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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Puesto que las hermanas habían encontrado los niños en el agua, los llamaron Pez y Rana, y cuando se los mostraron a sus maridos, y se vio que eran niños de fuerza y hermosura notables, cada hermana eligió uno. La hermana que eligió a Pez era mujer de un pastor, y el marido de la hermana que eligió a Rana era leñador.

Esta hermana cuidó con abnegación a Rana y lo amamantó en su propio pecho, pues se daba el caso de que acababa de perder un hijo suyo. Cuando el marido iba a cortar leña a los bosques, ella cargaba el niño envuelto en un chal, y es así que los urdidores de la tradición dicen que era la más fuerte de las mujeres, pues llevaba un imperio sobre la espalda.

Transcurrió un año, al cabo del cual Rana había aprendido a estar de pie y dar algunos pasos. Una noche el leñador y su mujer estaban sentados ante su pequeña fogata en un claro de los bosques; y, mientras la mujer del leñador preparaba la cena, Rana se acercó desnudo al fuego y estuvo calentándose ante las llamas. Entonces el leñador, que era un hombre rudo y benévolo, le preguntó al pequeño: «¿Te gusta?»; y, aunque hasta entonces nunca había hablado, Rana asintió con la cabeza y dijo: «Flor roja». En ese momento, se dice, Estío Temprano se agitó en su cama de la montaña allende las costas de Urth.

El leñador y su mujer se quedaron perplejos, pero no tuvieron tiempo de decirse uno a otro qué había ocurrido, ni de intentar persuadir a Rana de que hablara otra vez, y ni siquiera de ensayar lo que le dirían al pastor y su mujer cuando al día siguiente se encontraran con ellos. Pues en eso llegó al claro un ruido horrible; dicen los que lo han escuchado que es el ruido más pavoroso del mundo de Urth. Tan pocos de quienes lo oyeron han sobrevivido, que no tiene nombre, aunque se parece un poco al zumbido de las abejas, y un poco al sonido que harían los gatos si los gatos fuesen más grandes que las vacas, y algo al primer ruido que aprenden a hacer los lanzavoces, un ronroneo gutural que parece provenir de todas partes a la vez. Era la canción que canta el esmilidonte cuando se ha acercado con sigilo a su presa, la canción de la que incluso los mastodontes se asustan tanto que huyen por donde no deben y son apuñalados por detrás.

Sin duda el Pancreador conoce todos los misterios. Él pronunció la larga palabra que es nuestro universo, y suceden pocas cosas que no sean parte de esa palabra. Por voluntad suya, entonces, no lejos del fuego se alzaba un otero, donde en días muy antiguos había habido una gran tumba; y aunque el pobre leñador y su mujer no lo sabían, allí habían hecho su guarida dos lobos: una casa baja de techo y gruesa de paredes, con galerías iluminadas por lámparas verdes que bajaban por entre túmulos en ruinas y urnas rotas; es decir, lo que a los lobos les encanta. Allí estaba el lobo chupando el húmero de un corifodonte, y la loba, su esposa, con los cachorros contra los pechos.

Oyeron cerca la canción del esmilodonte y maldijeron en el Idioma Gris, como maldicen los lobos, porque ninguna bestia legítima caza cerca de la guarida de otra de especie cazadora, y los lobos se llevan bien con la luna.

Terminada la maldición, la loba dijo: —¿Qué bestia será esa que el Carnicero, el estúpido asesino de caballos de río, ha encontrado, cuando tú, oh esposo mío, que olfateas las lagartijas que retozan en las rocas de las montañas que suben allende Urth, te has conformado con morder un palo reseco?

—Yo no devoro carroña —contestó tajante el lobo—. Ni arranco lombrices de la hierba matutina, ni cazo ranas en los bajíos.

—Tampoco el Carnicero canta para ellos —dijo la mujer.

Entonces el lobo alzó la cabeza y olisqueó el aire. —Acecha al hijo de Mesquia y a la hija de Mesquiana, y sabes que de esa carne nunca sale nada bueno. La loba tuvo que asentir, porque sabía que, entre todas las criaturas vivientes, los hijos de Mesquia son los únicos que matan a todos cuando es asesinado uno de los suyos. Es por eso que el Pancreador les dio Urth, y ellos rechazaron la dádiva.

