

Se lo mostré.

—Severa y yo también teníamos un libro, y a veces mamá nos leía historias.

—Era tu hermana, ¿no? Severian asintió.

—Éramos gemelos. Severian grande, ¿alguna vez tuviste una hermana?

—No lo sé. Toda mi familia está muerta. Murieron cuando yo no era más que un bebé. ¿Qué clase de historia te gustaría?

Me pidió ver el libro y se lo di. Después de haber pasado unas páginas me lo devolvió: —No es como el nuestro.

—Ya me parecía.

—Mira si puedes encontrar una historia con un niño que tiene un amigo grande, y una gemela. Tendría que haber lobos.

Me esforcé todo lo posible, y leí rápido para adelantarme a la luz menguante.

XIX — El cuento del niño llamado Rana

Parte I

Estío Temprano y su hijo

En la cima de una montaña allende las costas de Urth vivía una vez una mujer encantadora llamada Estío Temprano. Era la reina de aquel país, pero su rey era un hombre fuerte e implacable, y porque ella tenía celos de él también él tenía celos de ella, y mataba a cualquier hombre que le pareciese un posible rival.

Un día Estío Temprano se paseaba por el jardín cuando vio un capullo hermosísimo de una especie que desconocía totalmente. Era más rojo que todas las rosas y de perfume más dulce, pero con un fuerte tallo sin espinas y liso como el marfil. Lo arrancó y lo llevó a un lugar retirado, y al reclinarse a contemplarlo, empezó a parecerle que no era ningún capullo sino el amante que anhelaba desde hacía mucho tiempo, poderoso y sin embargo tierno como un beso. Parte de los jugos de la planta la penetraron y ella concibió. No obstante, le dijo al rey que el niño era de él y, puesto que estaba bien custodiada, él le creyó.

Fue varón, y por deseo de la madre lo llamaron Viento Primaveral. Cuando nació, todos aquellos que estudiaban los astros se reunieron a hacerle el horóscopo, no sólo los que vivían en la cumbre de la montaña sino muchos de los más grandes magos de Urth. Largamente se afanaron sobre sus cartas, y nueve veces se reunieron en cónclave solemne. Y al fin anunciaron que Viento Primaveral sería irresistible en el combate, y que ningún hijo suyo moriría sin haber alcanzado el crecimiento pleno. Estas profecías complacieron mucho al rey.

A medida que Viento Primaveral crecía, su madre advirtió con secreto placer que lo que más lo deleitaba eran los campos y las flores y los frutos. Bajo su mano prosperaba todo lo verde, y era la podadera lo que deseaba empuñar, no la espada. Pero, cuando se hubo hecho joven, llegó la guerra, y recogió la lanza y el escudo.

Porque era de conducta tranquila y obediente al rey (a quien creía su padre, y quien se creía padre de él), muchos supusieron que la profecía resultaría falsa. No fue así. En el calor de la batalla luchó con sangre fría, bien pensada la audacia y sobria la cautela; no había general más pródigo que él en estratagemas y ardides, ni oficial más atento a todos los deberes. Los soldados que él guiaba contra los enemigos del rey eran adiestrados hasta que parecían hombres de bronce avivados con fuego, y la lealtad que le profesaban era tal que lo habrían seguido hasta el Mundo de las Sombras, el territorio más distante del sol. Entonces los hombres dijeron que era el viento primaveral el que derribaba las torres, y el viento primaveral el que enviaba los barcos a pique, aunque lo que Estío Temprano había pretendido no era eso.

Sucedía que a menudo los azares de la guerra llevaban a Viento Primaveral a Urth, y allí llegó a tener noticia de dos hermanos que eran reyes. El mayor de ellos tenía varios hijos, pero el menor solamente una hija, una muchacha llamada Pájaro del Bosque. Cuando esta muchacha se hizo mujer, mataron a su padre; y el tío, para que nunca engendrara hijos que reclamasen el reino de su abuelo, introdujo el nombre de Pájaro del Bosque en el protocolo de las sacerdotisas vírgenes. Esto disgustó a Viento Primaveral, porque la princesa era hermosa y su padre había sido amigo de él. Un día ocurrió que, habiendo entrado solo en el mundo de Urth, vio a Pájaro del Bosque dormida junto a un arroyo, y la despertó con sus besos.

De la unión nacieron gemelos pero, aunque las sacerdotisas de la orden habían ayudado a Pájaro del Bosque a ocultar la gestación a los ojos de su tío, el rey, no pudieron esconder los bebés. Antes de que Pájaro del Bosque alcanzase siquiera a verlos, las sacerdotisas los pusieron en una bamboleante cesta forrada de edredones de plumas y los llevaron a la orilla del mismo arroyo donde Viento Primaveral había sorprendido a su amada, y después de echar la cesta al agua se alejaron.

Parte II

De cómo Rana encontró una nueva madre

Lejos navegó aquella cesta, sobre aguas frescas y sal. Otros niños habrían muerto, pero los hijos de Viento Primaveral no podían morir, porque aún no habían crecido. Los acorazados monstruos del agua chapoteaban en torno a la cesta y los monos arrojaban en ella palos y cocos, pero la cesta siguió siempre a la deriva hasta que al fin llegó a una ribera donde dos hermanas pobres estaban lavando ropa. Al verla, las buenas mujeres se echaron a gritar, y como los gritos no servían de nada, se enrollaron las faldas en los cinturones y vadearon el río y llevaron la cesta a la orilla.

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