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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Entonces en la mano de Decumano relampagueó una garra. Yo ni siquiera había reparado en que la tenía. Fuera lo que fuese aquella criatura negra y casi amorfa, el flanco se le rasgó como grasa golpeada por un látigo. También su sangre era negra, o acaso verde oscura. La de Decumano era roja; cuando la criatura se volcó sobre él, pareció que la piel se le fundía como si fuese de cera.

Alcé al niño e hice que se me colgara del cuello y me rodeara la cintura con las piernas, y luego salté. Pero aunque toqué una viga con la punta de los dedos, no pude colgarme. La criatura iba volviéndose hacia mí, ciega pero resueltamente. Tal vez rastreara con el olfato, aunque siempre me ha parecido que lo hacía con el pensamiento; lo cual explicaría por qué tardó tanto en encontrarme en la antecámara, donde yo había trasvasado mi sueño a Thecla, y tan poco en la sala de las pruebas, cuando Decumano tenía su mente enfocada en la mía.

Salté de nuevo, pero esta vez me faltó al menos un palmo para llegar a la viga. Para hacerme con una de las antorchas restantes tenía que correr hacia la criatura. Lo hice y llegué a la antorcha, pero al sacarla de la anilla se apagó.

Me aferré con una mano a la anilla y di un tercer salto, auxiliando las piernas con la fuerza del brazo; y esta vez alcancé con la mano izquierda un madero pulido y angosto. El madero se arqueó con mi peso, pero pude impulsarme hacia arriba, con el niño a la espalda, hasta apoyar un pie en la anilla.

Abajo, en la oscuridad, la criatura amorfa se irguió, cayó y volvió a alzarse. Sin soltar la viga, saqué TerminusEst. Un mandoble mordió profundamente la carne rezumante, pero no bien hube retirado la hoja me pareció que la herida se cerraba y que el tejido se reparaba. Volví la espada hacia el techo, un procedimiento que confieso haberle robado a Agia. El techo era grueso, de hojas de selva atadas con fibras resistentes; mis primeros golpes frenéticos parecieron conmoverlo poco, pero al tercero cayó toda una ringlera de paja. Una parte dio contra la antorcha que quedaba, sofocándola primero y convirtiéndola después en un hilo de fuego. Salí por la abertura hacia la noche.

Es asombroso que saltando como salté a ciegas, con la afilada hoja desnuda, no nos matara al niño y a mí. Al dar en tierra los solté a los dos y caí de rodillas. A cada momento el resplandor rojo de la paja se hacía más vivo. Oí gemir al niño y le grité que no corriera, luego lo ayudé con una mano a que se incorporara, y empuñando TerminusEst con la otra, eché a correr.

Todo el resto de la noche huimos a ciegas por la selva. Dentro de lo posible, trataba de encaminar nuestros pasos cuesta arriba; no sólo porque el camino hacia el norte subía por la montaña, sino porque sabía que así teníamos menos probabilidades de rodar por un precipicio. Cuando amaneció aún no habíamos salido de la selva, y no teníamos más noción que antes de dónde nos encontrábamos. Entonces alcé al niño, y se me durmió en los brazos.

Una guardia más tarde ya no cabían dudas de que el terreno subía abruptamente, y al fin llegamos a una cortina de enredaderas como la que yo había abierto el día anterior. Me preparaba para dejar al niño en el suelo sin despertarlo, y así poder sacar la espada, cuando vi que una brillante luz de día se derramaba a mi izquierda por una abertura en la maleza. Me acerqué andando lo más rápido posible, casi corriendo; y atravesando la abertura, salí a una meseta rocosa de pasto duro y arbustos. Unos pasos más me llevaron a un arroyo claro que cantaba entre rocas: incuestionablemente el arroyo junto al que habíamos dormido dos noches antes. Sin saber ni importarme si la criatura amorfa nos seguía aún, me eché en la orilla y dormí una vez más.

