La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
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—¿Qué buscas?—preguntó el lobo, y lamió el plano de la espada.
—Lo que es mío, y sólo eso —dijo el Carnicero. Los esmilodontes luchan con un puñal curvo en cada mano, y éste era mucho más grande que el lobo, pero no quería enzarzarse en una batalla en ese lugar cerrado.
—Nunca fue tuyo —dijo la loba. Dejando a Rana en el suelo, se acercó tanto al Carnicero que éste podría haberla golpeado si se hubiera atrevido. Los ojos de la loba lanzaban destellos de fuego—. Cazabas ¡legalmente, ibas tras una presa ilegal. Ahora ha bebido de mí y es lobo para siempre, consagrado a la luna.
—He visto lobos muertos —dijo el Carnicero.
—Sí, y has comido carne de lobo, aunque diría yo que hasta para las moscas era mala. Tal vez comas la mía, si un árbol me cae encima.
—Dices que es un lobo. Habrá que llevarlo ante el Senado. —El Carnicero se relamió, pero con una lengua seca. A campo abierto se habría enfrentado con el lobo, quizá; pero no tenía ganas de enfrentarse a la pareja, y sabía que si cruzaba el umbral le arrebatarían a Rana y se retirarían a los pasajes subterráneos entre los derruidos sillares de la tumba, donde muy pronto tendría a la loba a sus espaldas.
—¿Y tú qué tienes que ver con el Senado de los Lobos?—preguntó la loba.
—Tal vez tanto como él —dijo el Carnicero, y se fue a buscar carne más fácil.
Parte III
El oro del Asesino Negro
El Senado de los Lobos se reúne bajo cada luna llena. Todos los que pueden acuden, pues se supone que el que no lo hace es porque planea una traición, ofreciéndose, acaso, a cuidar el rebaño de los hijos de Mesquia a cambio de mendrugos. Si un lobo falta a dos Senados, al regresar ha de afrontar un juicio, y si el Senado lo declara culpable muere a manos de las lobas.
Los cachorros también han de presentarse al Senado, para que cualquier lobo adulto que lo desee pueda inspeccionarlos y comprobar que su padre era un lobo de verdad. (A veces, por despecho, alguna loba trampea con un perro, pero aunque los hijos de los perros suelen parecerse mucho a los cachorros de lobo, siempre tienen en alguna parte una mancha blanca, porque blanco era el color de Mesquia, quien recordaba la luz pura del Pancreador; y sus hijos la siguen dejando como marca en todo lo que tocan.) Así pues, en luna llena la loba compareció ante el Senado de los Lobos, y los cachorros jugaban a sus pies, y Rana —que parecía ciertamente una rana cuando la luna atravesaba las ventanas y le teñía la piel de verde— estaba junto a ella agarrado al pelaje de la falda. El presidente de la Manada ocupaba el asiento más alto, y si lo sorprendía ver comparecer ante el Senado a un hijo de Mesquia, sus orejas no lo demostraban. Cantó:
Cuando se presentan los lobeznos ante el Senado, si son desafiados los padres no pueden defenderlos; pero en cualquier otra ocasión, todo intento de hacerles daño se considera asesinato.
—¡Hablad AHORA, AH AH.!—Los muros devolvieron el eco, así que en las cabañas del valle los hijos de Mesquia trancaron las puertas, y las hijas de Mesquiana abrazaron a sus propios hijos.
Entonces el Carnicero, que había estado esperando detrás del último lobo, se adelantó.
—¿Por qué os demoráis? —les dijo—. Yo no soy listo; tengo demasiada fuerza para serlo, como bien comprenderéis. Pero ahora hay aquí cuatro lobeznos, y un quinto que no es un lobezno sino mi presa.
A esto el lobo preguntó: —¿Qué derecho tiene él de hablar aquí? Está claro que él no es un lobo.
Una docena de voces respondieron: —Cualquiera puede hablar, si su testimonio lo pide un lobo. ¡Habla, Carnicero!
Entonces la loba aflojó la espada en la vaina y se preparó para el último combate si era eso lo que se presentaba. Parecía un demonio, con la cara enjuta y los ojos refulgentes, pues a menudo un ángel no es sino un demonio que se interpone entre nosotros y nuestro enemigo.
