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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—El rastro del animal del que escapamos anoche. —¿Tú lo viste?

El niño calló un rato. Luego preguntó: —¿De dónde vino, Severian grande?

—¿No recuerdas el cuento? De la cumbre de una montaña de allende las costas de Urth.

—¿Donde vivía Viento Primaveral? —No creo que fuera la misma. —¿Y cómo llegó aquí?

—Lo trajo un hombre malo —dije—. Y ahora cállate un rato, Severian chico.

Fui cortante con el niño porque a mí me inquietaba la misma idea. Parecía bastante claro que Hethor lo había traído de contrabando en la nave en que servía; y que al seguirme fuera de Nessus, no le habría sido difícil transportar las nótulas en un contenedor personal pequeño y sellado: como había descubierto Jonas, por terribles que pareciesen no eran más gruesas que una gasa.

Pero ¿y la criatura que habíamos visto en la sala de las pruebas? También había aparecido en la antecámara de la Casa Absoluta, después de la llegada de Hethor, pero ¿cómo? ¿Y había seguido a Hethor y Agia como un perro cuando viajaron al norte, a Thrax? La evoqué, tal como la había visto mientras mataba a Decumano, e intenté calcular su peso: tenía que pesar tanto como varios hombres, y acaso tanto como un destriero. Sin duda, para transportarla y esconderla habría hecho falta un carro grande. ¿Se había aventurado Hethor en esas montañas con un carro así? No podía creerlo. ¿Y el viscoso horror que habíamos visto había compartido esa carreta con la salamandra cuya destrucción yo había presenciado en Thrax? Tampoco podía creerlo.

Cuando llegamos, la aldea parecía desierta. Algunas partes de la sala de las pruebas estaban todavía en pie y humeaban. Busqué en vano los restos del cuerpo de Decumano, aunque encontré su bastón quemado en parte. Era hueco, y pulido por dentro, y sospeché que con el mango quitado, había servido de cerbatana para disparar dardos envenenados. No cabía duda de que Decumano la habría empleado si yo me hubiera resistido demasiado al hechizo que él tejía.

El niño tenía que haber estado siguiéndome los pensamientos por mi expresión y la dirección de mi mirada.

—Ese hombre era un mago de veras, ¿no? —dijo—. A ti casi te hechiza.

Asentí.

—Pero habías dicho que no era verdadero.

—En cierto modo, Severian chico, yo no soy más sabio que tú. No pensé que fuera mago de veras. Había visto tantos engaños… La puerta secreta de la cámara subterránea donde me metieron, y cómo te hicieron aparecer de adentro de la túnica del otro. Sin embargo, por todas partes hay cosas tenebrosas, y supongo que el que tenga constancia para buscarlas no podrá librarse de encontrar algunas. Entonces se convertirá, como dices tú, en un mago de veras.

—Si alguien supiera magia de veras, podría decirle a todo el mundo qué hacer.

Por toda respuesta meneé la cabeza, pero desde entonces lo he pensado mucho. Me parece que se pueden hacer dos objeciones a la idea del niño; expresada con mayor madurez esa idea podría resultar más convincente.

La primera es que de una generación a otra de magos se transmite muy poco conocimiento. Yo fui formado en las que pueden llamarse ciencias aplicadas más fundamentales; y por esa formación sé que el progreso de las ciencias depende mucho menos que lo que comúnmente se cree de las consideraciones teóricas o la investigación sistemática, y bastante más de la información fiable, obtenida por azar o perspicacia, que un grupo de hombres transmite a sus sucesores. Los que persiguen el conocimiento oscuro son dados a guardárselo incluso en la muerte, o a transmitirlo envuelto en disfraces y nublado por mentiras. A veces se sabe de algunos que instruyen bien a sus amantes, o a sus hijos; pero, por temperamento, tal gente rara vez tiene amantes o hijos, y si los tiene es posible que el arte se les debilite.