Estaba en un laberinto, parecido al laberinto subterráneo de los magos y sin embargo diferente. Aquí los corredores eran más anchos, y a veces parecían galerías tan inmensas como las de la Casa Absoluta. Algunos, ciertamente, estaban bordeados de espejos de cuerpo entero, en los cuales me veía con capa raída y cara macilenta, y muy junto a mí veía a Thecla, semitransparente, arrastrando el ruedo de un vestido encantador. Los planetas silbaban describiendo trayectorias largas, oblicuas, curvas, que sólo ellos veían. El azul Urth llevaba la verde luna como un niño, pero no la tocaba. El rojo Verthandi se transformaba en Decumano, con la piel comida, rotando en su propia sangre.

Yo escapaba y caía, sacudiendo los miembros. En un momento vi estrellas de verdad en el cielo embebido de sol, pero el sueño me arrastró, irresistible como la gravedad. Andaba junto a un muro de cristal; y a través de él veía al niño, corriendo y asustado, con la vieja camisa gris y remendada que yo había llevado cuando era aprendiz, corriendo del cuarto nivel, me parecía, al Atrio del Tiempo. Dorcas y Jolenta venían de la mano, sonriéndose, y no me veían. Cobrizos y patizambos, emplumados y enjoyados, los autóctonos bailaban detrás de su chamán, bailaban en la lluvia. La ondina nadaba en el aire, inmensa como una nube, tapando el sol.

Me desperté. Una lluvia suave me golpeaba la cara. A mi lado, Severian chico seguía durmiendo. Lo envolví en mi capa lo mejor que pude, lo cargué y volví a la abertura en la cortina de enredaderas. Al otro lado, bajo los árboles de grandes ramas, casi no penetraba la lluvia; y allí nos echamos y dormimos de nuevo. Esta vez no hubo sueños, y cuando desperté habíamos dormido un día y una noche, y la pálida luz del amanecer estaba en todas partes.

El niño ya se había levantado, y vagaba entre los troncos de los árboles. Me mostró dónde estaba el arroyo en ese lugar, y yo me lavé, y me afeité lo mejor que pude sin agua caliente, cosa que no había hecho desde la primera tarde en la casa al pie del acantilado. Luego encontramos el sendero familiar y reanudamos la marcha hacia el norte.

—¿No nos tropezaremos con los hombres de colores? —preguntó el niño, y yo le dije que no se preocupara y no corriera, que yo manejaría a los hombres de colores. La verdad era que yo estaba mucho más intranquilo con Hethor y la criatura que había puesto tras mis pasos. Si no la había matado el fuego, tal vez estuviera acercándose; pues aunque parecía ser un animal con miedo al sol, la penumbra de la selva era la materia misma del crepúsculo.

Un solo hombre pintado salió al sendero, y no para cerrar el camino sino para prosternarse. Estuve tentado de matarlo y acabar con aquello; se nos enseña a matar y mutilar estrictamente por orden de un juez, pero a medida que me alejaba más y más de Nessus hacia la guerra y las montañas bárbaras, las enseñanzas se iban debilitando en mí. Ciertos místicos sostienen que los vapores que brotan de las batallas afectan el cerebro, aun a gran distancia a favor del viento; y tal vez sea así. De todos modos, lo levanté y simplemente le dije que se apartara.

—Gran Mago —dijo él—, ¿qué has hecho con la oscuridad que se arrastra?

—La he enviado de nuevo al pozo, de donde la saqué —le respondí, pues estaba bastante seguro de que si no nos habíamos topado con la criatura era porque Hethor la había vuelto a llamar, siempre y cuando no hubiera muerto.

—Cinco de los nuestros han transmigrado —dijo el hombre pintado.

—Pues entonces vuestros poderes son mayores de lo que habría creído. Ha matado a centenares en una noche.

Yo no tenía la menor seguridad de que no fuera a atacarnos cuando le diésemos la espalda, pero no lo hizo. El sendero que el día anterior había recorrido como prisionero parecía ahora desierto. No salieron más guardias a enfrentarnos; algunas de las tiras de tela roja habían sido arrancadas y pisoteadas, aunque no me imaginaba por qué. Vi muchas huellas en el sendero que antes había sido liso, quizás arreglado con un rastrillo.

—¿Qué buscas? —preguntó el niño.

Contesté en voz baja; todavía no estaba seguro de que no hubiera alguien escuchando detrás de los árboles.

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