Acabada su canción, el Carnicero rugió como para hacer temblar las hojas de los árboles; luego gimió, porque las maldiciones de los lobos son maldiciones fuertes mientras brilla la luna.

—¿Cómo es que se queja? —preguntó la loba, que estaba lamiéndole la cara a una de sus hijas.

El lobo volvió a olisquear.

—¡Carne quemada! Se ha metido en el fuego. —Se rieron los dos como ríen los lobos, en silencio, mostrando los dientes; tenían las orejas erguidas como tiendas en el desierto, porque escuchaban cómo el Carnicero tropezaba entre las ascuas buscando a su presa.

Sucedió que la puerta de la guarida de los lobos estaba abierta, pues cuando cualquiera de los mayores se encontraba en casa no les importaba quién entrase, y pocos de los que pasaban volvían a salir. El umbral, que había estado pleno de luz de luna (pues la luna siempre es bienvenida en las casas de los lobos) se oscureció. En él había un chico, un poco asustado, acaso, de la oscuridad, pero husmeando el olor fuerte de la leche. El lobo gruñó, pero la loba dijo con su voz más maternaclass="underline"

—Entra, hijito de Mesquia. Aquí podrás beber, y estar limpio y caliente. Aquí tienes los compañeros de juegos de ojos brillantes y pies rápidos, los mejores del mundo.

Al oír aquello el niño entró, y la loba apartó a sus cachorros ahítos de leche y se lo puso contra el pecho.

—¿De qué sirve una criatura así? —dijo el lobo. La loba se rió.

—¿Y lo preguntas tú, que puedes chupar un hueso de la cacería de la luna pasada? ¿Te acuerdas de cuando estalló la guerra por aquí y el ejército del príncipe Viento Primaveral arrasó la tierra? En ese tiempo no nos acosó ninguno de los hijos de Mesquia, porque se acosaban entre ellos. Después de las batallas salimos, tú y yo y todo el Senado de los Lobos, y hasta el Carnicero, y El Que Ríe, y el Asesino Negro, y nos movimos entre los muertos y los moribundos eligiendo lo que queríamos.

—Es verdad —dijo el lobo—. El príncipe Viento Primaveral hizo grandes cosas por nosotros. Pero ese cachorro de Mesquia no es él.

La loba se limitó a sonreír y dijo: —Le huelo el humo de la batalla en el pelaje de la cabeza y en la piel. —Era el humo de la Flor Roja.—Tú y yo seremos polvo cuando de la puerta de la muralla parta la primera columna, pero esa columna engendrará mil más que alimentarán a nuestros hijos y sus hijos, y a los hijos de sus hijos.

El lobo asintió, porque sabía que la loba era más sabia que él, y que así como él olía cosas que estaban más allá de las costas de Urth, ella veía los días allende las lluvias del año siguiente.

—Lo llamaré Rana —dijo la loba—. Porque es cierto que el Carnicero cazaba ranas, como tú dijiste, oh esposo mío. —Creía haber dicho aquello para halagar al lobo, que tan prestamente había consentido; pero lo cierto era que en Rana corría sangre de los de la cumbre de más allá de Urth, y los nombres de los que llevan esa sangre no pueden esconderse mucho tiempo.

Fuera resonó una risa salvaje. Era la voz de El Que Ríe, que exclamaba: —¡Está allí, Señor! ¡Allí, allí, allí! ¡Aquí, aquí, aquí está el rastro! ¡Entró por allí, por esa puerta!

—Ya ves —comentó el lobo— lo que se consigue nombrando al diablo. Nombrar es llamar. Así es la ley. —Y sacó la espada y acarició el filo.

El umbral volvió a oscurecerse. Era un umbral angosto, pues sólo los necios y los templos tienen umbrales anchos, y los lobos no son necios; Rana había ocupado la mayor parte. Ahora el Carnicero lo ocupaba todo, volviendo los hombros para poder meterlos y agachando la enorme cabeza. Como el muro era muy grueso, el umbral parecía un pasadizo.

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