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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Cuando Rana vio muerto a Pez, lo enterró en el surco para garantizar la fertilidad de la tierra. Pues así lo había instruido el Desnudo, a quien también llamaban el Salvaje, o Squanto.

XX — El círculo de los hechiceros

Con la primera luz del día entramos en la selva de la montaña como se entra en una casa. Detrás de nosotros el sol jugaba con la hierba y los arbustos y las piedras; atravesamos una intrincada cortina de enredaderas tan espesa que tuve que cortarla con la espada y ante nosotros no vi más que sombra y troncos altos como torres. Dentro no zumbaba un insecto ni gorjeaba un pájaro. No soplaba ningún viento. Al principio el suelo desnudo que pisábamos era casi tan rocoso como el de las laderas, pero no habíamos andado una legua cuando se hizo más blando, y al fin llegamos a una breve escalera que seguramente había sido tallada con una pala.

—Mira —dijo el niño, y señaló algo rojo, de forma extraña, que había en el escalón más alto.

Me detuve a mirarlo. Era una cabeza de gallo con los ojos perforados por agujas de un metal oscuro y con una tira de pellejo de serpiente en el pico.

—¿Qué es? —Al niño se le habían agrandado los ojos.

—Supongo que un conjuro.

—¿Y lo dejó una bruja? ¿Qué quiere decir? Intenté recordar lo poco que sabía del falso arte. De pequeña, Thecla había sido cuidada por una niñera que hacía y deshacía nudos para apresurar los nacimientos y afirmaba que a medianoche veía la cara del futuro esposo de Thecla (me pregunto si era la mía) reflejada en una bandeja donde se había servido pastel de bodas.

—El gallo —le dije al niño— es el heraldo del día, y en un sentido mágico puede decirse que cantando al amanecer trae el sol. Quizá lo hayan cegado para que no sepa cuándo amanece. El cambio de piel de la serpiente significa purificación o rejuvenecimiento. El gallo ciego se queda con la piel vieja.

—Pero ¿qué quiere decir? —volvió a preguntar el niño.

Le dije que no sabía. En el fondo yo estaba seguro de que era un conjuro contra el advenimiento del Sol Nuevo, y en cierta manera me dolió descubrir que alguien pudiera oponerse a esa renovación, que en mi infancia yo había esperado tan fervientemente, pero en la cual apenas creía. Al mismo tiempo era consciente de que tenía conmigo la Garra. Si la Garra llegaba a caer en manos de los enemigos del Sol Nuevo, seguramente la destruirían.

Menos de cien pasos más adelante había bandas de tela roja colgadas de los árboles; algunas eran lisas, pero otras llevaban escritos unos caracteres que no entendí, o, que quizás eran esos símbolos e ideogramas utilizados por quienes saben menos de lo que pretenden para imitar la escritura de los astrónomos.

—Será mejor que retrocedamos —dije—. O que demos un rodeo.

Apenas lo había dicho cuando oí un susurro a mis espaldas. Por un momento pensé realmente que las figuras que habían salido al sendero eran demonios, de ojos enormes y rayados de negro, blanco y rojo; luego me di cuenta de que sólo eran hombres desnudos con el cuerpo pintado. Tenían en las manos garras de hierro, que levantaron para mostrarme. Desenvainé TerminusEst.

—No te obstruiremos el paso —dijo uno—. Ve. Márchate, si quieres. —Me pareció que bajo la pintura tenía la piel pálida y el pelo rubio de los del sur.

—No sería juicioso hacerlo. Antes de que pudierais tocarme os mataría a los dos con esta larga hoja.

—Vete, pues —me dijo el rubio—. Si no te opones a dejarnos al niño.

Miré alrededor buscando a Severian. No sabía cómo, pero había desaparecido.

