La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:
Tomando a Severian chico de la mano, lo llevé hasta el fondo del oscuro lugar.
—Me sentaré aquí —dije—. Confío plenamente en que no vendréis en ayuda de Decumano, pero para vosotros no hay modo de saber si tengo aliados en la selva. Me habéis ofrecido vuestra confianza, y yo os ofrezco la mía.
—Sería mejor —dijo Abundantius— que dejaras el niño a nuestro cuidado.
Sacudí la cabeza.—He de tenerlo conmigo. Es mío, y al robármelo en el sendero, me despojasteis de la mitad de mi poder. No volveré a separarme de él.
Al cabo de un momento Abundantius asintió. —Como quieras. Sólo deseábamos que no le sucediera nada.
—Nada le sucederá —dije.
En las paredes había anillas de hierro, y cuatro de los hombres desnudos colocaron antorchas antes de salir. Decumano se sentó cerca de la puerta con las piernas cruzadas y el bastón sobre los muslos. Yo también me senté, y acerqué al niño.
—Tengo miedo —dijo, y hundió la cara en mi capa.
—Y estás en tu derecho. Has pasado tres días muy malos.
Decumano había iniciado un cántico lento, rítmico.
—Severian chico, quiero que me cuentes qué te pasó en el sendero. Me di vuelta y ya no estabas. Requirió algunos consuelos y mimos, pero al fin los sollozos cesaron.
—Aparecieron… esos tres hombres de colores, con garras, y yo me asusté y corrí.
—¿Eso es todo?
—Y luego vinieron otros tres hombres de colores y me agarraron, y me hicieron entrar en un agujero que había en el suelo, y estaba oscuro. Y luego me despertaron y me subieron, y estuve bajo la ropa de un hombre, y luego viniste tú y me llevaste.
—¿Alguien te hizo preguntas? —Un hombre, desde la sombra.
—Está bien. Severian chico, nunca vuelvas a escapar como hiciste en el sendero, ¿comprendes? Hazlo solamente si ves que yo escapo. Si no hubieras escapado cuando encontramos a los tres hombres de colores, no estaríamos aquí.
El niño asintió.
—Decumano —dije en voz alta—. Decumano, ¿podemos hablar?
Decumano no me prestó atención, aunque quizá salmodió en voz más alta. Con la cara levantada, parecía mirar los troncos del techo, pero tenía los ojos cerrados.
—¿Qué hace? —preguntó el niño. —Está urdiendo un encanto. —¿Nos hará daño?
—No —dije—. Casi toda esta magia es un fraude… Como subirte por un agujero para que pareciera que habías salido de la túnica del otro hombre.
Pero mientras hablaba, yo era consciente de que había algo más. Decumano estaba concentrando la mente en mí como pocas mentes pueden concentrarse, y yo me sentía desnudo en algún lugar vivamente iluminado que mil ojos observaban. Una de las antorchas parpadeó, chorreó y se apagó. Al atenuarse la luz, la luminosidad que yo no podía ver pareció avivarse.
Me puse de pie. Hay formas de matar que no dejan marca, y mientras avanzaba las repasé mentalmente.
De inmediato brotaron picas de las paredes, de una ana de largo a cada lado. No eran lanzas como las que usan los soldados, armas de energía cuyas cabezas descargan relámpagos de fuego, sino simples varas de madera con puntas de hierro, como las picas que yo había visto usar a los aldeanos de Saltus. De cerca podían matar, sin embargo, y volví a sentarme.
—Creo que están fuera —dijo el niño—, mirándonos por las rendijas entre los maderos.
—Sí, yo también me he dado cuenta.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó. Y, como yo no contestaba—: ¿Quiénes son, papá?
Era la primera vez que me llamaba así. Lo acerqué más a mí, y pareció debilitar la red que Decumano me estaba tejiendo alrededor de la mente.