La segunda es que la existencia misma de esos poderes sugiere la existencia de una contrafuerza. A los poderes del primer tipo los llamamos oscuros, aunque, como había hecho Decumano, puedan usar una especie de luz mortal; y a los del segundo los llamamos luminosos, aunque creo que en ocasiones pueden emplearla oscuridad, tal como un buen hombre corre las cortinas de la cama para dormir. Sin embargo, es cierto que se puede hablar de oscuridad y luz, porque eso muestra sencillamente que una implica a la otra. El cuento que yo había leído a Severian chico decía que el universo no era sino una larga palabra del Increado. Nosotros, entonces, somos las sílabas de esa palabra. Pero decir cualquier palabra es inútil a menos que haya otras palabras, palabras que no sean dichas. Si una bestia no tiene más que un grito, ese grito no dice nada; y hasta el viento tiene multitud de voces, de modo que los que están entre paredes pueden oírlo y saber si el tiempo es benigno o tumultuoso. Los poderes que llamamos oscuros son, me parece, las palabras que el Increado no dijo, si es que el Increado existe; y estas palabras deben mantenerse en una cuasiexistencia si se ha de distinguir la otra palabra, la palabra dicha. Lo que no se dice puede ser importante; pero más importante es lo que se dice. Así mi conocimiento de la existencia de la Garra fue casi suficiente para combatir el hechizo de Decumano.

Y si los buscadores de cosas oscuras las encuentran, ¿no podrán los buscadores de cosas luminosas encontrarlas también? ¿Y no son también más propensos a transmitir su sabiduría? Así habían conservado las Peregrinas la Garra, de generación en generación; y, pensando en esto, me decidí más que nunca a encontrarlas y devolver la gema; pues si no lo había sabido antes, la noche con el alzabo me había hecho ver que yo era solamente carne, y con el tiempo sin duda moriría, y acaso muriera pronto.

Debido a que la montaña a la que nos acercábamos estaba al norte y arrojaba su sombra hacia la garganta selvática, de ese lado no crecían cortinas de enredaderas. El verde pálido de las hojas se fue apagando y decolorando todavía más, y el número de árboles muertos aumentó, aunque todos eran más pequeños. Se interrumpió el dosel de hojas bajo el que habíamos andado todo el día, y cien zancadas más adelante volvió a interrumpirse, y al fin desapareció del todo.

Luego se elevó ante nosotros la montaña, demasiado cerca para que la viéramos como la imagen de un hombre. Grandes declives plegados rodaban surgiendo de un banco de nubes; no eran, lo supe, sino las esculpidas colgaduras de sus ropas. Cuán a menudo se habría levantado del sueño para ponérselas, acaso sin reflexionar que allí se conservarían durante siglos, tan enormes que casi escapaban a la vista de la humanidad.

XXIII — La ciudad maldita

Hacia el mediodía de la jornada siguiente encontramos agua otra vez, la única que los dos íbamos a probar en aquella montaña. Sólo quedaban unas tiras de la carne seca que Casdoe me había dejado. Las repartí, y bebimos del arroyo, que era apenas un hilo del grosor de un pulgar de hombre. Esto resultaba extraño, habiendo visto yo tanta nieve en la cabeza y los hombros de la montaña; más tarde descubriría que las pendientes situadas por debajo de la nieve, donde ésta podría haberse derretido al llegar el verano, habían sido limpiadas por el viento. Mas arriba, las dunas blancas podían acumularse durante siglos.

Teníamos las mantas húmedas de rocío, y las pusimos a secar desplegadas sobre piedras. Incluso sin el sol, las ráfagas secas del aire de la montaña las secaron en cosa de una guardia. Sabía que íbamos a pasar la noche siguiente en lo alto de las laderas, más o menos como yo había pasado la primera noche después de huir de Thrax. Por alguna razón, esa certeza no consiguió deprimirme el ánimo. No era tanto que estuviéramos alejándonos de los peligros que habíamos encontrado en el paso selvático como que íbamos dejando atrás cierta sordidez. Sentía que me habían ensuciado, y que la atmósfera fría de la montaña me limpiaría. Por un tiempo me acompañó ese sentimiento que yo casi no había analizado; luego, cuando empezamos a trepar en serio, comprendí que lo que me perturbaba era el recuerdo de las mentiras que había dicho a los magos, fingiendo, de hecho, que controlaba grandes poderes y estaba iniciado en grandes secretos. Eran mentiras totalmente justificables; habían contribuido a salvar mi vida y la de Severian chico. No obstante, en cierto modo, el hecho de haber recurrido a ellas me hacía sentir menos hombre. El maestro Gurloes, a quien antes de dejar el gremio había llegado a odiar, mentía con frecuencia; y ahora yo no estaba seguro de si lo había odiado porque mentía, u odiaba mentir porque él solía hacerlo.

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