—Decís que no soy lobo —continuó el Carnicero—. Y decís bien. Sabemos cómo huele un lobo, y conocemos su aspecto y el ruido que hace. Esa loba ha tomado como cachorro a este hijo de Mesquia, pero todos sabemos que ningún cachorro se vuelve lobo porque tenga a una loba por madre.
El lobo gritó: —¡Es lobo todo aquel cuyos padres sean lobos! ¡Yo tomo por hijo a este cachorro!
Esto provocó risas. Cuando se apagaron, una voz extraña siguió riendo. Era El Que Ríe, que había ido a asesorar al Carnicero ante el Senado de los Lobos.
—¡Eso lo han dicho muchos, jo, jo! ¡Pero sus cachorros han alimentado a la Manada! —exclamó.
El Carnicero dijo entonces: —Los mataron por el pelaje blanco. La piel está debajo del pelaje. ¿Cómo es posible que éste viva? ¡Dádmelo a mí!
—Han de hablar dos —anunció el presidente—. Es lo que exige la ley. ¿Quién habla en favor de este cachorro? Es un hijo de Mesquia, pero ¿es lobo también? Han de defenderlo dos que no sean sus padres.
Entonces se levantó el Desnudo, a quien se considera miembro del Senado porque instruye a los lobos jóvenes.
—Nunca he instruido a ningún hijo de Mesquia —dijo—. Puede que me sirva para aprender algo. Lo defenderé.
—Otro dijo el presidente—. Tiene que hablar uno más.
Sólo hubo silencio. Entonces, desde el fondo de la sala, avanzó a largos pasos el Asesino Negro. Al Asesino Negro le teme todo el mundo porque, aunque lleva una capa suave como la piel del lobezno más joven, los ojos le arden en la noche.
—Aquí ya han hablado dos que no son lobos. ¿No puedo hablar yo también? Tengo oro. —Mostró una bolsa.
—¡Habla! ¡Habla! Mamaron cien voces.
—La ley también dice que se puede comprar la vida de un cachorro —dijo el Asesino Negro, y se volcó el oro en la mano, y así rescató un imperio.
Parte IV
Pez en el surco
Si se contaran todas las aventuras de Rana —cómo vivió entre los lobos, y aprendió a cazar y luchar—, llenarían muchos libros. Pero los que llevan la sangre del pueblo de la cumbre de más allá de Urth siempre acaban por sentir su llamada; y llegó el día en que Rana llevó fuego al Senado de los Lobos y dijo: —He aquí la Flor Roja. En su nombre yo gobierno. -Y como nadie se le oponía condujo a los lobos y los llamó pueblo de su reino, y pronto acudieron a él tanto hombres como lobos, y aunque apenas era un muchacho, siempre parecía más alto que los hombres que lo rodeaban, porque llevaba la sangre de Estío Temprano.
Una noche en que se abrían las rosas silvestres, ella acudió a él en un sueño y le habló de la madre, Pájaro del Bosque, y del padre y del tío, y del hermano. Él encontró al hermano, que se había hecho pastor, y con los lobos y Asesino Negro y muchos hombres fueron a ver al rey y le exigieron su herencia. El rey era viejo y sus hijos habían muerto sin hijos, y les dio la herencia, y Pez tomó de ella la ciudad y las tierras de cultivo, y Rana las colinas salvajes.
Pero el número de hombres que lo seguían fue creciendo. Robaron mujeres de otros pueblos, y engendraron hijos, y cuando los lobos ya no hicieron falta, volvieron a los páramos, Rana juzgó que su gente debía tener una ciudad donde morar, con murallas que la protegieran cuando los hombres estuviesen en guerra. Fue a los rebaños de Pez y tomó una vaca blanca y un toro blanco y los unció aun arado, y con ellos aró un surco que marcaba dónde se alzaría el muro. Pez fue a pedir que le devolvieran los animales en momentos en que el pueblo se preparaba para la construcción. Cuando el pueblo de Rana le enseñó el surco y le dijo que eso iba a ser su muro, se rió y lo cruzó de un salto; y ellos, sabiendo que las cosas pequeñas que son ridiculizadas no crecen nunca, lo mataron. Pero entonces ya era un hombre pleno, de modo que la profecía hecha al nacimiento de Viento Primaveral se había cumplido.