—Es sólo una sospecha, pero diría que esto es una academia de magos, de esos devotos que practican lo que consideran artes secretas. Se supone que tienen seguidores en todas partes, aunque yo lo dudo, y son muy crueles. ¿Has oído hablar del Sol Nuevo, Severian chico? Dicen los profetas que es el hombre que vendrá a hacer retroceder el hielo y enderezar el mundo.
—Matará a Abaia —contestó el niño, sorprendiéndome.
—Sí, se supone que también hará eso, y muchas otras cosas. Se dice que ya ha venido una vez, hace mucho. ¿Lo sabías?
El niño negó con la cabeza.
—Entonces su tarea fue forjar la paz entre la humanidad y el Increado, y lo llamaron el Conciliador. Al irse dejó una reliquia famosa, una gema llamada la Garra. —Mientras hablaba la toqué con la mano, y aunque no aflojé los cordones de la bolsita de piel humana que la contenía, la palpé a través de la suavidad del cuero. No bien la hube tocado, el invisible fulgor que Decumano me había creado en la mente se redujo a casi nada. Ahora no puedo explicar por qué durante tanto tiempo yo había supuesto que para que la Garra surtiese efecto era necesario sacarla de su escondite. Aquella noche supe que no era así, y me eché a reír.
Por un momento Decumano detuvo su canto, y se le abrieron los ojos. Severian chico me aferró con más fuerza.
—¿Se te ha pasado el miedo?
—No —dije—. ¿Te diste cuenta de que estaba asustado?
Asintió, solemne.
—Lo que iba a decirte es que la existencia de esa reliquia parece haber dado a algunos la idea de que el Conciliador utilizaba garras como armas. A veces yo he dudado de que haya existido; pero si alguna vez vivió una persona así, estoy seguro de que en gran medida usó las armas contra sí mismo. ¿Comprendes lo que digo?
Dudo de que comprendiera, pero asintió.
—En el sendero encontramos un conjuro contra la llegada del Sol Nuevo. Los tres hombres pintados, que según creo son los que han superado esta prueba, usan garras de acero. Pienso que quieren ocultar el advenimiento del Sol Nuevo para ocupar el sitio que le corresponde y usurpar quizá sus poderes. Si… Fuera, alguien gritó.
XXII — Las faldas de la montaña
Mi risa había desconcentrado a Decumano, al menos por un momento. Con el grito de afuera no pasó lo mismo. Su red, que tanto se había arruinado al tomar yo la Garra, estaba volviendo a anudarse, más lenta pero más apretadamente.
Siempre es una tentación decir que los sentimientos de esta clase son indescriptibles, aunque pocas veces lo sean. Sentí que colgaba desnudo entre dos soles sensibles, y de algún modo discerní que eran los hemisferios del cerebro de Decumano. Yo estaba bañado en luz, pero esa luz era una incandescencia de hornos, devoradora y al mismo tiempo paralizante. Bajo esa luz todo parecía indigno de esfuerzo; y yo, infinitamente despreciable y pequeño.
Así es que, en cierto sentido, también mi concentración permaneció intacta. No obstante, tenía conciencia, aunque de un modo vago, de que el grito quizá me señalaba una oportunidad. Mucho más tarde de lo conveniente, después de haber respirado tal vez una docena de veces, me puse en pie tambaleándome.
Por la puerta estaba entrando algo. Mi primer pensamiento, por absurdo que suene, fue que era barro, que una convulsión había estremecido a Urth y que la sala estaba a punto de inundarse de lo que había sido el fondo de un pantano fétido. Se escurrió ciegay blandamente entre las jambas, y en eso se apagó otra antorcha. Pronto iba a tocar a Decumano, y grité para prevenirlo.
No sé si fue el contacto de la criatura o mi voz, pero se echó atrás. Una vez más tuve conciencia de que se había roto el hechizo, de la destrucción de la trampa que me había sostenido entre soles gemelos. Los soles se alejaron uno de otro apagándose mientras desaparecían, y yo sentí como si me expandiera y me volviera en una dirección que no era arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda, hasta que ocupé toda la sala de las pruebas, con Severian chico aferrado a mi capa.