Sin embargo, si deseas que te lo devuelvan, dame tu espada y vendrás con nosotros. Sin atisbo alguno de miedo, el hombre pintado se me acercó y tendió las manos. Entre los dedos se le veían las garras de acero, sujetas a una fina barra de hierro que sostenía en la palma.— No volveré a pedírtelo —dijo.

Envainé la espada, luego me quité la correa que sostenía la vaina y le entregué todo.

Cerró los ojos. Tenía los párpados pintados de motas oscuras ribeteadas de blanco, como las marcas de ciertas orugas que querrían que los pájaros las tomaran por serpientes.

—Esto ha bebido mucha sangre. Sí —dije.

Los ojos se le abrieron de nuevo, y me miró sin parpadear. El rostro pintado —igual que el del otro, que estaba inmediatamente detrás— era tan inexpresivo como una máscara.

—Una espada recién forjada tendría poco poder aquí, pero ésta podría hacer daño.

—Confío en que me sea devuelta cuando mi hijo y yo partamos. ¿Qué habéis hecho con él?

No hubo respuesta. Pasando uno a cada lado mío, tomaron por el sendero en la dirección en que habíamos andado el niño y yo. Al cabo de un momento los seguí.

Podría llamar aldea el lugar adonde me llevaron, pero no era una aldea en el sentido corriente, no como Saltus, ni un lugar como los racimos de chozas de autóctonos que a veces se llaman aldeas. Aquí los árboles eran más grandes y estaban más separados de lo que yo había visto nunca en un bosque, y el dosel de hojas formaba un techo impenetrable a varios cientos de codos de altura. Tan grandes eran esos árboles, por cierto, que parecía que hubiesen crecido durante eras completas; una escalera llevaba a la puerta que había en un tronco, en el que se habían practicado ventanas. Construida sobre las ramas de otro había una casa de varios pisos, y algo como un gran nido de oropéndola colgaba de las ramas de un tercero. Trampas abiertas indicaban que el suelo que pisábamos estaba socavado.

Me llevaron a una de esas trampas y me dijeron que bajara por una precaria escalerilla que conducía a la oscuridad. Por un momento (no sé por qué) temí que se internara demasiado en cavernas tan profundas como las que había bajo la tenebrosa casa del tesoro en las tierras de los hombres-mono. No fue así. Después de bajar lo que sin duda no era más de cuatro veces mi altura y atravesar a gatas algo que parecía un ruinoso esterillado, me encontré en una habitación subterránea.

Arriba habían cerrado el escotillón, dejando todo a oscuras. Exploré a tientas el lugar y descubrí que medía unos tres pasos por cuatro. El suelo y las paredes eran de tierra, y el techo de leños sin descortezar; no había ninguna clase de mueble.

Nos habían apresado a eso de media mañana. Dentro de siete guardias oscurecería. Podía ser que antes de entonces me viera conducido a la presencia de alguien de autoridad. Si era así, haría lo posible por convencerlo de que el niño y yo éramos inofensivos y debía dejarnos marchar en paz. Si no, volvería a subir la escalera a ver si no podía romper el escotillón. Me senté a esperar.

Estoy seguro de que no dormí; pero usé la facilidad que tengo para convocar el tiempo pasado y así dejé ese lugar oscuro, al menos espiritualmente. Estuve un rato mirando, como cuando era pequeño, los animales de la necrópolis del otro lado del muro de la Ciudadela. Vi los gansos parecidos a puntas de flecha contra el cielo, y las idas y venidas del conejo y el zorro. Una vez más corrían para mí por la hierba, y con el tiempo dejaban huellas en la nieve. Triskele aparecía muerto, o eso parecía, entre los desechos detrás de la Torre del Oso; me acercaba a él, lo veía temblar y levantar la cabeza para lamerme la mano. Me sentaba junto a Thecla en su exigua celda, donde nos leíamos uno al otro en voz alta y nos deteníamos a discutir lo que habíamos leído. «El mundo se está parando como un reloj», decía ella. «El Increado ha muerto, ¿y quién lo recreará? ¿Quién podría?»

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